Las Mochilas Locas

Matmata – Toujane – Ksar Hallouf – ksar Hadada – Medenine – Gabes – Kairouan

6 de noviembre – Matmata – Toujane – Ksar Hallouf – ksar Hadada – Medenine – Gabes – Kairouan


Antes de partir con la excursión, nos acercamos al banco a cambiar dinero. Para no variar, el banco está cerrado, pero nos mandan a la oficina de correos. No queremos cambiar de más, porque luego, si nos sobra, hay que devolverlo y perder dinero, por eso vamos cambiando pocas cantidades. Tras un rato de pensárnoslo, nos decidimos por canjear 40 €.

Nos entregan algunos billetes más antiguos que nos gustan mucho.


Hemos tardado bastante, así que, de nuevo nos toca trotar al hotel, no sea que se nos escape el conductor del taxi.


Con el paseo mañanero me va entrando hambre, y se me van los ojos a los bares, pero se ve que aquí madrugan lo justo. No hay rastro de comida, pero el cartel de uno de los “restaurantes” nos encanta.

Suponemos que el rotulista carecía de la “w” entre el repertorio. Lo peor es que tampoco tenia nada que comer. Cuando llegamos nos espera el taxi y salimos enseguida.


Nuestra primera parada es en Toujane. Un pueblo bereber dominado por las ruinas de un ksar. La guía nos indica que visitemos el molino de aceite tirado por un mulo (a mi lo de los animales ya sabéis que no me entusiasma) y a las mujeres que tejen kilims.


Es igual, aunque nos hubiera apetecido ver al animalillo dando vueltas, el taxista no nos da opción. Aparca el coche al lado de la carretera, nos guía por una senda estrecha cuesta arriba y nos instala en un bar, desde el que hay una vista del pueblo y se encuentra al lado de las ruinas del Ksar. Y de paso, intenta que compremos alguna alfombra al hostelero que, desayunos no tiene, pero alfombras, muchas.

Éste es el resto del antiguo ksar. El pueblo es bonito, típico bereber, solo que nos hubiera gustado pasear por sus calles.

Las alfombras son muy bonitas, pero nuestras mochilas no nos permiten esa carga y nos despedimos del camarero-alfombrista para descender entre los pedruscos al coche.


Nuestra siguiente visita es Ksar Hallouf. De este pueblo no sabemos nada, porque no viene ni en las guías, así que nos esperamos la sorpresa.


Y en realidad, la sorpresa llega de inmediato, cuando nos encontramos con una enorme pala de obras públicas cortando el camino.

El conductor aparca y le dice algo al operario, que para de moverla durante unos momentos para dejarnos pasar. Andando, claro y con el polvo por los tobillos.


Pasito a pasito alcanzamos la cima y esta vez la sorpresa es mucho mejor. Se trata de un magnífico ksar del siglo XIII (como ya os hemos comentado, estas construcciones son graneros fortificados donde se protegía la cosecha de los saqueadores), que se encuentra muy bien conservado y tiene magníficas vistas. Con el aliciente añadido de ser los únicos visitantes.

Las hileras de ghorfas rodean una plaza, como suele ser habitual, donde se realizaba el comercio, además de ser un lugar de reunión para los habitantes.

Hay un letrero de restaurante que nos anima un poco, por si podemos almorzar algo, pero se encuentra cerrado. No sabemos si será por la época del año o si es definitivo, porque lo que es nuestro taxista no nos cuenta nada de nada.


En algunas de las ghorfas encontramos grabados, e incluso un antiguo molino de aceite.

El lugar es precioso y merece la pena realmente. No entendemos el hecho de que no haya ninguna mención a él en las guías. Sin embargo, y como a nosotros nos gustan más las visitas en solitario, agradecemos que sea un lugar desconocido. Nos permite trasladarnos a otra época sin interrupciones ni interferencias.


Nos cuesta un poco arrancar de allí. Remoloneamos por todos los escondrijos hasta que, al fin, aceptamos que hay que marcharse.

