Las Mochilas Locas

Tunez, Dougga y El Kef

1 de noviembre 2019 

Aterrizamos en Túnez puntualmente. Hemos enviado un mensaje al hotel para avisar de la hora de llegada. No nos han contestado, pero imagino que están acostumbrados a estos horarios y cruzamos los dedos para que no haya problemas. Al menos no llueve, por si nos toca dormir en la calle.


No hemos podido cambiar dinero porque a esta hora las oficinas de cambio del aeropuerto están cerradas, así que confiamos en que nos acepten euros de momento. El cambio, redondeando, está a 1 € = 3 dinares tunecinos.


Se nos acerca un taxista (el último de la fila) y, por supuesto, nos pide un precio desorbitado. Ya hemos leído que oscila entre 6 y 10 €. Es cierto que por la noche es más caro, pero no pensamos pagar 20 €, si podemos evitarlo.


Nos reímos y le decimos que es muy caro y automáticamente nos lo baja a 10 €. Podríamos haber seguido regateando pero no tenemos muchas ganas y ya se le están acercando los demás conductores a echarle la bronca, por colarse y por bajarnos el precio.


Cómo no, nuestro taxi es el más viejo de todos. Parece que los atraemos.


El hombre empieza por decirnos que el hotel Ayachi está cerrado y no funciona más, pero que él nos busca otro. Le enseñamos el bono impreso y desiste de su intento de llevarnos a un sitio donde pueda llevarse comisión.


El aeropuerto de Túnez está muy cerca de la ciudad, así que no tardamos apenas en llegar.


Este hotel se encuentra situado en la medina, que en Túnez no es muy espectacular que digamos. La zona está sucia y un tanto desarmada (aquí no hay una calle que no tenga socavones), pero estamos al lado de la comisaría y por fuera el hotel no tiene mala pinta:

En la recepción se encuentran dos mujeres (que nos deben de estar esperando) y muy amables registran nuestros pasaportes.


- “¿Tienes WIFI?” - le pregunta Jose.

- “Oui” - nos responde.


Y ahí nos quedamos mirándolas, a la espera de que nos muestren la clave, pero nada.


- “¿Y me das el password? - le pide de nuevo en nuestro chapucero francés (bueno, yo ni eso. No hablo una palabra de francés).


La mujer nos aclara que no es necesario, está abierta la red y nos acompaña a la habitación (para no perder la costumbre, en el último piso) y nos enseña los baños y duchas, que son compartidos.


A ver, fantástica no es, desde luego. Pero si tenemos en cuenta que el precio es de 5 € más impuestos, lo podemos comprender. Tiene un lavabo en la habitación y está bastante limpia.

Eso sí, hay un único enchufe. Menos mal que siempre llevamos un cargador múltiple que compramos en Amazon y nos saca de apuros en todos nuestros viajes. Carga a toda velocidad en 2 de las 6 salidas que tiene, y en las otras 4 tampoco va despacio. Cada noche nos toca cargar los móviles y las cámaras, de otra manera sería imposible.

Parece que en otros tiempos, éste debió de ser un gran hotel. Las escaleras de piedra son muy bonitas y los pasillos grandes y elegantes.

Las vistas de nuestra habitación dan, como siempre, a un patio o a unas obras. Esta vez toca patio.

Por fin, casi a las tres nos vamos a la cama, pero hacia las cinco me despierto sobresaltada. El imam de la mezquita llama a la oración a voz en grito. Y así todas las noches sin excepción, elcantante nos ameniza el descanso y, por qué no decirlo, también nos ayuda a madrugar y adaptarnos al horario musulmán.



Nos cuesta arrancar, hemos dormido poco y estamos cansados, pero deseosos de comenzar a conocer este país, así que recogemos el petate y planeamos el día.


Lo primero, conseguir dinares y lo segundo, las tarjetas para el móvil.


