Las Mochilas Locas

Tunez: Tozeur, Kebili, Douz, Desierto Sahara, Ksar Guillane y Zmela

4 de noviembre – Tozeur – Kebili – Douz – Desierto del Sáhara - Ksar Guillane - Zmela

El día no amanece muy lucido. Está nublado y fresco.


Bajamos al comedor a desayunar, que está incluido en el precio, aunque tampoco es para tirar cohetes. Pan, membrillo y huevos cocidos.

Antes de marcharnos, salimos un rato al patio interior, que ahora está vacío, y aprovechamos para pensar cómo organizamos el día.


Lo primero, e imprescindible, es cambiar dinero. Hemos visto bancos cerca de la parada de taxis, así que, una vez recogidas las mochilas, volvemos a recorrernos Tozeur y empezamos a buscar el más cercano.


Uno queda hacia cada lado del punto en que nos encontramos, como a 1,5 kms ambos.


Decidimos ir al que está menos lejos y que, por cierto, está cerrado.


Pacientes, nos sentamos en un pollete cercano hasta que un hombre con traje viene a abrir y, antes de entrar nos pregunta si lo que queremos es cambio. Contestamos que si, y ya nos dice que allí no cambian divisas, que vayamos al de enfrente.


Cruzamos, pero todavía está cerrado. Éste abre más tarde.


Pues nada, nos vamos al del otro lado. Paseíto mañanero.


En éste si que conseguimos cambiar 50 euros. Media vuelta y a la gare. No podemos ir directamente a Douz, que es donde queremos contratar el viaje al desierto. Tenemos que viajar a Kebili y desde allí tomar otro taxi a Douz.


Nos toca esperar un rato, tiempo que empleo en sacar un kleenex del bolso y ponerme a limpiar el cristal de la ventanilla del taxi ya que, a falta de una excursión, veremos el magnífico Chott El Jerid desde el coche. El trayecto cuesta 7,2 dinares por persona.


El conductor se acerca y me mira intrigado. Yo sigo frotando con mi pañuelito hasta que me pregunta, supongo, qué estoy haciendo. Le enseño la cámara y digo “foto”. Varios taxistas que estaban por allí se empiezan a reír a carcajadas. Yo, la verdad, no le encuentro la gracia. Con la roña que llevan los cristales, es imposible sacar una foto medio decente, y aún limpiándolos resulta complicado, entre las cortinillas y las cabezas de los demás ocupantes.


Una vez arrancamos, no tardamos en entrar en esta inmensa llanura blanca que se extiende durante kilómetros y kilómetros.

A pesar de su apariencia de lago, se trata únicamente de una depresión cubierta de sal. Si bien en invierno se pueden ver algunos charcos, para nada llegan a formar una laguna.

El imponente color blanco de su suelo, provoca extraños reflejos. Algunos impresionan de ser el agua en la que proyectan su imagen, pero también podréis contemplar auténticos espejismos donde, realmente estás viendo algo que se asemeja a un oasis cuando en realidad, no hay nada de nada. Es alucinante.

La carretera que lo cruza, realizada por el ejército, permite que esos 90 kilómetros transcurran sin los disgustos de antaño, cuando los nómadas y sus camellos se arriesgaban a hundirse en arenas movedizas y en el barro que permanece bajo la capa de yeso y sal.

Al llegar a Kebili, el taxi para en medio de la calle, donde se bajan unos pasajeros y el conductor dice algo más, que dos franceses nos traducen. Que si vamos a Douz nos bajemos allí. Pues nada, cogemos las mochilas y nos bajamos.

Perdidos y desorientados, empezamos a preguntar por la estación de taxis. Toda la calle adelante y luego a la derecha.


Unas indicaciones estupendas, solo que desde esa gare no salen los taxis hacia Douz.


Nuevas indicaciones nos dicen que hay que continuar más adelante y luego a la izquierda. Me compro una cocacola y continuamos caminando entre el gentío que se pasea por esa ciudad.


De pronto, y por primera vez en Túnez, encontramos una tienda de deportes. Queremos llevarle a Pablo de recuerdo una camiseta de algún equipo tunecino. Tiene una auténtica colección de camisetas futboleras de todo el mundo.


Cuando entramos, cómo no, encontramos camisetas del Madrid y del Barça, pero eso no nos interesa. Preguntamos por equipos autóctonos y, para nuestra sorpresa, nos dicen que no nos las venden (¡y eso que eran carísimas!), que solamente son para gente del equipo. Flipando, nos marchamos de la tienda y seguimos buscando la estación.



