Las Mochilas Locas

Tunez, Kairouan, Tunez y Madrid

7 de noviembre – Kairouan – Túnez - España


Hoy amanecemos algo desanimados porque el viaje llega a su fin.


Echamos un vistazo por la ventana para comprobar que, cómo no, tenemos unas hermosas vistas a un ruinoso patio.

Tenemos desayuno incluido, que nos sirven donde la madame de ayer hablaba sin parar por teléfono.


El desayuno en cuestión dista bastante de ser esplendoroso. Unos trozos de pan, membrillo para untar, yogur natural y un café.


Lo que si resulta bastante llamativo es el enorme televisor de pantalla plana, pero de los antiguos, con un enorme culo detrás.

Lo siguiente es recoger el equipaje y enfrentarnos al simpático recepcionista, para pedirle que nos guarde las mochilas mientras visitamos la ciudad.


Igual de amablemente que siempre, abre una pequeña puerta de un cuartucho de trastos y nos invita a tirarlas ahí. Seguro que nos llevamos de recuerdo alguna cucaracha.


Lo primero, buscar un banco.


Hemos leído en la guía, y nos confirman los habitantes, que hay que sacar un ticket, que sirve para todo el día, e incluye varios monumentos. Consejo: NO COMPRÉIS el que sirve para todos. Hay uno únicamente para la Gran Mezquita y otro que incluye 6 visitas.


De las 6 visitas, 4 son gratuitas. Un timo.


Para empezar, de la manera más incongruente posible, la venta de las entradas está a tomar viento, en el Estanque de los Aglabíes. No os molestéis en ir a la Gran Mezquita, allí no las venden.


Pues nada, la única gracia del hotel, que era estar frente a la zona amurallada, la ha perdido porque no nos sirve de nada.


Hala, pues a buscar un banco que esté de camino.


No os podéis imaginar las vueltas que dimos. Muy amablemente, cada persona que preguntamos nos indicaba uno, pero lo cierto es que ninguno existía.


Una hora después, conseguimos cambiar en la oficina de correos y seguimos de camino al Centro de Iniciativas para conseguir el famoso ticket.


Esta ciudad está abarrotada de mezquitas (dicen que hay trescientas) pero, vaya por Dios, los monumentos más populares se encuentran muy desperdigados.


Llegamos a la par que una excursión de chinos que, cámara en mano, obstruían todo el paso.


La recepcionista hablaba español, menos mal. Nos informa del timo con mucho interés y nos entrega un folleto-mapa con las entradas.

A excepción de un par de monumentos, los demás tienen abierto hasta las 17 h, así que tenemos tiempo de sobra para visitarlos.

Como podéis ver, sólo el Mausoleo del Barbero y la Gran Mezquita están picados, a pesar de que los visitamos todos. Gratis los demás.


El Estanque de los Aglabíes se encuentra en ese mismo recinto.


  • Estanques Aglabíes: Una birria. Se accede desde el mismo recibidor donde está la taquilla, por una escalera que lleva a una terraza donde se pueden observar. Se crearon como depósitos de agua para abastecer de agua a la ciudad, en un recinto de 128 metros de diámetro, en el centro del cual el gran visir se preparó un pabellón para echar la siesta tranquilito.

De allí nos dirigimos de nuevo a la parte amurallada. Vamos a ver en primer lugar la Gran Mezquita y después iremos visitando los otros menos importantes, por si no nos da tiempo a ver todo.



De nuevo “disfrutamos” del diseño de las aceras arboladas con tanto tino:

Kairouan es la capital espiritual de Túnez y la primera ciudad santa del Magreb, de ahí que tenga unas 300 mezquitas, ni más ni menos, para una ciudad con poco más de 100.000 habitantes. A trescientas personas por mezquita tocan, que si quitas los niños, se quedan en nada.


Ciudad de peregrinación, recibe anualmente millones de visitantes. Se trata de la cuarta ciudad santa del Islam y la tradición cuenta que con siete viajes a esta ciudad, se convalida uno a La Meca. Fue fundada en el año 671 por el caballero árabe Okba Ibn Nafi. A mi ese señor no me suena de nada, pero la ciudad sirvió de base para la conquista de la Ifriqiya bizantina. Los aglabíes la hicieron una floreciente capital de su reino, pasando posteriormente a manos de los fatimíes.