No se si vosotros también lo hacéis de esta manera, pero cuando viajas fuera de Europa, contratar roaming es una locura, resulta carísimo. Y no lo hacemos solamente por las llamadas a España, que nos dan bastante igual, pero si resulta muy útil a la hora de consultar mapas, subir fotos a la nube, whatsapp o inclusos localizarnos entre nosotros. Afortunadamente, las tarifas son ridículas si las comparamos con el precio que tenemos en España. Además, si es un país que frecuentas, puedes ahorrar en los viajes sucesivos el costo de la tarjeta y tan solo hacer una recarga, como nos ocurre a nosotros con Marruecos. Es conveniente guardar las SIM de cada país. No abultan nada y nunca se sabe cuándo vas a volver.


Bajamos a recepción y les pagamos en euros. Le pedimos que nos cambie algo más para poder desayunar y accede aunque, lógicamente, nos da un cambio algo birrioso.


La forma más fácil es el cambio de 1 a 3, así que le entregamos 10 € y nos devuelve 30 dinares (TND).


Buscamos un sitio para desayunar, pero es que estos moros son raros. En las cafeterías solo te ponen café o te (muy rigurosos ellos) y en los sitios de bollos, no puedes beber nada. Para rematar la jugada, en los países árabes es muy difícil encontrar refrescos sin azúcar (estoy intrigada con el hecho de que casi todos sean delgados).


Nosotros no somos aficionados al café ni al te, así que nos compramos un par de bollos por 2 dinares (bastante secos, por cierto) y cruzamos a la otra acera donde vemos un par de bancos (uno de los bancos más populares de Túnez es el banco Amen; tiene gracia, ¿no?)

Cambiamos 100 € y nos devuelven 311 TND, en billetes de 20.

Con más líquido en el bolsillo, volvemos a cruzar la calle y entramos a la tienda de Orange. Cada tarjeta SIM con una carga de 4 GB nos cuesta 14 TND así que por 28 TND más 5 TND de impuestos, nos llevamos 8 GB de datos, es decir, unos 11 €.


Encima, son unas máquinas configurando los móviles. Mira que yo le llevo “tuneado” con un launcher lleno de setas y dibujitos, pero la chica lo encuentra todo rápidamente y en nada estamos en la calle con nuestros teléfonos activados.


Ya que nos encontramos en la medina, decidimos dar un paseo por allí y, buscando la mezquita, aterrizamos en el zoco.

Aprovecho para comprarme unas gafas de estas “de viejo”, porque las tengo muy arañadas y me cuesta ver el mapa. 10 dinares me cobra, nada baratas, pero son unas auténticas lupas (ciertamente, solo me sirven para mirar el mapa o cosas muy pequeñas, pero bien está).


Llegamos a una bab (la Puerta de Francia) que limita con la zona más moderna. Allí me compro un zumo de granada recién exprimido por 5 dinares y nos ponemos a buscar la manera de ir a Dougga.

De la amplia plaza surge una gran avenida y los tranvías circulan por todas partes. Es un lugar bonito y muy cerca de la catedral católica de San Vicente de Paul, que tiene las puertas cerradas a cal y canto, por lo que no la podemos visitar por dentro.

No terminamos de aclararnos con los planos ni con cual transporte es preferible coger, y preguntamos a unos guardias que están dirigiendo la circulación y el follón que se ha montado entre el tranvía y unos coches que le impiden el paso.

Muy amables, nos indican el camino a la estación del tren, que se encuentra al lado de algo así como un intercambiador de tranvías.

La mujer que se encuentra en información despliega un folleto informativo y nos explica que primero debemos ir a Teboursouk y de allí coger un taxi a las ruinas de Dougga. Los horarios no nos cuadran nada, perderíamos toda la mañana esperando, y Túnez capital no nos parece excesivamente bonito, así que hay que cambiar de planes.


Aún así, nos entrega una versión reducida del folleto con los horarios de los trenes.

