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Tunez Jebil National Parc (Campamento Zmela)

5 de noviembre – Jebil National Parc (Campamento Zmela) - Matmata


No ha amanecido cuando me despiertan las voces que vienen de otra tienda. Miro el reloj: las 5 de la mañana. Creo que por este motivo abandoné la costumbre de hacer camping.


En un primer momento, opto por el ¡sshhht! de turno. Pero no me hacen nada de caso. Siguen hablando en volumen alto. Muy molestos, la verdad.


Reconozco que tengo un sueño muy volátil, una vez que abro el ojo, no lo vuelvo a cerrar. Empiezo a revolverme entre las mantas hasta que finalmente me levanto. Jose abre el ojo y me pregunta adónde voy. Le explico que me estoy poniendo nerviosa de dar vueltas y me salgo al fresco.


Nunca unos vecinos molestos me han proporcionado una sorpresa tan agradable. Cuando pongo el pie fuera de la tienda, muerta de frío y con todo oscuro, miro al cielo y me quedo con la boca abierta. No quiero que Jose se lo pierda, así que asomo el pescuezo y le digo que salga a toda pastilla.


Es el cielo más hermoso que hemos visto jamás. Estamos cubiertos de millones de estrellas increíblemente brillantes…


Nos apena no poder capturarlo tal y como lo observamos, y yo con la cámara soy un poco topo. Sin embargo, Jose tira de su fantástico móvil y, aunque en nada reflejan lo que veíamos, pudo conseguir estas imágenes. Entre ellas, ¡¡una estrella fugaz!!

La Osa Mayor

                     Orión

¡¡Una estrella fugaz!!


Las estrellas empiezan a apagarse a medida que la claridad va llegando al horizonte. Entonces, cambiamos de tercio. Dejamos las estrellas y nos vamos a las dunas.


Es muy curioso. En el campamento no hay más que piedras y campollano, y 20 metros más allá, todo está lleno de arena.


Ahora entendemos lo de “la gran duna” que decía el guía. No es que sea grande de alta, sino de extensa. Como un gran pegote en medio del secarral. Increíble.


Trotamos para encontrar una buena ubicación para ver el amanecer. El campamento sigue dormido. Tenemos tiempo de sobra hasta que llegue la hora de desayunar y partir.

El amanecer resulta precioso. Disfrutamos sentándonos en la arena sólo para ver como el astro rey hace su aparición. Si no lo habéis hecho ya, no os perdáis este maravilloso espectáculo, de verdad.

Otra cosa fascinante son las huellas que vamos encontrando en la arena. Apenas hemos visto a ningún animal, tan solo algún pajarillo y, eso si, muchas moscas. Sin embargo, parece que por la noche hay algo de vida en el desierto, y van dejando este rastro:

Tipo Sherlock Holmes, acerco el hocico a cada una, pero soy incapaz de distinguir quién ha hecho cada cual.


Descubrimos a uno de los posible “culpables”, pero se camuflan tan bien con el paisaje que resulta difícil verlos.

Pasa un buen rato antes de que decidamos volver al campamento. El aspecto de las dunas ha cambiado y comienza a calentar la mañana.

Entramos al comedor a desayunar y comprobamos que nuestro guía sigue sin aparecer.


Poco a poco, los demás turistas se van marchando, y ahí seguimos nosotros. Empezamos a preguntarnos si quedó ayer muy agotado o si nos ha dejado abandonados a nuestra suerte.


Damos unas vueltas por allí. Resulta muy diferente a la noche anterior.

Fuera de la valla hay unas tiendas de las que yo creía que nos esperaban y deducimos que son las de los conductores.

De hecho, al lado de una de ellas se encuentra el coche que nos trajo. No nos atrevemos a volver a pasear por las dunas, pero allí no sabemos bien qué hacer. Por fin se escucha ruido en la tienda y nuestro guía se asoma. Dice que va a tomar un café y que en 10 minutos está allí.


No tengo claro qué tipo de reloj usa esta gente, será el de sol, porque pasan 40 minutos hasta que vuelve a dejarse ver.