Por fin llegamos y por sólo 4,9 dinares, cogemos otro taxi a Douz.


Ciertamente, es engorroso cambiar tanto de taxi, pero hay que reconocer que los precios son de risa. Douz está cerca (24 kilómetros), pero es que no llega a 2 € lo que nos cobran por llevarnos a los dos. En taxi. No puedo evitar compararlo con España.


A Douz se le conoce como “La Puerta del Desierto” y, ciertamente, en cuanto enfilamos la carretera comenzamos a ver arena blanca, algunas pequeñas dunas y vallas de paja que intentan retener su avance.

Lo primero que vemos al salir de la estación es un cementerio muy peculiar:

Las tumbas están dispersas por medio de la arena. Que muy seguros no me parecen a mi esos enterramientos, pero vaya. Si a ellos les funcionan no estarán tan mal. Pero con la costumbre que tiene la arena de moverse, cualquier día te encuentras un esqueleto esperándote en la puerta.


Estamos buscando un hotel que, además de aparecer en las guías, nos lo recomendó un comerciante de Tozeur. Cuando andábamos por la medina, este señor que hablaba español, nos dio el teléfono de un guía de la agencia que, aunque estaba en este momento en España, nos podría dar una idea de precios y demás.


Jose le escribió unos mensajes y nos comenta que el tour cuesta 90 € por persona e incluye traslado en jeep hasta el campamento del desierto, cena y desayuno, y retorno a Douz. A mi me parece un pastón, pero buscando en internet encontramos unos precios tan desorbitados que este resulta una ganga a su lado.

El hotel en cuestión se llama 20 Mars y, por suerte, lo conoce todo el mundo, porque está bastante escondido.


Douz está lleno de agencias que organizan viajes, así que, mientras damos vueltas buscando ésta, aprovechamos a preguntar en otra que se llama Defi Desert o algo así.


Subimos al primer piso para pedir información. Buscamos un campementauténtico, con jaimas cutres de esas de tela de saco (Campamento Le Paradis), pero aquí lo que nos ofrecen es algo mucho más sofisticado.

Aquí os dejo el presupuesto. Una de las cosas que menos gracia tenían es que la ruta la hacían por la carretera, y la otra el book de fotos de habitaciones súper chulísimas que tenían montadas en mitad del desierto.


Llamadme rara, pero si me voy a dormir al desierto, no quiero un hotel magnífico. Busco naturaleza, oscuridad y soledad.


Quedamos en buscar algo más barato y, de no encontrarlo, volver. Al menos no es tan desorbitado como los otros que hemos leído.

No tardamos en encontrar el 20 Mars, está ubicado en una callejuela algo escondida y no muy visible, pero allí está.

Un hombretón negro atiende el negocio. Bueno, lo que se dice atender, atender… tampoco.


Allí pasamos un rato mientras él charla por el móvil. Cuando al fin se lo despega de la oreja, nos dice que nos cuesta 200 € y punto. Cero explicaciones.


Jose le dice que ése no es el precio que su compañero que está en España nos ha dado. Que eso es imposible. Como se lo envió en un audio a Jose, se lo pone para que lo escuche y, de mala gana, lo acepta.


Nos dice que salimos a la 1. Nada más.


Le pregunto si vamos al Paradis y nos responde que no.


El de antes se pasaba con las fotos y éste escasea totalmente. Ni fotos, ni indicaciones ni nada.


Le insistimos en que nos gustaría saber algo más, adónde vamos y tal y tal. Sacamos en claro que vamos al campamento Zmela, y poco más.


Que llevemos agua y que allí no se vende alcohol (mentira cochina). Cogemos un folleto y preguntamos. Hay opciones en camello, pero a mi eso de machacar a los animales no me gusta, y además, tendríamos que emplear mucho más tiempo.

Finalmente, seguimos sin sacar nada en claro, así que nos conformamos y vamos a comprar agua y unas cervezas.


Esto último resulta bastante más difícil de lo que pensábamos. Cada persona a la que preguntamos nos manda a un sitio diferente. Todos coinciden en que es en la zona turística. ¿Y esa cuál es?

Preguntamos por los hoteles turísticos. Que si en tal, que si en el otro. Al final, cogemos un taxi para que nos lleve a alguno de ellos.