Preguntando aquí y allá, decidimos que lo mejor es marchar en una louage(taxi compartido de 8 plazas), solo que no salen de allí. Tenemos que coger un taxi amarillo o un tranvía hasta la estación de taxis que van en esa dirección. El taxista al que preguntamos nos debe de ver cara de despistados y pretende cobrarnos 5 € por llevarnos, así que nos damos la vuelta y nos encaminamos al “metro” como nos habían dicho.


¿Y vosotros qué entendéis por metro? Pues nosotros pensamos que, como en España, el metro es el tranvía que va por debajo del suelo, por lo que vamos hacia donde nos señalan y bajamos las escaleras de lo que pensamos que es la entrada a la estación.

Y, con las mismas, volvemos a salir, porque eso es sencillamente un paso subterráneo para salvar las vías de los tranvías que circulan por arriba.


Vamos a la taquilla y compramos dos billetes por 0,70 dinares. El 2 o el 4 nos llevarán a la gare.


Hay varios andenes con esos números y mientras andamos decidiendo en cual ponernos, un chico se acerca para indicarnos.


Hago un paréntesis para decir lo encantadores que son los tunecinos. Siempre dispuestos a ayudarte, aunque no se lo hayas pedido. Tanto los hombres como las mujeres. Resulta tranquilizador porque siempre aparece un ángel de la guarda para echarte una mano.


Cuando un tranvía se acerca, el mismo chico viene para avisarnos de que debemos montar en ése que entra a un andén diferente al que nos encontramos.

El tranvía es moderno y espacioso, dentro de los vagones hay planos con las líneas y en cada parada podemos ver de cual se trata, así que sin problemas localizamos nuestra estación, después de cuatro o cinco, y en nada estamos en la calle de nuevo.

Preguntando, localizamos la estación de taxis donde, apenas pusimos un pie, nos aborda un señor que nos indica el taxi a coger y que, por cierto, está ya para salir.

A toda prisa, compramos dos botellines de pepsi por 1,4 dinares, le pagamos los 14 dinares que nos pide por el viaje (por los dos billetes) y nos montamos en el típicamente lujosovehículo.

Apenas sacamos el pie del taxi al llegar a Teboursouk, se nos acerca un hombre que nos pregunta adónde vamos. Por el momento no respondemos. Cogemos aire y nos planteamos otras posibilidades.


Según Google, el recinto cierra a las 18,30 h., pero allí todos nos aseguran que está cerrando a las 17,00 h. No podemos perder mucho tiempo, así que nos dejamos llevar por los lugareños y aceptamos un taxi por 15 dinares. 5 € nos parecen un auténtico robo por llevarnos a 6 kilómetros pero, como se nos echa el tiempo encima, no tenemos otra opciónque aceptar.



Apenas nos montamos, el conductor coge el móvil, llama a alguien y, a voces, dice algo parecido a “¡¡todo un éxito, todo un éxito!!”. Nosda la risa floja imaginando que está publicando a los cuatro vientos que ha encontrado a un par de pringaos que le pagan lo que pide a la primera.


Nos pasamos riendo el resto del camino, y cuando llegamos nos espera una sorpresa. Agradable esta vez.


El taxi para en la taquilla y ahí es cuando nos enteramos que la tarifa era ida y vuelta. ¡Por eso tenía el hombre tanto interés en saber lo que íbamos a tardar en visitarlo! 10 TND la ida y 5 la vuelta.

Quedamos con él a la hora de cierre y pagamos la entrada, que no se parece nada a lo que dice la guía (que supuestamente está actualizada este año). Nos cobran 8 dinares por cabeza (en lugar de los 5 que ponía) pero no hay que pagar ya por hacer fotos y nos parece un precio muy adecuado para la maravilla que nos espera.

Ésto es lo primero que vemos al bajar del coche. Impresionante, ¿no?


Encontramos pocos visitantes, básicamente turismo nacional. Nos ofrecen un guía, pero preferimos visitarlo a nuestro aire, que las explicaciones podemos leerlas en las guías que llevamos, y además traen mapa de la ciudad.