Llegados a una de las entradas a la medina, esta vez por un camino más corto, nos encontramos con una preciosidad de cementerio musulmánpegado a la muralla, con sus lápidas blancas como la nieve y sin ninguna inscripción. Digo yo que cómo localizará cada cual a su difunto.

La medina es un gran laberinto de callejuelas por lo que, aunque parezca increíble, nos costó un rato encontrar la Gran Mezquita. Y eso que se ve por encima de todas las viviendas.


  • Gran Mezquita o Jamá Sidi Oqba (la mezquita del santo Okba):


Construida en 671, al mismo tiempo que se fundó la ciudad, lleva bastantes reconstrucciones a sus espaldas. Se trata del edificio religioso más antiguo de todo el mundo musulmán occidental.


Con altas paredes llenas de contrafuertes, se situaba lo suficientemente lejos de los bereberes del sur y los bizantinos del norte, lo que no le libró de ser destruida posteriormente. Servía como lugar de culto y de fortaleza militar al mismo tiempo.


Tiene un minarete cuadrado de 35 metros de altura y un gran patio interior.

No está permitido entrar en la sala de oración, sin embargo permiten verlo desde fuera, y también hacer fotos, además de informarte de los distintos tipos de mármoles de las columnas y los capiteles traídos de antiguas ciudades del país (así de esquilmada está Sbeitla, que no han dejado ni una columna suelta).

A nosotros no nos dijeron nada de subir a las torres, sin embargo, una vez afuera, subimos a la azotea de una tienda y pudimos ver a algunas personas paseando por allí. Lo que no sabemos es si eran empleados o visitantes.

A partir de aquí, comenzamos a perdernos una y otra vez mientras buscábamos cada uno de los lugares a visitar.


Os informo que en las esquinas de las calles se indican las rutas y flechas de la dirección a tomar para ir a cada uno de ellos. Lo malo es que la mayor parte tiene borrada la flecha o en nombre. A la hora de pintar la fachada han tenido poco cuidado de dejarnos a los visitantes una ayudita.

Lo difícil allí era esquivar a las decenas de tunecinos que nos ofrecían sus servicios como guía. No me extraña, se debían de estar descojonando de nosotros, porque por algunas de las calles pasamos mil veces y ellos, que parece que tenían poco que hacer, aparecían por todas las esquinas. El récord se lo llevó uno que nos encontramos unas ocho veces por las distintas plazas.


Creo que, por pena, nos indicó donde estaba la Mezquita de las Tres Puertas.


  • Mezquita de las Tres Puertas: Cerrada.


Quiero decir que ni siquiera pudimos atisbar su interior. Las tres puertas sirven para que entren las mujeres por una, los hombres por otra y por la tercera, los niños.

La fachada es la original, del año 886 y luce una preciosa inscripción dedicada a Mahoma.

El mercado, que es muy bonito (aunque bastante soso en cuanto a productos, cacharros y poco más), también nos le recorrimos unas cuantas veces.

Siguiendo el plano llegamos a Bir Barouta. O eso creíamos, porque después de recorrer el edificio (demasiado solitario para ser un lugar turístico), encontramos en una habitación a unas mujeres cosiendo que nos miraron como si vieran marcianos.


Nos dicen que estamos en el lugar equivocado, obviamente.



  • Centro de Tradiciones y Oficios Artísticos Barouta

De nuevo en la calle, miramos la fachada. Ciertamente, leer ayuda mucho.

Nos hemos metido en una escuela de oficios. Poco concurrida, por cierto. Tres estudiantes, exactamente.


Según la guía agrupa 16 talleres. O es otra escuela o ha perdido el interés.


Lo cierto es que es un bonito patio cuadrado rodeado por dos plantas con techos de madera y ha merecido la pena equivocarse.