Nos cobra 4 dinares y echa a andar. Y sigue y sigue. Y vemos que nos lleva al fin del mundo y que al final perdemos la excursión. Me dan ganas de decirle que se de la vuelta, cuando en medio de un arenal, aparece un edificio que suponemos sea el hotel.


Como aquello está donde Cristo perdió el mechero, le decimos que nos espere.


Nos da dos minutos o se larga.


Dejo a Jose sujetándole y entro volando. Un grupo de hombres está rodeado de botellines vacíos, pero el camarero no está.


Al fin aparece y me cobra 5 dinares por cerveza. Mientras le pago, viene Jose para decirme que el taxista no está por esperar.


Salimos a toda velocidad y le pagamos otros 4 dinares (en teoría era ida y vuelta, pero cualquiera se pone a discutir).


Llegamos con tiempo suficiente, así que vamos a comprar algo para comer.


Tampoco está fácil. Hay restaurantes, pero no tenemos tiempo ni ganas. Queremos algo de comida rápida.


Encontramos una especie de pizzeria que también es restaurante, pero al menos conseguiremos algo para llevar.


Encargamos nuestra comida favorita (las tortillas rellenas) y nos ponemos a esperar.


Aquello va lentísimo. Lo vamos pagando mientras tanto para ganar tiempo. En comparación con otros sitios, resulta bastante caro: 12 dinares.


Me voy poniendo nerviosa. Pensábamos pasar a la vuelta por un supermercado que habíamos visto para coger las demás bebidas, pero como el tiempo apremia, me paso a la tienducha de al lado y, haciendo caso (tonta de mi) a Jose, me cargo con 2 botellas grandes de agua, otras dos botellas de fanta de medio litro y otra de cocacola.


Me cobra 5,8 dinares por todo y me da una bolsa que no aguanta el peso ni para volver a la pizzería.


Jose sigue allí, aguardando la comida. Esto es desesperante.


No se si fue fruto de los nervios o qué, pero dimos allí un episodio bastante patético.


Los cocineros ponen encima del mostrador un platillo con tres aceitunas y dos salsas. Yo no me entero de lo que nos dicen pero según Jose, están diciendo que está muy bueno.


Se vuelve y me dice que lo pruebe. Francamente, dudo mucho que nos estén poniendo una tapa. Esto por aquí yo creo que no se lleva.


Jose me sigue animando a que le hinque el diente. Le contesto que con qué quiere que lo pinche, porque allí ni palillos, ni tenedores ni nada. “¿Qué lo cojo, con los dedos?”


Entusiasmado me dice que que si, y él mismo agarra una aceituna, la revuelve con las dos salsas y se la zampa.


-“¡Pues si, es verdad que está muy bueno, pruébalo!!”

- “Hombre, si al menos hubiera un poco de pan...”


En ese momento, por arte de magia, el maitre pone encima del mostrador un cesto lleno de pan. Demasiado pan me parece a mi para ese escaso platito. Pero tanto ímpetu me pone Jose que cuando estoy a punto de echar mano a un trozo para mojar, llega el camarero, agarra el plato (al que solo le quedan dos de las aceitunas, la salsa está toda removida y bien sobada con los dedos de Jose, que muy limpios no estarían) y se lo lleva a una mesa donde están esperando para comer unos clientes.


Abochornados, empezamos a disculparnos mientras los dos cocineros se parten de risa. Qué capullos, yo creo que lo han hecho adrede.


No sabemos dónde meternos. ¡Qué vergüenza!


Eso si, no hay vez que rememore la situación que no me eche unas carcajadas.


Entre risas y disculpas, al fin nos ponen la comida. La recogemos y nos vamos a toda prisa de allí.

¿Beberías leche de camello?

Esta tienda se encuentra al lado del hotel… ¡por si os animáis!


Trotando, llegamos al hotel antes que el jeep. No sabemos si le va a gustar que comamos dentro, así que, sin aliento, nos sentamos en el patio y sacamos los bocatas mientras asomamos la cabeza, no sea que nos roben las mochilas o que el de la excursión no nos vea y se largue.

Mientras el roba-aceitunas está en el aseo, aparece el coche.


Resulta que, aunque vamos nosotros solos, no nos deja poner atrás las mochilas. ¿Por qué? Pues ni idea. Pero ahí vamos apretujados en el asiento de atrás, nosotros dos y nuestras mochilas. No lo pillo. Y la montonera de botellas dando tumbos por el coche. En fin, costumbres tunecinas.


