Las Mochilas Locas

Granada 20/8/2019 Despeñaperros

Por la mañana no vemos a nuestra anfitriona en casa. Debe de ser la hora del paseo.


En efecto, nos la encontramos abajo. A ella y al resto de habitantes de La Carolina que, con brío, recorren el paseo arriba y abajo. Nos dicen que en cuanto el sol sube un poco ya no hay quien salga.

Antes de desayunar, acercamos los trastos al coche y nos damos cuenta de que el tema político debe estar calentito aquí, a juzgar por las pintadas que cubren el muro que tenemos delante.

Los bares en La Carolina no madrugan.


La mayoría se encuentran cerrados (hasta una churrería) y lo único que encontramos está desierto.

Desierto tanto por fuera como por dentro, porque pedimos un zumos y nos responde que la máquina no está enchufada. Colacao no tiene y el café no nos gusta, así que me pido un te frío y me saca un tarro lleno de hielos que, la verdad, no sabía a nada. Jose opta por algo más seguro, una cocacola.


La barra está vacía. Ni rastro de bollos para acompañar las bebidas y meter algo al cuerpo antes de la caminata.


La camarera nos mira con extrañeza cuando se lo preguntamos. Después de dudar un rato nos dice que queda algo en una vitrina que hay en el bar.

Si, esa vitrina de la derecha, la de las cachimbas


Nos parece un tanto surrealista que tengan allí guardados los bollos. Después de probarlos deja de extrañarnos. Debían estar de adorno, porque estaban duros y rancios.


Pues nada, tras tan copioso desayuno, nos ponemos en marcha.


Antes de ir a caminar, me hace ilusión ir a visitar un camping en Santa Elena, donde me alojé hace muchos años y que era tan peculiar como el bar que acabamos de dejar. Se trataba de un pinar donde un señor flaco y pálido tenía unas mínimas instalaciones y unos míseros alambres de espino nos separaban de los inmensos toros de la “ganadería de los juanandreses”. También tenía un pequeño perrillo que cuando te descuidabas, enganchaba una zapatilla y se la llevaba a los toros.


Aquel señor no hablaba con damas. Los hombres podían tomarse un fino y charlar con él, pero a mi no me servía. Ni fino ni gordo ni nada.



Vemos un cartel indicativo de camping y vamos siguiendo las flechas, pero nos encontramos en un lugar mucho más elegante en el centro del pueblo.


El recepcionista sale y nos saca de dudas. Éste no es (eso lo teníamos claro). Nos informa de que ya está abandonado pero podemos ir a dar una vuelta por allí. Nos indica como llegar y nos metemos por un estrecho camino lleno de baches, polvo, subidas y bajadas. A mi no me suena que fuera tan difícil llegar, la verdad.

Al fin vemos un cartel y, animados, seguimos hacia adelante, pero seguimos haciendo kilómetros y no aparecen ni camping ni humanos a los que preguntar.


Desistimos y damos la vuelta. Cuando de nuevo alcanzamos Santa Elena vemos que nos habíamos pasado de largo. Otro “cartel” indica la entrada

Dimos una vuelta por allí, sin tenerlas todas con nosotros, porque aquello estaba sembrado de plastas enormes y recientes que sin duda pertenecían a los toros de los juanandreses. Ya nos veíamos huyendo a toda pastilla con unos cuernos pegados al culo.

Aquello estaba decrépito pero oye, los recuerdos son los recuerdos, y nos acercamos hasta las instalaciones a echar un vistazo.

Ya veis que los aseos eran de lujo. Como para pasarse en este camping más de lo necesario…


La escasa valla que separaba la ganadería de las tiendas de campaña (bueno, la tienda, para ser más exactos, porque solamente estaba la nuestra y una autocaravana de un alemán), ha desaparecido, así el ganado puede campar a su aire y acercarse al baño si lo ve menester.

Y este era el bar donde el misógino dueño no atendía a las mujeres. Para resarcirme, Jose me hace una foto en sus dominios.

Visto está y hemos perdido mucho tiempo. Ya le tengo dicho a Jose que no haga demasiado caso de mis ocurrencias, que luego pasa lo que pasa, pero hoy vamos sin prisa y no nos ha importado un poco de distensión.


Volvemos al coche y nos ponemos a dar la vuelta, cuando la rueda empieza a patinar. Abro la puerta y, al borde del infarto, le digo a Jose que ni se mueva. Estamos a un centímetro de meternos en el agujero de una vieja acequia tapada por las hierbas. El antojo del camping nos hubiera salido más que caro, sobre todo porque nos hubiera estropeado las mini vacaciones.


Me bajo y le voy indicando. Con su pericia habitual, consigue sacar la rueda dejando, eso si, medio neumático en el intento.

Aliviados, cogemos la autovía para llegar a Casa Pepe y dar la vuelta, como nos han indicado.


Y entonces es cuando veo el cartel de “Centro de Interpretación del Parque Natural de Despeñaperros”. Ah, digo, pues vamos a parar ahí primero.