 En el siguiente error casi nos metemos en una mezquita:



  • Mezquita El-Lawlib


De ella no puedo contaros nada, porque no he encontrado información. Normal, no van a hablar de las trescientas, pero si que puedo mostraros unas fotos.

En cambio no voy a hacerlo del conocido Bir Barouta.


  • Bir Barouta:


En mi opinión, una auténtica vergüenza.


Una estrecha escalera da lugar a unas tiendas y un antiguo molino en el primer piso.

Construido en el año 796 y restaurado en 1690, todavía funciona.


Ni dejan hacer fotos sin pagar ni tuve ningún interés en hacerlo.


Un pobre camello pasa allí quieto horas y horas disfrazado y atado. Con un bozal no puede beber ni comer, las dos patas atadas soportando turistas que se fotografíen a su lado.


Mientras echaba la bronca al hombre que estaba allí tan orgulloso, me acerqué a acariciarle. El pobre animal se orinó ahí mismo, no se si de miedo, de angustia o de gusto. Me faltó ponerme a llorar.


Si sentís cierta sensibilidad por los animales, no os recomiendo visitarlo. Para remate, según la guía, los domingos se llena de niños. Ese pobre dromedario debería estar con los demás, corriendo libre por el campo y no encerrado en un cuartucho más pequeño que mi salón.


Más que fotografiarle hubiera querido denunciarles.



  • Escuela coránca de Sidi Abid el-Ghariani


Lo siguiente en localizar (unas cuantas vueltas después) es esta escuela coránica. Por algún motivo, todo el mundo quería que visitáramos la Casa del Gobernador (imaginamos que porque era de pago), pero tampoco nos sobraba el tiempo y no entramos.


Una vez llegados a la escuela, nos sorprende en primer lugar el recibidor, con una azulejería preciosa.

En su interior se encuentra, en una de las salas, el sepulcro de este santo. También es muy bonita, con estucos y azulejos muy bellos y un techo de marquetería que, más que madera, parece cuero.

​​​​​​​​​​​​​​​​​​​La tumba en si misma, no revierte mayor interés para los que no profesamos la religión musulmana, al menos para mi.

El patio es precioso. Yo no se si es fiesta o es que tienen poco flujo de estudiantes, porque aquí solo hay un hombre sentado con cara de aburrimiento total.


Encantados, sacamos nuestras entradas. Éste es uno de los monumentos incluidos en el pack, a lo que el señor, desde lejos, nos responde sacudiendo la mano indicándonos que no es necesaria. Qué frustración. Cada vez nos sentimos más pringados.

Alrededor del patio hay dos alturas de galerías, entre las que, por lo visto, se encuentra una sala de abluciones, así como habitaciones para estudiantes (ya te digo que deben de estar todos recogidos, porque no se ve un alma).


De vuelta al recibidor, nos ponemos a la faena de hacernos una foto juntos. Misión imposible. El móvil se vuelca, el ángulo de la cámara nos hace parecer elefantes, la otra no se sujeta… media hora haciendo ahí el tonto. Al final, por separado.

Harta ya de tanto intento, agarro la botella de cocacola de la mochila, abro el tapón y me salta un chorretón que pone perdido el suelo y mis pantalones. Mientras me afano rebuscando el paquete de pañuelos por el revoltijo de la mochila para limpiarlo, aparece (vaya por dios) el único visitante de la mañana.


Yo no se lo que pensaría el hombre cuando nos vio partiéndonos de risa y yo por los suelos frotando el piso. Disimuló bastante bien la sorpresa. Nos miró, pero no hizo ningún gesto. Otros tarados,diría.


Nos quedan por ver el Mausoleo del Barbero, que, aparte de la Gran Mezquita, es lo más importante de Kairouan y la Escuela coránica de Sidi Amor Abbada.


Como se encuentran un poco distantes del centro, y de camino a la estación de taxis, vamos a recoger primero las mochilas y así no tenemos que volver.

​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​Antes de salir de la medina, aprovechamos para hacer algunas compras y comer algo.


Por ser la última comida en éste país, hemos elegido…

¡Lo mismo, en efecto!