Entretanto, las moscas se han apoderado de nosotros. Me da una repulsión indescriptible ver la chaqueta de Jose por la espalda. Literalmente cubierta de bichos negros tomando el sol. Un asco. Y por más que las espantas, vuelven a apoyarse.


Nos entretenemos mirando más huellas y nos resignamos. No me gusta perder así el tiempo. Si nos dice que tarda 1 hora en tomarse un café, nos hubiéramos ido a dar una caminata, pero en fin… De nuevo hay que adaptarse a sus costumbres.

Al fin hace acto de presencia. Con calma.


Le pregunto si va a llevarnos a la explanada llena de camellos de la que habló ayer, pero según dice, se refería al Ksar Guillane. Está dispuesto a volver a llevarnos para que montemos en camello. Qué manía.


De nuevo rechazamos la oferta y preferimos coger camino de vuelta.


Con nuestro mapa en los dientes, como siempre, nos damos cuenta de lo cerca que estamos de Tataouine, y le preguntamos si nos podría llevar allí en lugar de volver hasta Douz, aunque le tuviéramos que pagar algo más, pero ganaríamos tiempo.


Nos dice que no puede, que no le dejan. O sea, podríamos perder otro par de horas montados en un camello pero no puede desplazarse 30 kilómetros hasta Tataouine. Muy listo no le veo. Que digo yo, que él puede decir que estamos en el quad y embolsarse lo que le demos, pero no hay manera.


Esto nos supone dar una vuelta muy grande, así que cuando para en un cruce para tomar café y nos damos cuenta de que es la carretera a Tataouine, nos ponemos a hacer dedo.


Un taxi con dos ingleses nos para y les pregunta a ellos si les importa llevarnos. Pues si. Al tonto de las barbas le molesta.


Pasan pocos coches. Estamos seguros de que lo conseguiríamos, sin embargo, no sabemos cuánto podríamos tardar.


Dudamos si arriesgarnos y vivir la aventura que nos gusta, o ir a lo seguro. Finalmente, nos decantamos por esto último porque los coches que pasan son escasos y van llenos. No tardaremos en arrepentirnos cuando, una vez iniciado el trayecto, comenzamos a cruzarnos con bastantes coches vacíos.


Creo que fue ese el momento en el que el conductor se jugó la generosa propina que le teníamos preparada. El gasoil del desplazamiento y el tiempo que hubiera empleado en llevarnos de nuevo a Ksar Guillane, hubieran equiparado lo que con tanto fervor le suplicamos.


La vuelta es por la carretera, así que pierde el encanto del rallye del día anterior y vamos bastante aburridos.

Cuando al hombre se le antoja otro café, nos lleva a una aldea muy curiosa.

Apenas una docena de cabañas conviven entre residuos tirados por el suelo. Un viejo Toyota deportivo y una charca coronan el paisaje.

No sabemos dónde nos encontramos. Ni el mapa ni Google identifican este reducto.


Mientras el hombre saluda y sale a tomar el enésimo café, nosotros miramos como los habitantes del lugar se van acercando a la charca.


Por algún tipo de perforación buscando petróleo o agua potable, debieron de encontrar, por error, aguas termales. Y ahí es donde se encuentra en remojo casi toda la población, charlando animadamente.

Las mujeres se concentran, vestidas, alrededor del chorro, mientras que los hombres y los niños nadan y retozan por el resto de la laguna.

Parece ser la actividad estrella de las mañanas. Por un momento, me dan envidia. No tienen que preocuparse de madrugar para llegar a un empleo ingrato.


A pesar de la evidente miseria, se les ve felices. Me cuesta imaginar de qué manera sobreviven.

La “procesión” sigue acercándose a la laguna. Una mujer de muchos años también quiere beneficiarse de las aguas termales, calzada con sus modernos zuecos:

Intentando no molestar, nos acercamos al agua y metemos la mano. La temperatura es ideal. No me sorprende que se metan todos al baño matutino.


No es un lugar bonito, pero si muy peculiar.

​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​Terminado, por fin, el octavo café, nuestro hombre se atusa de nuevo el trapo de la cabeza y nos lleva a nuestro destino.

Nos deja en la gare, donde empezamos otra vez la letanía de los taxis.