El lugar es impresionante y enorme. Toda una ciudad romana, con calzadas, baños y edificios que portentosamente resisten el paso del tiempo, el clima y las palomas que han hecho su hogar en lo alto.

Si sois amantes de la arqueología, Dougga es una ciudad que no os podéis perder.

Los balidos de las ovejas nos acompañan en la visita. Se ve que también viven allí.


La ciudad es demasiado extensa para el tiempo tan justo que tenemos, así que, aunque la vemos entera (o casi), no podemos disfrutarla tanto como nos hubiera gustado.


Éste es uno de los yacimientos más importantes de África, tanto por el tamaño como por la conservación. Se extiende por 25 Ha. de terreno y llegó a ser una ciudad muy próspera.


Cuando fue abandonada, los descendientes de los antiguos habitantes continuaron viviendo entre la ruinas hasta que los arqueólogos los desalojaron.


Se trasladaron a Nueva Dougga, a 3 kms de distancia. Mucho cuidado al pedir que os lleven a Dougga, porque si no lo especificáis puede que os lleven al nuevo, que no tiene ninguna gracia.

La magnitud y la conservación de las calzadas es alucinante. ¡Y el tamaño de las piedras! Tienen hasta alcantarillas.

Podría poneros muchas más fotos, pero prefiero animaros a que lo visitéis vosotros y que os impresione tanto como nos ocurrió a nosotros.

Media hora antes del fin de la visita, notamos que uno de los guardas nos sigue a todas partes, lo que resulta bastante incómodo, la verdad. No querrá que nos perdamos por allí.

Bajamos a una de las casas que está en restauración, magnífica, y más adelante nos quedamos locos con los baños donde comprobamos que todos hacían sus necesidades en el mismo círculo mientras ponían en común a saber qué cosas.

Un francés se nos pone enfrente y empieza a gritarnos algo así como“¡mendigooooo! ¡mendigooooo!”. No sabemos ni qué decir y seguimos andando mientras que el hombre sigue dando gritos. Al rato le vimos con otras personas, que debían de ser los mendigos a los que llamaba.


Lo cierto es que, con el guarda siguiéndonos los talones, damos por terminada nuestra visita y subimos hasta la entrada donde, teóricamente, nos esperaba el taxi. Solo que allí no hay ningún taxi.


Lo primero que pensamos es que ya nos la han colado. Nos quedamos allí pensando si suplicar al autobús que está recogiendo excursionistas si nos haría un hueco, cuando aparece todo contento el taxista.


De camino pregunta si nos ha gustado y al llegar a Teboursoukse apea y empieza a preguntar a otros taxis lo que nos cobran por llegar a El Kef, que es nuestra siguiente parada.

Finalmente, nos convence más ir en autobús, que pasa media hora después, pero es más barato. Nos separan 66 kms pero que suponen más de 1 hora en taxi e imaginamos que en bus sea el doble.


Nos hacemos con los dos billetes por 8,50 dinares (menos de 3 €) y cruzamos la calle para comprar algo de comer en el único sitio que parece que proporciona algo más que te y café.

Pedimos lo que ha sido la “comida estrella” de estas vacaciones: tortitas rellenas enrolladas y tostadas al horno. Baratas y riquísimas.


3,60 dinares los bocatas y 3,70 un paquete de galletas y dos refrescos en el supermercado de al lado. Cena por un par de euros cada uno.

Nos sobra algo de tiempo, así que nos vamos a la sala de espera de los autobuses. También muy lujosa.

El autocar es grande, pero hace mucho calor dentro y algunos asientos tienen vida propia. Por suerte, no va lleno.


Nos ponemos al final y así podemos extender el mapa y buscar algún hotel para cuando lleguemos.

Jose localiza uno en internet quetambién sale en la guía y supera todas nuestras expectativas. Barato, limpio y tal y tal. Menos de 10 €.


Llegados a El Kef, intentamos averiguar los horarios del transporte para el día siguiente antes de salir de la estación, pero allí solo queda un gato para hacer la “ronda”.