Nos montamos con el calvo (que por cierto no habla más que árabe y dos palabras de francés) y enfilamos la carretera que, al poco, empieza a estar cubierta por la arena.

La pista está asfaltada y el camino es bueno. Algunos camellos famélicos merodean por las orillas.

Continuamos algunos kilómetros, hasta un cruce de caminos, donde se encuentra situado una especie de bar de carretera, donde el coche se detiene para que tomemos un te.


Acabo de comer y no me gusta el te. Le decimos que, por nosotros, no es necesario, pero dice que es por él, así que nos bajamos del coche y damos una vuelta por allí.

A partir de ahí, la pista asfaltada desaparece y comienza lo que él también considera pista, pero vamos, que eso para mi es ir campo a través.


Los montones de arena empiezan a estorbar en medio de la carretera, pero el conductor es un experto y aquello comienza a resultar muy divertido.

Llegado un punto, la “pista” que este señor conoce, desaparece (para mi, llevaba tiempo desaparecida, pero él insiste en que se la sabe de memoria). Nos dice que las dunas se han movido desde esta mañana y se han comido el camino.


Hasta tal punto llega, que no conseguimos cruzar algunas de las dunas.


Nos invita a bajarnos y él se larga con el todoterreno. Según se aleja, me veo como un nómada abandonado en mitad de la nada. Impresiona, no creas.

Arrastramos los pies como podemos y, en lo alto de la duna, avistamos al calvo tumbado al lado del coche.

Tan ricamente, oye.


Echando el hígado y con las botas llenas de arena, conseguimos alcanzarle y volvemos al lío.

Dunas y camellos después, llegamos a una ruina donde el hombre para el coche y dice que bajemos para hacer fotos.

Con sinceridad, yo aquella tapia no la veo muy interesante. Imagino que, como en el pueblo, se trata de algún viejo refugio de pastores.


Craso error.


Para nuestra sorpresa, se trata de ruinas romanas. Que digo yo, que si hay algún rincón en el mundo donde los romanos no pusieran piedra.


Se vuelve a tumbar en el suelo, al lado del coche mientras nosotros ascendemos hasta las ruinas.


Tres todoterrenos están aparcados en la puerta. Cada uno es de un país, pero parece que viajan juntos. Son de estas personas molestas que, en mitad del desierto se empeñan en estorbar en una foto, poniéndose en medio y asomando la cabeza.

Aquí está Jose intentando tapar a los molestos viajeros

Cuando terminamos la breve (e incómoda) visita, nos disponemos a bajar cuando los 3 Land Rover se montan y arrancan.


El belga es el cabecilla. Arranca y no tiene otra cosa que hacer que pasar por encima de uno de los escasos setos que aún sobreviven en esa parte del desierto.


Mi impresión de él, muy buena no es, desde luego.


Los otros dos le siguen. Entretanto, hemos llegado a nuestro coche, pero ellos tiran de frente, contra todas las dunas.


El “capitán” empieza a notar que no puede subir la duna de través y comienza a recular. Los otros dos hacen lo mismo. Nuestro piloto no arranca mientras mueve la cabeza con desaprobación. “no conocen la pista”, nos dice.


El hombre está preocupado, sobre todo cuando, tras bajar de la duna marcha atrás, giran a la derecha y el primero se queda clavado entre dos de los montículos.


Desde lo lejos vemos como todos se bajan pero, francamente, veo difícil que puedan sacarlo sin ayuda. Esos coches son enormes y no se si estarán preparados, como el nuestro, con dos tracciones, dos cajas de cambios y todo lo que este coche lleve (no entiendo nada de mecánica) y que le permite cruzar por encima las dunas con tanta alegría.


Meneando la cabeza, mete la marcha y continuamos nuestra aventura hasta llegar a Ksar Guillane, un reducto en el desierto preparado al cien por cien para el turismo.


Nuestro “guía” está empeñado en que demos un paseo en camello. Y si no, en quad.


Contestamos que preferimos darnos un remojón en las aguas termales que se encuentran en medio del Ksar, a modo de piscina.


Unas cubas hacen la función de vestidores, solo que la puerta no cierra y el camarero no quita ojo mientras te cambias.

Mira, aquello de desnudarse mientras sujetas la puerta con una mano, la ropa con otra y te sacudes los pies de tierra, muy cómodo no es, de veras. Como un lamento llamo a Jose a ver si por favor me la puede sujetar, pero no se si se le habrá metido tierra en las orejas, porque no me oye.