El primero, hacia Kebili, nos cuesta 5,10 dinares por los dos. Llegados allí, caminamos hasta la estación que visitamos a la llegada, pero desde allí no salen los taxis a Matmata, que es nuestro siguiente destino.


Nos toca coger otro taxi hasta la estación adecuada, que está a tomar viento. Por suerte, el precio es de únicamente 2 dinares.


El taxi nos deja con un panorama desolador. Una estación grande, con un par de taxis sin ningún interés en salir y bastante gente sentada en un pollete esperando algo.


Cogemos los billetes, que nos cuestan 16,8 dinares y nos quedamos ahí, de pie, esperando que algo se mueva.


Como siempre, deciden arrancar cuando Jose ha tomado la decisión de ir al excusado. La próxima vez que tarden en arrancar, le mando al baño, de verdad, qué puntería.


Aunque hemos visto a lo largo de todo el viaje puestos con bidones de algo que parecía aceite o gasoil, sólo hemos podido grabarlo esta vez.


Las gasolineras “reales” escasean y algunos comerciantes acumulan bidones para venderlos a modo de surtidor.

Apenas el autobús se detiene en Matmata y bajamos de él, mochila al hombro, se nos acercan varios hombres con el fin de ayudarnos a buscar hotel, excursiones, etc.

Hemos buscado las opciones más baratas y son el Hotel Les Berbères y el Marhala. En el primero, las habitaciones son multitudinarias, así que tenemos claro que, en principio, vamos a buscar el segundo. Por ese motivo, y por el obvio de no llevar detrás gente que busca comisión, rechazamos amablemente su ayuda.


Para llegar al hotel Marhala hay que darse una buena caminata. Nos tememos que al llegar no nos guste y tengamos que retroceder.


Por el camino pasamos por algún hotel abandonado, con pinta de haber sido precioso, y también pasamos por el Sidi-Driss, donde se filmaron algunas secuencias de La Guerra de las Galaxias, lo que les ha llevado, según las guías, a subir el precio y bajar la calidad.


Por suerte, esta vez acertamos a la primera. Apenas entramos en el hotel, nos enamoramos de él.

Se trata de una auténtica casa troglodita, con un laberinto de pasillos y patios, y un recepcionista de lo más agradable.

La habitación cuesta 50 dinares y nos ofrece incluirnos la cena por 20 más. Le explicamos que queremos hacer alguna visita a pueblos cercanos y no sabemos si llegaremos a tiempo, ni si existe algún transporte.


Como siempre, el tema de los autobuses no está fácil. Le preguntamos si habría posibilidad de que nos llevara alguna persona. Tenemos especial interés en ir a un pueblo llamado Tamezret, una aldea bereber que ha sido, según las guías, abandonada casi en su totalidad por los varones, por lo que se ha convertido en un pueblo habitado por mujeres, vestidas con trajes típicos de colores brillantes, diferentes según su estatus social, que realizan artesanías y no hablan con desconocidos.


El hombre coge el teléfono y se pone en contacto con un señor que, por 30 dinares, nos lleva a Tamezret, que está a 12 kilómetros, nos espera y nos trae de vuelta.


Nos parece bien y pasamos a las habitaciones. Es un lugar encantador. Los baños son compartidos, pero son modernos, limpios y con agua caliente.

Nos dan a elegir entre dos habitaciones y, por unanimidad, elegimos la número 2.


Ambas son amplias (preparadas para más de 2 huéspedes), pero la 2, en tonos azules tiene más encanto.

Resultan encantadoramente básicas y la temperatura es ideal.


Lo que no sabíamos, ojo, es que cuando apagas el interruptor de la luz, el enchufe deja de funcionar, lo que nos dio una sorpresa bastante desagradable cuando, por la mañana teníamos descargados todos los aparatos.

Nos instalamos y esperamos a nuestro conductor, que llega puntual.


Por el camino nos acompaña un paisaje desolador. No es de extrañar que también aquí se grabara parte de La Guerra de las Galaxias aunque, si conocéis el desierto de Gorafe, en Granada, tampoco tiene mucho que envidiarle.

También se ven algunas casas trogloditas, una de ellas convertida en museo y otras que parecen seguir habitadas.