Damos un par de vueltas hasta que vemos a un hombre entrar en una taquilla y le preguntamos los horarios para ir a Sbeitla.


El primer autobús sale a las 4 h. de la mañana, lo que nos parece un poco exagerado. El siguiente a la 5,30 h., que tampoco nos convence. Lo malo es que ya no salen más hasta las 10,30 h.


Le tiendo mi libreta al buen hombre y me anota los horarios.

Bueno, algo tenemos.


Salimos a la puerta de la estación y nos ponemos a buscar en Google Maps si estamos cerca o lejos del hotel, porque por allí no queda un alma, y mucho menos un taxi.


Según nos dice, estamos a kilómetro y medio. Desde ya os digo que no le creáis. Maps estará fenomenal en los países europeos, pero en África falla mucho.


Para nosotros, 1,5 kms no es nada, así que empezamos a subir una cuesta eterna, según sus indicaciones, y comprobamos que, desde luego, esa distancia ya la hemos superado con creces.


Por fin, nos dice que giremos en la primera calle.


Ciertamente, describiros la siguiente epopeya, me resulta difícil.


Empezamos a internarnos por unas calles a medio hacer, entre descampados, con un aspecto bastante distinto a una medina de las que nosotros conocemos. El tema empeora cuando deja de haber luz (¿cómo va a haberla, si no hay ni farolas?). Pero nosotros, fieles a Google, continuamos obedeciendo a lo que nos dice.


Aquello ya pasa del optimismo. Estamos en un medio de un campo-vertedero rodeado de algunas casas ruinosas y otras que parecen habitadas. No sabemos hacia dónde dirigirnos, cuando vemos a unas niñas que entran en una casa.


Jose, haciendo exhibición de sus conocimientos de idiomas, les pregunta por el Hotel Medina. Las niñas se parten de risa y suben a toda carrera las escaleras.


Cuando estamos a punto de dar media vuelta, asoma una jovencita en bata que parece que entiende algo de francés (de nuestro francés) y se acerca para intentar ayudarnos.


Las indicaciones que hemos seguido no sirven para nada y la chica, acompañada de un hombre que pasa por allí, nos acompañan a retroceder todo el camino que hemos andado desde la calle principal y llaman un taxi, indicándonos que estamos a tomar viento y que si el conductor nos pide más de 2 dinares, llamemos a la policía.


En efecto, el taxi nos cobra 2 dinares (sin necesidad de llamar a la policía) y nos despide en la puerta del Hotel Medina, que tiene una pinta estupenda dentro, evidentemente, de la gama de hoteles para mochileros.


Entramos en la recepción y uno de los hombres que estaba afuera tomando café, entra para comunicarnos que está lleno.


Guía en mano, pedimos indicaciones para las otras opciones que hemos considerado y, sin dudarlo, dicen que cojamos otro taxi. De hecho, él mismo nos para a uno que pasa. Abrimos la puerta y nos encontramos con el mismo hombre que nos ha traído hasta aquí.


Nos lleva al Hotel Venus, que está mucho más cerca de la distancia que anteriormente recorrimos con él, pero igualmente nos vuelve a cobrar 2 dinares. Debe de ser precio estándar.


Un poco estafados si que nos sentimos pero, pensándolo bien, son apenas unos céntimos. Hay que reconocer que cuando venimos a estos países nos volvemos bastante rácanos.


Llegamos a la “Residencia Venus”. La entrada es bastante bonita, aunque los 60 dinares que nos pide nos parece un robo, pero no tenemos ganas de dar más vueltas y allí que nos quedamos.

Hombre, por 20 €, y dado el nivel de vida que hay allí, yo creo que se pasan un poco. En fin, no vamos a seguir buscando y nos acomodamos en la habitación.

Aunque es de noche, es pronto para retirarnos, así que cogemos lo imprescindible y salimos a dar un paseo.


Debemos de estar torpes, porque intentamos callejear y solamente damos vueltas a la manzana, como dos tontos.