Con nuestro manjar en mano, nos vamos a un parque al lado del hotel y nos damos unos cuantos cabezazos contra las palmeras.


Ahí, justo ahí, en la esquina del hotel, había un banco. ¡¡Con las vueltas que dimos por la mañana!!

Pues nada, nos sentamos un rato a ver el panorama mientras comemos. Nos da pena marcharnos. Han sido unos días muy agradables y no vemos el momento de arrancar.


Por fin, nos acercamos a por las mochilas y echamos a andar.


  • Escuela coránica de Sidi Amor Abbada (Mezquita de los Sables)


Qué deciros…


Tras otro rato callejeando entre enormes charcos, encontramos el acceso a esta, supuestamente, escuela coránica.


En realidad de trata de un extraño museo. La mezquita fue construida por un morabito, herrero de oficio, que cogió la manía de fabricar armas y otros objetos, pero todo muy grande.

El guarda tampoco tiene ningún interés en mirar el ticket. Otro patinazo.


Hemos leído que tiene 7 cúpulas, pero en esa sala solo vemos dos. Nos acercamos a una puerta, pero el hombre nos detiene. Le preguntamos si no se puede visitar el resto y entonces nos abre la puerta para que pasemos.


Pasar, pasamos, pero ver, lo que se dice ver, no vimos más que su ropa, paredes vacías y, eso si, el resto de las cúpulas.

Perdemos apenas unos minutos en verla y llegamos a la maraña de coches de la ciudad nueva.


Aquello es un follón que me río yo de los atascos de la M-30. Autobuses paralizando el tráfico, motos suicidas haciendo equilibrios entre los coches que animan el cotarro a bocinazo limpio, taxis que se detienen donde les parece y los peatones que cruzan a lo loco entre las furgonetas que vacían genero subidas en las aceras.

Más allá de ésta figurita, vuelve a reinar la paz. Al fondo vemos el tan esperado:



  • Mausoleo del Barbero (Zauía de Sidi Sahab)


Aquí se encuentra enterrado uno de los compañeros de Mahoma, Abou Zamaa el-Balaoui, que llevaba siempre encima tres pelos de la barba del profeta y por eso se quedó con el apodo de “el barbero”.

En este lugar tienen la espantosa costumbre de circuncidar en vivo a las criaturas (encima durante las vacaciones escolares) y para más guasa, reúnen a un montón de niños a los que les dan caramelos mientras que a la víctima le da el tajo el barbero. Menudo fiestón debe de ser para él, toda una alegría.

Como siempre, en la sala del difunto no se puede entrar, “solo mirar”, muy típico. También nos permiten hacer fotos desde fuera pero ojo, no se os ocurra poner la punta del pie en la alfombra, que os cae una bronca de órdago (como me pasó a mi). No era mi intención, la verdad, pero intentando capturar la tumba entre las señoras y los niños, perdí un poco el equilibrio y se pusieron como fieras.

Uno de los guardianes de la entrada va untando de algo a todas las señoras que van saliendo de la sala.


Cotillas como somos, nos acercamos a preguntar de qué se trata.


Es aceite de naranja para tener buena fortuna o algo así. Que si queremos, nos pregunta. ¡Pues claro que queremos!


Con las manos aceitosas y a punto de irnos, descubrimos una escalera que baja a otro gran vestíbulo.

Parece que aquí están de obras o de limpieza. Un par de hombres andan por allí moviendo objetos y nadie más, así que nos relajamos, cojo ángulo para la foto y… empiezo a oír voces a mi espalda. Me vuelvo y veo a un hombre que viene derechito hacia mi haciendo aspavientos con los brazos. ¿Qué hago? Pues bajo la cámara. Lógico, ¿verdad? No se podrá hacer fotos en esta zona.


No, el señor continúa voceando. Pues chico, yo ya no se que le pasa.


Cuando llega a mi altura es cuando me doy cuenta de que esta vez no ha sido la punta, sino el talón el que ha rozado su maravillosa alfombra a medio limpiar.


Al final nos echan, pensamos. Para uno que si piden la entrada, nos van a poner de patitas en la calle a poco que nos descuidemos.