El camarero mirón dice que da igual, que no me preocupe porque la puerta se abra. Claro, qué listo, espectáculo gratis.


Malamente lo consigo y salgo con ganas de remojarme en el agua calentita. Me encantan las aguas termales, así que seguro que ha valido la pena el esfuerzo.


El suelo es fangoso, lógicamente, pero el agua está a una temperatura ideal.


Una hippie se presta a hacernos una foto mientras las moscas nos devoran, literalmente. Hay millones de ellas, lentas y pesadísimas.

Mientras me las sacudo, me voy de nuevo a la cuba, tras un buen rato en remojo. Esta vez me voy a la de Jose, que cerraba mejor.


Nos toca esperar un poco a que llegue el guía. El sol está cayendo muy deprisa y estamos un poco impacientes, porque nos gustaría ver el atardecer ya en el campamento. Cada vez lo vemos más difícil.


Cuando llega, montamos enseguida y arrancamos, cruzando los dedos para que el Sol no tenga mucha prisa en esconderse.


Cuando salimos de Ksar Guillane se me cae el alma a los pies. Varios kilómetros a la redonda están absolutamente plagados de basuras y plásticos. Es horroroso, y deprimente. ¿Es que no les importa cuidar ni la naturaleza ni su medio de vida?


El coche continua y los plásticos siguen presentes cuando ya el Ksar ni se ve. Para rematar, han desaparecido las dunas y el sol está casi en el horizonte.


Le pregunto al conductor si no va a haber dunas en el campamento y, aunque él nos dice que si, por más que escudriñamos el horizonte, nos hay rastro de más dunas. Estamos en medio de la nada.


De pronto, Jose escucha un ruido y me dice “hemos pinchado”. “¡Si, hombre!”, le digo. “¿Cómo vamos a pinchar aquí, que no hay nada?”


Enseguida pienso en la basura que había alrededor del Ksar. Quizá se nos ha clavado un trozo de cristal y en uno de los baches se ha clavado. Aún así, es raro. Ese bicho lleva unos neumáticos impresionantes.


El hombre también lo ha oído, o algo ha notado, porque para y se baja. Y nosotros también.


La rueda está aplastada contra el suelo. Al garete el deseado atardecer en las dunas.

“No problema, no problema”, nos dice.


El hombre no tiene culpa, así que nos resignamos a pasar la tarde en el secarral.


Y ahora viene cuando la matan. El hombre saca el gato e intenta coger la rueda de repuesto, pero mira por dónde, la llave no corresponde a ese coche. No hay forma de sacar la rueda.


Desenfundo la cámara, porque aquello va para largo, y hay muchas de sus funciones que no domino. Pues nada, a practicar. Además, hay una luna preciosa.

El calvito tira de móvil y avisa al ksar. Nos dice que va a venir a recogernos otro coche para llevarnos a nuestro destino, y suponemos que también a auxiliarle a él.


Lo cierto es que el tiempo pasa y aquí no viene nadie. Esto pinta peor de lo esperado. Me da a mi que no sólo vemos allí la puesta de sol, sino que aún hacemos noche en el jeep.

El pobre hombre sigue volviéndose loco con la rueda y llamando por teléfono hasta que por fin, milagrosamente, consigue sacarla, no me digas cómo.

A estas alturas, lo único que nos ilumina es la luna. Nos ponemos manos a la obra y entonces llega el siguiente contratiempo. El gato se hunde en la arena y no se ve posible quitar la rueda. Ole ole.


Sin perder la esperanza, el pobre, comienza a hacer un agujero en la tierra con las manos para ver si de esta forma puede sacar la rueda. ¡Y lo consigue!

Jose no deja de ayudarle hasta que, entre los dos, logran meter la rueda, no se ni cómo. Apenas se ve y hay que echar mano de la linterna del móvil. No deja de tener su encanto ésto de estar abandonados en mitad del desierto. No se escuchan más ruidos que los nuestros y, todavía no han salido al ataque escorpiones ni serpientes, así que ni tan mal.

Cuando damos por terminada la operación rueda, ya ha caído la noche. Le tiendo unas toallitas para limpiarse, cargamos la rueda y tan felices nos montamos. Ahora me asalta la duda de que este señor consiga encontrar a oscuras el camino correcto.