Esta vez nos guía por otra senda que baja directamente por la montaña sin tener que pasar la zona de obras.


De nuevo en el coche, nos encaminamos a Ksar Hadada. En el camino nos hace una seña hacia arriba, donde vemos la figura de un dinosaurio que corona la montaña. Suponemos que se han descubierto huellas o restos de dinosaurios por aquí. El pobre se ve ahí un poco desangelado, y tampoco vemos información al respecto, así que continuamos ruta.

Llegados a Ksar Hadada, nos detenemos a la puerta de un hotel. Eso nos da mala espina. ¿Un hotel?


Cobran un par de dinares por cabeza, con derecho a una consumición en el bar cercano.


Un gran letrero recuerda que también allí se rodaron escenas de La Guerra de las Galaxias. Pues nada, pagamos los 4 dinares y cruzamos la puerta de entrada.

Debo reconocer que, tras el desconcierto inicial de que fuese un hotel, nos llevamos una gran impresión al verlo.

Se trata de un lugar enorme y maravilloso. En su momento sirvió de hotel, pero en este momento lo están restaurando para volverlo a abrir.


Las zonas dedicadas a hotel, conservan alguna puerta de decorado, tan infantiles como las de Matmata:

Esa parte tiene las ghofras cubiertas de arcilla (suponemos que está restaurada), mientras que la otra conserva al aire la piedra subyacente. Ambos estilos resultan de extraordinaria belleza.

Terminada la visita, que os recomendamos sin duda, nos fuimos a tomar el refresco al bar.

Por suerte, se puso a llover, así que dejamos a medias la cocacola y volvemos al taxi para que nos lleve a Medenine, que es el final de la ruta.

Nos pregunta si queremos ir directamente a la estación de autobuses, pero preferimos que nos deje en la zona antigua para visitar también allí las ghorfas, ya que estamos.

Después de ver lo que hemos visto, ésto nos resulta bastante triste.

Se ve que lo han descuidado mucho. Algunos puestos con las prendas descoloridas siguen con sus puertas abiertas y nos invitan a acercarnos.

Hubiésemos querido comprar algo, por aquello de ayudarles un poco, pero realmente no encontramos nada que merezca la pena.


El paso siguiente, el de buscar un banco, resultó más complicado. Por fin encontramos uno y, dando palmas, nos vamos a comer algo, que ya iba siendo hora.

Elegimos, como no, nuestro menú habitual. Tortita rellena por 3,5 dinares. La comemos de pie dentro del bar y subimos a la carretera para coger un taxi a la estación.


Tardamos un buen rato en encontrar uno vacío (1,90 dinares), y cuando llegamos comienza la letanía de encontrar alguno que vaya a Kairouan. Nos aclaran que primero hay que ir a Gabes y desde allí coger otro que nos lleve al destino.

Mientras esperamos que se llene, Jose (como no) decide visitar el aseo y vuelve con la cara desencajada. El panorama es desolador.

Cuando montamos, tardamos poco en recordar todas las oraciones que tenemos aprendidas.


El hombre se ve que tiene prisa. Se está poniendo el cielo muy gris y parece que no quiere que le pille la lluvia, así que se pone a adelantar como si no hubiera un mañana. Adelanta vengan coches o no, le da lo mismo. Aquello es una carrera de Fórmula 1.

Milagrosamente, llegamos enteros a Gabès. El movimiento en esta estación es impresionante. Hay muchos taxis hacia todas partes, aunque el de Kairouan tarda bastante en llenarse. Suficiente para que se pusiera a llover rabiosamente.

La limpieza en esta estación, ni os la describo. Vale más una imagen que mil palabras:

La segunda parte del trayecto no fue mejor. Ni mucho menos.


Ahora ya llovía realmente, y el taxista no tenía muy estudiado el tema de desempañar el parabrisas. Os aseguro que fueron unas horas terroríficas. Llovía a mares, el hombre llevaba abierta la ventanilla, con lo que los de detrás íbamos congelados y para rematar, con el tráfico que había, mientras conducía con una mano, pasaba el trapo por el cristal con la otra.