Al fondo del patio vemos una preciosa puerta a la que el destino nos iba llevando, sin duda:

La de salida. Hasta Alá estaba harto de que le pisemos sus alfombras, qué barbaridad.


Pues oye, nos vamos, no sea que se ofusque y perdamos el avión.



Cabizbajos y meditabundos llegamos a la estación de louages para coger nuestro penúltimo taxi.

En el trayecto nos para la policía dos veces. Hay muchos controles. Empezamos a temer que la venganza de Alá nos esté alcanzando.


En uno de ellos nos piden los pasaportes, y tardan bastante en devolvérnoslos. Con el aburrimiento de la espera, veo unas aves posadas en una charca (lejos de los policías) y los enfoco con la cámara. Tercera bronca del día. No gano para disgustos. Y mira que le señalo las garzas que están a tomar viento y en dirección opuesta. Pues que no y que no.

En venganza, le retrato el cogote a él.


Por suerte, no tenemos prisa. El avión no despega hasta las 2 y media de la madrugada. Tenemos tiempo todavía de dar una vuelta por la capital y de aburrirnos un buen rato en el aeropuerto.



Una vez en Túnez, buscamos algo que ver y que no se encuentre al otro lado del planeta. La zona donde está la estación, ni es medina ni es ciudad nueva ni nada. Algo así como los arrabales de Túnez.


Vemos que, a un par de kilómetros hay una mezquita que podría merecer la pena, pero que nunca jamás encontramos.


Conseguimos ubicarnos en la calle pero allí no había ningún monumento. Retrocedimos. Hicimos caso a maps y nos llevó a un mercado que se encontraba cerrado (sospecho que la mezquita estaba adentro) Al rato, Google cambió de opinión y nos llevó en dirección opuesta, por unas calles con mercadillo (hombre, pues aquí nos podemos entretener, pensé yo, ilusa de mi).


Creo que el mercadillo solo era comparable con el que encontré una vez en la frontera de Marruecos con Melilla:

Creo que no es preciso explicarme más.


Calle arriba y calle abajo, aterrizamos en un Carrefour Express y me dije “ésta es la mía, aquí me pillo una cervecita y me la tomo tranquilamente en alguna esquina”.


Tampoco. Ni Carrefour ni na, allí no venden cervezas. Ni con ni sin.


Lo malo es que ya me picó el gusanillo y preguntamos por algún lugar para sentarnos, hacer tiempo y tomarnos un par de birras fresquitas.


Nos dirigen a los grandes hoteles.


Baja que baja, llegamos a la ciudad nueva. A la misma plaza donde los tranvías se quedaron atascados el primer día, cerca de la Puerta de Francia.

Una chica encantadora que nos vio tan despistados, se ofreció para ayudarnos.


Su idea nos gustó mucho más que la de esos hoteles carísimos (sobre todo porque llevábamos los dinares casi justos para el taxi y poco más). Nos indica que al lado de la estación de tranvía hay bares normales que venden cerveza.

¿Os imagináis un negocio con este nombre en España?


Por si queréis daros el gusto, se encuentra en la calle Finlandia, frente a la estación. Y al lado hay otro; lo triste es que lo descubrimos tarde.

El bar es una tasca de lo más cutre, llena de hombres fumando y bebiendo como posesos que hicieron el silencio absoluto cuando vieron que, detrás del turista, entraba una mujer.


Cual buena musulmana, camino detrás de él y le sigo hasta la barra. Jose pide dos cervezas y el payaso del camarero se niega a servírnoslas (por causa mía, suponemos).

Un buen samaritano se acerca a la barra a hablar con él que, de mala gana, nos las pone.


Nos camuflamos lo más discretos posible en una esquina y apoyamos las mochilas en un barril de cerveza, porque el suelo estaba lo más cochino imaginable.


La tranquilidad vuelve al local y, aunque nos siguen vigilando de reojo, el barullo se reanuda.

Sigue siendo prontísimo, pero a ver quien se atreve a tentar la suerte otra vez. En estas que pasa un camarero algo lolailo y nos pregunta si queremos dos más.