Cuando llegamos a Tamezret, nos deja a las afueras y quedamos en que nos espera en el bar.


Como todos los pueblos bereberes, el color de sus casas se funde con el de la tierra.

Comenzamos a callejear, ansiosos por encontrarnos a las solitarias mujeres que visten trajes típicos.

Aunque algo ruinoso, resulta agradable pasear por allí. Subimos hasta lo alto del pueblo sin encontrar un alma. Ni mujeres ni hombres ni nada.

Curiosamente, en este pueblo de mujeres, no encontramos una sola mujer. En el café Berbere, al lado de la mezquita, dos hombres están sentados charlando y el resto de los habitantes les encontramos abajo. Otros 5 hombres. Está totalmente claro, un pueblo lleno de mujeres.

Consumimos el tiempo paseando y, ya de camino conseguimos ver a una mujer, con un traje muy típico: el pijama.

Me parece que la guía actualizada que traemos, se ha limitado a parafrasear la antigua, sin molestarse siquiera en dar una vuelta por allí.

Así que, aunque el pueblo nos ha gustado, volvemos un poco decepcionados. Había otros pueblos bereberes y elegimos éste por lo interesante que parecía su población, pero ha resultado un fracaso.


Una vez en la pick-up, deshacemos el camino con tiempo de sobra para cenar en el hotel después de tomar un par de cervezas en el hotel de Star Wars, que hemos leído que las vende.

Como el plan de mañana también se presenta complicado con los transportes, le consultamos al conductor si él nos llevaría.


Está dispuesto, pero nos dice que concertemos el precio en el hotel. Imaginamos que por la comisión que éste se lleva.


Llegamos al hotel y le confirmamos que cenaremos allí. A las 7, como en los hospitales. Entretanto, nos vamos a dar un paseo y así visitamos el famoso escenario.


El hotel está abierto, con un cartelito de que cobran por la visita. Aunque es una cantidad pequeña, nos damos la vuelta para irnos. No tengo mayor interés en esa película, solo queremos sentarnos tranquilos a tomar algo.


El hombre nos dice que no hagamos caso de eso y nos indica el bar. El patio de la casa tiene los restos de decorado que así, en frío, resultan bastante infantiles.

Cuando estamos sentados con nuestras cervezas (a muy buen precio para estar en un lugar tan fashion, 5 dinares por las dos), aparece el hombre que nos abordó al salir del autobús cuando llegamos a Matmata.


Se sienta con nosotros y nos pregunta por la excursión de mañana. Yo flipo. Parece que es familiar del hotel en el que estamos alojados pero, ¿cómo sabía que estábamos allí?


Le confirmamos que vamos a hacerla y nos quedamos otro rato allí. Se está fenomenal.

Ha oscurecido cuando decidimos levantarnos e ir a cenar.


En el restaurante nos ofrecen también vino y cerveza, que se cobran aparte del menú, por supuesto, pero no sabíamos que vendieran alcohol allí.

El menú es abundante (demasiado abundante para cenar) y nos pedimos una botella de vino con la esperanza de que sea tan rico como el que bebimos en el campamento del desierto. Lamentablemente, no fue así. Solamente tenían un rosado que sabía a rayos y que los costó 25 dinares, más que la cena. Tan malo estaba, que dejamos media botella, cogimos lo que nos quedaba en los vasos y salimos al patio a ver si pasaba mejor viendo la luna.

Nos sentamos en un altillo con nuestro vaso en la mano, cuando el camarero llega, raudo y veloz, con una mesa. Y nos trae la botella que habíamos abandonado. Y tan orgulloso, se ofrece a hacernos una foto.


Pasamos el rato contemplando el hotel, tan animado y bonito, hasta que nos entran ganas de ir a dormir.

Concretamos el precio para la excursión de mañana con el encargado. 50 € visitando Toujane, Ksar Hallouf, Ksar Hadada y terminando en Medenine.


Aún nos entretenemos un rato curioseando por los pasadizos del hotel y nos vamos a la cálida habitación. Hemos quedado a las 9, después del desayuno. Nos da pereza irnos a dormir porque es un lugar maravilloso, así que pasamos otro rato haciendo fotos hasta que decidimos irnos a la cama.


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