Mi segunda idea genial del día.


La caseta está a tomar viento y, como no, cerrada.

Unos carteles muestran las rutas. Nuestra idea era ir a ver el Barranco de Valdeazores, que nos han dicho que es muy bonito, pero yo que veo algo de un castillo y una cueva, me emociono y propongo la tercera idea genial de la jornada.


Para ir al barranco hay que volver a la autovía, pero el inicio de esta ruta parece más cercano.


Ni de coña. Está lejos y difícil de encontrar.


Este pobre santo de Jose apunta que hubiéramos debido seguir las indicaciones a la otra ruta, pero que ya que estamos aquí, pues hacemos el castillo.


Una familia nos dice que está cerca. Vamos, un paseíto.



Os imagináis lo que sigue, ¿verdad? De paseíto nada de nada. Inocentes crédulos, emprendimos el camino con dos tristes botellines de agua y sin baterías de repuesto porque pesaban “y no nos iban a hacer falta”.


Kilómetros y kilómetros de pinos. Y más pinos, y más pinos.


Los arroyos y embalses están secos y no pasa un alma por allí.


Me siento avergonzada de haber convencido a Jose para iniciar esta aburrida ruta. Hemos empezado demasiado tarde (también gracias a mi) y el calor se está haciendo pesado.

Sin agua, guardas forestales ni torres de vigilancia, nos aterroriza la idea de que algún cristal abandonado o una chispa prenda fuego, porque de allí no salimos con vida. Y churruscados, vaya muerte más fea.


No se escuchan ni pájaros, ni vemos algún venado estirando las patas. Parece que las dueñas de lugar son las arañas, a juzgar por las “urbanizaciones” que tienen montadas.

Después de muchas vueltas, al fin avistamos el castillo. Para no variar, detrás de una empinadísima cuesta.

Vale, ya esperábamos que estuviera en ruinas, pero no “tantas”. Aquello, más que un castillo, es un montón de piedras.

Con nuestro optimismo habitual (qué remedio), nos apoyamos en que las vistas son espectaculares.

Incluso vemos los lejanos puentes de la autovía. Y muchos pinos.

Para rematar mi tanda de genialidades, propongo a Jose volver por otro camino. Ya ni buscamos la cueva ni nada. Se nos ha hecho mediodía y estamos acalorados.


Guiándome de una aplicación del móvil, vamos encontrando bien las sendas hasta que me pregunta Jose qué tal voy de batería.


Esto me lo pregunta cinco segundos antes de que el móvil se apague, agotadito el pobre.


No nos queda otra que fiarnos de google maps en el móvil de Jose que, prudente, ha puesto modo avión, a sabiendas de que el maps, de senderos, no tiene mucha idea. Además, la cobertura GPS se va perdiendo a cada instante, y eso contando con que llevamos activada la máxima precisión.


Y, como era de esperar, se debió de perder en algún cruce y de pronto nos dimos cuenta de que cada vez quedaban más kilómetros para llegar a nuestro destino.


Retroceder no era nada sugerente y delante de nuestras narices estaban los puentes de la autovía que tan lejos veíamos desde el castillo.

Sin gota de agua desde hacía horas, pensamos en encontrar la carretera vieja y pedir ayuda. Sin embargo, un profundo barranco nos impedía llegar a ella y la única opción era subir otra infinita cuesta paralela a la carretera.


Estábamos agotados, acalorados y muertos de sed.


Subimos la tremenda cuesta esperando ver algún rastro de civilización para pedir agua y, de paso, un taxi que nos llevara hasta nuestro coche, pero lo únco que se veía era Santa Elena, al otro lado de la autovía y era inalcanzable.


Y ahí es donde el paciente Jose se plantó y dijo que no daba un paso más.


Google maps vaticinaba que, hasta el pueblo quedaban 15 kms a los que había que añadir otros 6 kms hasta el coche.


Y nuestra cena con masaje nos esperaba en Granada.


Era evidente que un taxi no iba a meterse por esos caminos a rescatarnos así que, a pesar de la vergüenza que nos daba, llamamos al 112 para pedir ayuda.


Muy amables, nos toman datos y nos dicen que contactará con nosotros la Guardia Civil, que no ocupemos el teléfono. Qué dilema. A las horas que son, mucha prisa tiene que darse la benemérita para que lleguemos a tiempo a la cena del hotel de Granada. Nos arriesgamos y llamamos al hotel. Por suerte, nos dicen que no hay problema, nos cambian la noche para mañana.


Camuflados debajo del escaso seto que hemos encontrado, esperamos pacientemente la llamanda de los agentes.


De pronto, escucho ruido entre los setos. ¡Ya están aquí! Me pongo en pie y miro atenta al origen del ruido. Los agentes no eran exactamente los que estábamos esperando, sino otros un poco más peludos.

¡Hombre! ¡Al fin vemos vida en el parque!


No les interesamos lo más mínimo y se marchan corriendo de nuestro lado. Pues nada, a seguir esperando.