Una chavalina se nos acerca para preguntar si necesitamos ayuda y aprovechamos la ocasión. Va con su madre y su hermano, y la madre nos cuenta que vive en París pero que está allí de vacaciones.


Le preguntamos por la medina y la Kasba, pero nos dice que no es aconsejable pasear por allí de noche. Yo creo que es lo de siempre, pero Jose dice que también ha leído en internet que en esta ciudad hay más delincuencia. Sigo pensando que nosotros, desde luego, no somos factor de riesgo, con nuestras mochilitas y vestidos de lo más normal. Secuestrarnos queda descartado (nadie iba a pagar el rescate), para violarnos ya no estamos y de robar, se iban a llevar poco.


Pero también es verdad que subir hasta la kasba de noche nos da pereza. No vamos a poder ver mucho y está en todo lo alto de la ciudad, así que nos conformamos con dar una vuelta por allí.

A la tercera vuelta, el olfato me dirige hacia un edificio con un cartel de Heineken en la puerta. ¡¡Al fin una cervecita!!

Está ubicado en los bajos de un hotel. Con sus cristales adecuadamente cubiertos de algo similar a un espejo, para ocultar el interior. Se trata del hotel Sicca Veneria, o Venepia (confío en que sea este último, estaría más tranquila, jeje).

Pues allá que vamos, sin dudarlo.



El bar está animadísimo, lleno de gente (hombres todos) que hacen el silencio al vernos entrar. Sin inmutarnos, llegamos a la barra y pedimos dos cervezas, a 2,25 dinares cada una ¡Baratísimo!


En las mesas los botellines se acumulan salvajemente. Cada tertuliano debe de llevar del orden de 10 cervezas en el cuerpo. La verdad es que no se les ve borrachos en general. Algún que otro “Asturias patria querida” versión tunecina, pero ningún escándalo.

Las mesas tienen manteles, pero están bastante cochinos. Tienen migas, lo que nos hace pensar que en otro horario ponen algo de comer.


Los paisanos están fumando y una vez nos ven sentados haciendo lo mismo que ellos, se quedan tranquilos y el ambiente vuelve al bar.

Me doy cuenta de que hemos olvidado en el hotel la cámara de video para inmortalizar este momento, pero aún me queda la de “emergencia”, el reloj-espía que siempre llevo puesto. Graba mucho peor, pero más de una vez nos ha servido para grabar momentos inolvidables. Os dejo el enlace por si sentís curiosidad.

Nos bebemos un par de Celtia cada uno y tiramos hacia el hotel, que ya va siendo hora.


Nos damos cuenta de que nos hemos despistado cuando nos encontramos cara a cara con una gran mezquita.

No tardamos en “encontrarnos” de nuevo y continuar hasta nuestro hotel Venus que, a mi gusto, tiene nombre de puticlub. Por el camino compramos agua, batido y zumo por 3 dinares. Así da gusto.

Solo nos queda darnos una ducha y plantearnos si el bus de las 5,30 h. es una opción.


Bueno, mañana lo decidiremos…


2 comments

  1. Interesante vuestra detallada descripción y ayuda, ya que el 19 diciembre salgo paraTunez y como vosotros llegare de madrugada. Estoy intentando reservar con el HOTEL AYACHI. ¿Teneis el correo de dicho hotel? Gracias

    1. Hola Ramon !
      Desde aqui lo puedes contratar:

      https://www.booking.com/hotel/tn/ayachi.en.html?aid=1676698&checkin_monthday=19&checkin_month=12&checkin_year=2019&no_rooms=1&group_adults=1

      en observaciones pones que llegaras tarde la hora maxima que te deje. Una vez hecha la reserva llevatela impresa porque por lo menos a nosotros como habras leido en el blog el taxista nos decia que ya no existia que nos llevaba a otro, hasta que le sacamos el papelito. Si tienes alguna duda pregunta y te ayudamos. Estamos subiendo mas dias del viaje por si te interesa seguir leyendolo. Un saludo !

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