Por si acaso, cambia de camino y sigue por lo que él llama la pista. Para mi, es campo y más campo, pero no parece tener ninguna duda y, en verdad, llegamos al campamento en poco tiempo. Y, ciertamente, detrás asoma la silueta de las ansiadas dunas.


Una gran hoguera está encendida. Nos indican cuál es el número de nuestra tienda, que están colocadas sin ton ni son, con un orden absolutamente aleatorio.

Localizada, entramos a ver cómo nos sorprende.


Ya por fuera me parece demasiado remilgada para mi. Asomamos la cabeza y me sonrío. Tiene gracia eso de dormir en unas camas con cabecero y todo dentro de una tienda de campaña. He hecho camping muchos años y las opciones eran dormir en un aislante o, si te poníastriquismiquis, en un colchón hinchable. Saco de dormir y listo.

Hay hasta luz eléctrica y una mesilla. Estiramos las mantas por arriba y por abajo, para mantener el calor por la noche, que empieza a refrescar.

Salimos a asearnos mientras nos arengan para que nos acerquemos a la fogata.


Sinceramente, a nosotros, esos saraos nos nos atraen nada. Sugiero no ir, pero Jose lo considera un feo y me convence.


Por suerte hay pocos turistas, menos mal.


Nos sientan en un circo redondo con una bancada alrededor y los restos de la fogata en el centro. Pero el “artista” no llega. Yo me siento muy violenta, mirándonos los unos a los otros sin más.


Con tanto mirar, me percato de que Jose se ha sentado de manera que parece que tiene un aura cuadrada alrededor de la cabeza.

Ahí pasamos el rato, como los tontos, hasta que por fin entra un hombre que se pone a saludarnos y se dispone a explicarnos el proceso de fabricación del pan que llaman Zmela, como el campamento.


El chico prepara una tortilla con masa de harina que después arroja entre las ascuas y la cubre. Digo yo que va a quedar llena de ceniza, a ver quien se la come.

Terminado el proceso, sacude la torta y nos la da a probar.

De ahí, pasamos al comedor.


Bancos corridos casi a ras del suelo y también mesas bajitas.

Como somos pocos, ocupamos solo un lateral y “por suerte” se nos sienta al lado el guía de los italianos que no es mudo, precisamente.


Habla y habla sin parar, a todo volumen.


Un camarero se acerca y nos ofrece vino, cervezas, refrescos y agua. Pues vaya. Con la carga que traemos de bebidas. Y eso que “no vendían alcohol” y que teníamos que traer agua.


Pues vino, que cerveza ya tenemos en la tienda.

Se trata de un vino tunecino, exquisito para mi gusto. Tiene un toque un poco dulce… no se cómo describirlo. Muy rico.


Con la cena se vienen arriba. Tapa de aceitunas y atún, lentejas, pollo guisado y dulces para postre. Una barbaridad. Se cuidan bien, desde luego.

Por la botella de vino y la de agua nos cobran la friolera de 35 dinares. Por idiotas, que abrimos el agua, con toda la que vamos cargando.


Una vez terminada la cena, miramos alrededor y vemos este panorama:

Parece que toca sesión de móvil, jeje.


La gente se recoge en las tiendas enseguida, pero nosotros queremos saborear la soledad y caminamos hasta fuera del recinto.


El cielo es maravilloso, impresionante, increíble. Hacía muchos años que no veía con claridad la estrellas, y la Vía Láctea había desaparecido de mi cielo. Pero aquí, son mucho más brillantes, mucho más imponentes. Pareciera que están mucho más cerca .


Es algo que no se puede describir.


Pasamos un buen rato disfrutando de las estrellas, hasta que el frío nos anima a volver al refugio. Todos están dormidos y enseguida apagan el generador.


Lo único que interrumpe el silencio es un grillo que se ha afincado en nuestra tienda y está dando la serenata. Y en la noche. Jose dice que escuchó rascar a algún animal. Yo dormí como un niño pequeño.

Nuestra guía ha desaparecido del mapa. No sabemos a qué hora salimos, ni cuando se desayuna, así que ponemos el despertador temprano y así podremos aprovechamos a dar una caminata antes de irnos.


1 comment

  1. He leído con gran interés su artículo sobre Tunez Tozeur Kebili
    Douz Desierto Zmela y puedo decir que es uno de los mejores artículos
    que he leído. Es por eso que quiero compartir un sitio web
    que me ha ayudado mucho a perder peso, y ahora estoy feliz de nuevo: https://bit.ly/3bWh8jG

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