Pasado un rato escucho un toque de sirena. Ahí están, digo. Jose me desanima: “Desde luego no van a venir a buscarnos con sirena”. Pues no me lo he inventado, yo la he oído. Escudriño el horizonte y nada. Pues venga, otra vez debajo del seto.


Al rato escucho voces. Jose empieza a pensar que soy víctima de una insolación. Que no, que lo he oído. Me incorporo, echo otro vistazo y nada. Al seto.


A la tercera vez que oigo las voces, y en contra de la teoría de Jose de “para qué van a gritar si tienen nuestro teléfono”, me asomo a lo alto del cerro.


Allí están. Al otro lado del barranco.


Un coche y tres personas hurgan entre la vegetación. No se para qué hemos enviado la ubicación, la verdad.


Agito los brazos y respondo a su llamada. Jose sigue debajo del seto.


Me dicen que bajemos la cuesta y que nos recogen abajo. El coche se larga y dos personas salen corriendo.


Les hago caso y tomo camino abajo hasta que, incrédula, les veo aparecer en el camino. Valientes como ellos mismos, han cruzado el barranco y suben a toda carrera. Al verme sola, me preguntan por la otra persona y les digo que se encuentra peor que yo y no tiene espíritu para seguir caminando.


Sin dejar de correr, el hombre de Protección Civil y la agente de la Guardia Civil me sobrepasan sin darme un triste traguito de agua.


Jose continua bajo el seto.


Con las mismas, emprendo de nuevo la cuesta arriba (yo no se como esa chica corre tanto con el calor que hace y embutida en el uniforme) y les encuentro dando al caminante de beber.


Volvemos a bajar la cuesta (qué manía la tengo) hasta que el coche llega a nuestro encuentro. Ahí ya me atrevo a pedir algo de agua, si queda. Un alma caritativa me alcanza una botella y, cual criminales, nos meten al patrol.

Entonces, empiezan a llegar más patrullas. Los forestales, la benemérita de Santa Elena y otros más que no sabemos de dónde vienen. El de Santa Elena empieza a incordiar con que a él no le cuadra nuestra ruta y que no comprende cómo hemos aterrizado allí.

No le hacemos mucho caso y a cambio, le pegamos un par de lingotazos más a la botella fresquita que traía.


De nuevo en la versión criminal, y con el agente de Protección Civil embutido en el maletero, nos dejamos llevar hasta el coche, donde nos toman los datos y nos insisten en llevarnos a un servicio médico.

Lo rechazamos (lo que nos faltaba) y, agradecidos, nos ponemos, al fin, rumbo a Granada.

Afortunadamente no nos cobraron el rescate (nos temíamos lo peor), así que enviamos una nota de reconocimiento que nos contestó el propio Coronel Jefe de la Guardia Civil de Jaén.


Al día siguiente estábamos en todos los periódicos. Nuestros cercanos siguen riéndose de nosotros. Tan mochileros, tan senderistas y terminamos en esta situación y encima en nuestro propio país, lo que no nos ha ocurrido en cualquier destino perdido de la mano de Dios. Vergonzoso.

Dicen todos lo mismo, excepto la SER, que ha decidido que éramos dos hombres. Casi mejor, así queda a salvo mi honrilla, que para mi fue bastante bochornosa la situación.

Bueno, pues nos montamos en el coche y salimos chutando a comprar agua. El guardia nos indicó una gasolinera nada más salir del pueblo, pero como vamos medio atontados, se nos pasa el desvío. Y el siguiente, y el otro. Por fin, acertamos con uno. La gasolinera más cutre de la comarca. Cogemos dos litros de agua, cocacola y cerveza y ya, más aliviados, tiramos hasta Granada.


Encontramos Santa Fe sin problemas y aparcamos cerquita del hotel. Una monada de hotel. Con la pinta que llevamos, Dios mío. Churruscados y llenos de polvo. Los pies tienen hasta churretes y los pantalones da asco verlos. Jose sugiere que nos cambiemos en el coche, pero me carcajeo. Yo voy a entrar como voy y a tirarme de cabeza a la ducha. Él verá.


Decide que tampoco se cambia y, después de dudar un poco en la puerta, ascendemos la elegante escalera que da acceso al igual de elegantehall del hotel.

El recepcionista nos mira de arriba a abajo con ojos inquisitivos“¿Qué pintan aquí estos mendigos?”, debía estarse preguntando.


Para justificar el horrible aspecto que tenemos, le comento que nos hemos perdido y tal y tal. El hombre hace un derroche de antipatía total y mi buen rollito se va transformando en la ira de Satanás.


Antes de tener que arrepentirme, agarro la bolsa y tiro hacia el ascensor mientras Jose termina de concretar las cenas, los masajes y demás.


¡Al fin llegamos a la habitación!

A mi aquello me parece la Suite Royal del Palace.


Nos quitamos la roña y salimos a comer unos pescaítos, que nos lo hemos ganado.

El pueblo parece majo. Echamos un vistazo y nos retiramos, que estamos para el arrastre y mañana queremos patearnos Granada.


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