Encantados le decimos que si y nos las trae camufladas mientras calma una bronca en el salón de dentro.


Ya puestos en faena, le pedimos otro par de ellas para la espera en el aeropuerto. Le abonamos la consumición y le damos una propina, que bien se la ha ganado.


La cara de palurdos se nos quedó cuando, al salir, descubrimos el bar de al lado, mucho más decente y menos concurrido.


Si ya nos dijo la chica que había varios….


Por el momento, no nos entra más cerveza (ni siquiera a mi), así que cogemos carretera y manta hacia la estación, porque por allí no vemos taxis y sabemos que cortan temprano el servicio.


De nuevo en nuestro estado habitual (perdidos) y por unas calles oscuras y solitarias, abordo a un hombre para que nos indique.


El hombre no sabe como explicarse cuando, tipo “Vickie el Vikingo” se le ocurre una genial idea.


Nos indica que esperemos un momento y se mete en un bar donde, por cierto, también se vende cerveza (tanto buscar…) y sale con un hombre, algo piripi, que tiene el taxi aparcado en la puerta.


No le importa llevarnos (ni está de servicio ni nada que se le parezca) pero nos advierte que tendría que venir con él un amigo.


Nos cobra solo 15 dinares. Por nosotros, como si se trae a la familia completa.


La pareja va partiéndose de risa y conversando animadamente (los efluvios del alcohol) y en un instante estamos en el aeropuerto.


Para no variar, le echan el alto. Hoy tenemos el día tonto con las autoridades.


Afortunadamente, el conductor conoce a uno de ellos y le dejan pasar pero sin acercarse a la zona de carga y descarga de viajeros.


Nos importa poco. El tiempo nos sobra y la mochila pesa poco. Faltan horas para que parta el avión, y no queremos facturar tan pronto porque ya nos tocaría quedarnos encerrados en el aeropuerto.


Encontramos unos asientos frente a un crío tumbado en cuatro de ellos que no debe de tener donde dormir o bien sus padres son unos pasotas, porque en ningún momento se le acerca ningún adulto.


Nos aburrimos. Los asientos son incómodos, pero cualquiera se levanta, están rifados.


Intentamos comer algo, pero los bares están cerrados. Hay unos sofás vibratorios vacíos. Aunque no vibren, parecen cómodos. Ahí que nos sentamos.


Un pitido retumba por el aeropuerto. No puede ser. Que si, que lo es. Que hoy no es mi día. Mi sillón chilla como un loco si te sientas sin echar moneda. El de Jose no, ya ves.


Visto lo visto, y totalmente aburridos, nos salimos a la calle a tomarnos nuestras cervezas, a ver si nos dan sueño, y a fumar, que una vez dentro no hay marcha atrás.


Nos ubicamos al lado de una de las puertas de entrada, en un pollete. A cierta hora, el personal del aeropuerto decide cerrar la puerta, pero no pone ninguna información.


Aquello parecía un programa de cámara oculta. Hubo quien la abrió por la fuerza, los que se acercaban y se separaban como un péndulo, los que chocaban contra el cristal…


Por desgracia, se nos ocurrió tarde ponernos a grabarlo, porque era de película. Nosotros allí acodados y repitiendo como loros que estaba cerrado y había que irse a la otra…


La verdad es que con ese entretenimiento estuvimos un buen rato y el tiempo se pasó más rápido. Cuando estábamos llegando al punto de congelación, decidimos que ni fumar ni nada, nos metíamos al aeropuerto y padecíamos el mono calentitos.


Facturamos, pasamos el control policial, subimos a la sala y… ¡Sorpresa!


El aeropuerto de Túnez (precioso y moderno, por cierto) tiene una sala de fumadores por cada dos de espera.

WIFI gratis y unas salas impresionantes y amplias terminan de rematarlo. En Barajas casi siempre termino sentada en el suelo a la espera del embarque por la falta de sitio para sentarse.

El avión salió sin retraso y aquí se termina nuestra aventura en Túnez, aunque estamos seguros de que volveremos pronto.


¡Hasta la vista!


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