Intentamos sugerirle que pusiera el aire caliente orientado hacia el cristal (era un taxi moderno y tenía la opción de dirigir el aire solo al parabrisas) pero según le dijo a Jose “eso era peor”.

En cuanto llegamos a España hice la prueba para comprobar que no eran delirios nuestros. Ya te digo que funciona. En pocos minutos el coche está limpio de vaho.


De nuevo, el Ángel de la Guarda estuvo a nuestro lado y llegamos sanos y salvos a la ciudad santa de Kairouan.

Con la noche que hace, no tenemos ganas de andar buscando mucho un hotel, así que vamos a tiro hecho a uno que Jose ha visto en internet.


Enchufamos el google maps que, como siempre, nos da una vuelta enorme por la ciudad en lugar de llevarnos atravesando por calles más pequeñas.


Tengo que hacer una mención especial a las aceras de Túnez, o el homenaje a lo inútil. Aunque llevamos viéndolo todo el viaje, solamente he hecho fotos aquí, y ya os digo que no eran las peores.


Desde coches aparcados hasta árboles que invaden toda la acera, pasando por auténticos chiringuitos que las tapan enteras. Un desastre.

Tras un buen rato de paseo y calados hasta los huesos, llegamos al Hotel Sabra. No os fiéis de las guías. Lo único bueno que tiene este hotel es la ubicación. No teníamos ánimo para ponernos a buscar otro siendo la última noche y llevando horas de viaje con el corazón en un puño, y nos quedamos, pero vamos, que no vale ni la cuarta parte de los 50 dinares que nos cobraron.


Para no perder la costumbre, nos mandan al tercer piso.


Tiramos de mochila escaleras arriba y enfilamos el pasillo porque, por supuesto, nos toca la que está más al fondo. Abrimos la puerta y encontramos este panorama:

Bueeeno, que sea triple no es tan malo, nos decimos, pero siendo sinceros, la habitación es una castaña. Hemos pagado menos en hoteles mucho mejores, pero no tenemos ganas de movernos más.


Las toallas están rotas, los baños (comunes) están inundados y no tienen papel ni papelera, y mucho menos escobilla.

De pronto, recordamos que no hemos pedido la clave del WIFI. Hay un repetidor en el pasillo, por lo que, al menos, podremos dejar subiendo las fotos a la nube por la noche. Jose se baja los tres pisos y le pide al antipático recepcionista los datos.


No sabemos si por despiste o por otra cosa, pero la clave que nos da no funciona. Pues nada, vamos a cargar los aparatos y nos vamos a cenar.


1 enchufe.


Sólo hay un enchufe y en lo alto del lavabo. No se de qué manera los tres supuestos inquilinos de la habitación van a cargar aunque sean únicamente los móviles con un solo enchufe.


Sacamos el súper cargador múltiple de Jose y hacemos equilibrios para colocar las baterías de las cámaras, móviles, baterías externas y demás aparejos.


Nos volvemos a bajar los tres pisos y salimos a cenar. O esa era la idea, porque esta ciudad es tan santa que a las 8 de la tarde, toda la población está recogida.


Vuelta que va, vuelta que viene, encontramos por fin un sitio abierto.

El dueño es muy simpático, hasta nos pone música en español. Le pedimos unas pizzas espectaculares que nos cuestan 8 dinares y están para chuparse los dedos.


Cuando volvemos al hotel y volvemos a trepar los tres pisos, empezamos a sospechar que este local ejerza de casa de citas.


En una de las salas hay siempre una mujer, así como demasiado moderna para esta ciudad, que no suelta el móvil y se ríe a carcajadas. Y cuando nos metemos en la cama, el jolgorio aumenta. Se escuchan mujeres que van y vienen, dan voces y se mueven por los pasillos. Una epopeya. Pero estamos tan cansados que pronto dejamos de oír la fiesta y pasamos a los brazos de Morfeo.


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