Las Mochilas Locas

Granada 24/8/2019 Lanjarón, Soportújar y Capileira

Hoy levamos anclas. Hemos buscado un apartamento en Lanjarón para recorrer desde allí La Alpujarra.


Lo primero, para no variar, es dar un par de vueltas por el hotel buscando el desayuno, que hoy lo han cambiado de comedor.

Cogemos fuerzas y salimos temprano.


Lo siguiente que hacemos es intentar que la anfitriona del apartamento nos permita dejar en la casa unos dulces típicos de Santa Fe (Piononos) que hemos comprado para llevar a la familia, porque si se quedan en el coche, con este calor, se van a estropear.


La chica que lo gestiona es rara. Nos da una hora bastante tardía de entrada. Pensamos que es porque tiene más inquilinos, pero únicamente queremos dejar las 2 cajas y el resto de trastos nos los llevamos puestos.


También nos pone como excusa que su madre está allí viviendo. Otra tontería. Pues se lo dejamos a la madre y nos vamos, ¿no?


Lo cierto es que llegados a Lanjarón nos dice que se acerca en unos momentos y nos deja subir los dulces.


Al rato aparece por allí y nos dice que podemos dejarlo todo.


Ni hay madre, ni hay inquilinos, ni hay nadie más en la casa.


Nos muestra la habitación con microondas (no tenemos derecho a cocina ni a frigorífico. Todas las estancias tienen cerradura, incluidos salón y cocina).


También nos deja una botella de agua y unos sobres de te. Y dos vasos.


Temo por la integridad de los piononos, porque en la habitación hay una temperatura bastante crecidita.


Lo bueno del apartamento es que tiene una terraza para nosotros, con vistas a una obra, eso si, y que está al final de Lanjarón, por lo que hay menos jaleo de gente.


Sin embargo, la habitación que nos toca es bastante birriosa para los casi 26 € que cuesta.

El baño es compartido, pero como estamos solos, lo compartimos con nosotros mismos.

La ducha es tan pequeñita que nos cuesta agacharnos a coger el champú, porque no hay balda a la vista para apoyarlo. Estará también bajo cerradura.


El tema de los enchufes es caso aparte. Hemos rebuscado por debajo de las camas incluso, pero solo hemos podido encontrar uno y, como veis,muy bien ubicado.

Lo hemos alquilado a través de Airbnb y está, ni más ni menos que en la calle del Señor de la Expiración. Madre mía, que impresión.


Lo que tiene gracia, para compensar, es el nombre del bar de enfrente:

Nottingham prisas”, jeje, qué salaos.


Bueno, pues una vez instalados, programamos la jornada.


Lanjarón lo vamos a dejar para la tarde, que parece menos interesante, por si andamos escasos de tiempo.


El primer pueblo en nuestra lista es Soportújar, el pueblo de las brujas.


En una de las ochocientasmil curvas de la carretera, vemos un letrero indicando la Cueva del Ojo de la Bruja. Frenamos en seco y nos metemos en el pequeño apartadero en el que solamente caben un par de coches.


Subimos la escalerilla y encontramos una cueva con unas figuras representativas y un cartel explicativo, además de un número de teléfono para visitas guiadas.


La cueva está cerrada, pero se puede mirar a través de las rejas.

Continuamos subiendo hacia el pueblo y, en la misma entrada, nos recibe este verrugoso cabezón, donde los lugareños están reunidos pasando la mañana del sábado.

Aprovechan para tomarme el pelo diciéndome que si le toco la verruga me caerá un hechizo, o algo así. Debemos parecerles muy cómicos, no se.


De vuelta al coche, nos ponemos a buscar aparcamiento. De frente, la calle está cortada, pero una flecha indica que la calle de la derecha conduce a un parking.


Si amáis el riesgo, no dejéis de subir allí.


Si el camino de Gorafe era empinado, esto es el ascenso al Everest. No tengo nada claro que nuestro coche suba aquello y, como ayer, no hay marcha atrás. Me tiemblan las piernas mientras lucho porque el coche no patine en el brillante pavimento.


Lo bueno es que el parking estaba vacío. Fuimos los únicos pringados que subimos hasta allí. Tan legales nosotros.


Ahora toca bajar a pie la cuesta y lo peor, que luego habrá que volver, también a pata, a recoger a nuestro pequeño sufridor.


Eso si, estamos en todo lo alto de Soportújar y las vistas dan por bueno el mal rato que hemos pasado.

Por suerte, al poco de emprender la bajada, encontramos una bonita fuente de agua fresca con cuatro chorros. Me estoy dando un trago del más cercano, cuando una mujer me avisa de que dos de los chorros son de manantial y los otros dos son “como el agua del grifo


Pruebo de ambos, pero a mi me saben igual de buenos.

Paseamos por las callejas del encantador y poco masificado pueblo alpujarreño, sembrado de brujitas, calderos y duendes.

Casas blancas, calles estrechas y empinadas, la fantástica Sierra Nevada como fondo… Nos encanta este lugar y para colmo, resulta de lo más adecuado para mantener la línea.

Llegados a la plaza, me apunto a echar hierbas en el caldero junto a las demás brujas, a ver si la pócima me hace efecto a mi también y el destino me regala dinero suficiente para seguir viajando mientras me queden fuerzas.

En otro rincón nos encontramos a este encantador duende, proveedor de fertilidad si te animas a beber de sus aguas. Como ya estoy fuera de riesgo, doy un traguito, aunque no muy grande, no sea que la magia obre algún milagro y me hunda la vida.

Y aquí es donde, según los aldeanos, nos encontramos con la calle más estrecha de España: la calle Zanjilla. Si vienes con el carro de la compra, olvídate, que no pasas.

Hasta los números de las casas recuerdan que nos encontramos en un lugar encantado:

Podría poner muchas más imágenes bonitas del lugar, pero prefiero que lo disfrutéis con vuestra propia mirada y exploréis cada uno de sus rincones.

Una tapa riquísima de migas en la taberna Romero nos anima a emprender la vuelta a por el coche. Nos da pereza. Este bar está lleno de animación y nos quedaríamos un rato más, pero queremos ver más Alpujarra, y tenemos que arrancar. Con todo el calor, cómo no.

Las sorpresas aún no han terminado. Cuando alcanzamos la cima, nos damos cuenta de que al lado del parking hay una explanada (la Era del Akelarre), lugar donde, según la tradición, se reunían antaño las brujas.

Nos encanta la decoración y el paisaje que se ve desde aquí.

Nos animamos a hacer un poco el tonto, para terminar con otra birria de fotos, como en Purullena:

Nos vamos a Pampaneira. O al menos ésa era nuestra intención, porque nos resulta imposible aparcar. Está abarrotado. Ni un solo hueco ni en las calles ni en los aparcamientos. Cero absoluto. Así que tenemos que conformarnos con ver Pampaneira desde el coche.

Por suerte, esta sierra está llena de pueblos igualmente preciosos, así que continuamos hacia Capileira, a ver si hay más suerte. Por cierto que, con estos nombres me parece estar en Galicia, más que en Andalucía.


Capileira es un lugar con mucho encanto. Nos ha costado, pero hemos encontrado una esquinita donde, por fin, parar motores.


No hay mucho que explicar de los pueblos alpujarreños. Lo mejor es verlos, pasearlos, respirar su aire puro y mirar al horizonte. Las palabras están de más.

Volvemos a Lanjarón. Las laderas están sembradas de casitas blancas agrupadas, casi colgando de la montaña.


Lanjarón nos resulta algo decepcionante. A excepción del Barrio Hondillo, el casco viejo (y viejo se encuentra), hay poco que ver.

Recorremos la que parece su única calle habitada arriba y abajo. Buscamos un bar normal, donde tomar alguna tapa pero solo encontramos restaurantes y hamburgueserías o similares llenos de guiris.


Plano en mano, vamos echando un vistazo a los establecimientos que se anuncian como “Ruta de la Tapa” pero aquello es una tristeza.


Finalmente, nos sentamos en el peor. Aquella especie de hogar del jubilado parece lo único que dispone de tapas pero, cuando me doy cuenta, están poniendo toros en la televisión. Y bien alto.


Me horroriza ese espectáculo, así que la triste tapa se me queda atravesada en la garganta. Además ha sido bastante miserable y nada rica.


Nos quedamos con hambre. Se nos pasa por la mente el Nothingan Prisas, al lado del piso que nos alojamos. Pero cuando llegamos, encontramos que la terraza está llena y hay un pequeño escenario montado, donde se subió un cantante autóctono, que no cantaba nada mal, y que se ocupó de dejar al barrio sin sueño hasta altas horas.


Cercano, una especie de pub escocés venido a menos nos proporciona un par de Alhambras y una triste tapilla.

Resignación y a retirarse.


O eso pensamos.


Cuando llegamos a la puerta, empezamos a meter las llaves y no abren. Ni la una ni la otra. Ni holgura ni nada, aquello no gira de ninguna manera.


Ya nos vemos aplaudiendo acaloradamente al cantante para que no cierren el bar en toda la noche. Porque serenos ya no existen, y lo de llamar a esta hora a la dueña, no lo vemos nada claro.


Probamos a apretar el portero automático, a ver si la madre que vive en casa tiene a bien abrirnos, pero, como era de esperar, nadie responde al timbrazo.


Al fin cede, la dichosa cerradura.


Subimos y pasamos un rato en la terraza, al son de la música, despidiéndonos de esta corta pero intensa aventura.

¿Sabíais que los habitantes de Lanjarón son los más longevos de España?

Como último apunte, quiero compartir con vosotros la originalidad de esta tierra poniendo nombre a las bebidas: