Las Mochilas Locas

Granada 23/8/2019 Purullena, Guadix, Gorafe y Alicún de las Torres

Atacamos temprano el desayuno, que hoy también queremos ver muchas cosas.


Nos dirigimos primero hacia Purullena. Es un pueblo con casas trogloditas (casas cueva), como muchos otras localidades de la zona. Hemos leído que tienen algunas visitables, tipo museo.


Llegamos temprano y la casa que queremos visitar todavía no está abierta, a pesar de que el letrero dice que su horario de apertura comienza a las 8,30 h. (y ya han pasado) pero aquello está cerrado a cal y canto.

Cuando ya estamos pensando en marcharnos y buscar otra, aparece un hombre disculpándose. Se ha quedado dormido porque están de fiestas y se acostó a las tantas.


Le pagamos los 6 € de la entrada (3 € por persona) y le seguimos mientras va abriendo las puertas e indicándonos.

Ellos viven en la planta baja, y las dos superiores las tiene dedicadas a museo.

Esta habitación, más que el salón de una casa, nos parece un tablao flamenco


Las estancias se adentran en el interior de la montaña, por lo que la luz entra únicamente a las dos habitaciones que dan a la calle.

La planta superior empieza a asemejarse al trastero de mi casa, lo que me da una idea fantástica de cómo darle salida a todos los viejos artilugios que me dedico a acumular.

Me sorprendo encontrando objetos iguales que los míos. Lo mismo tengo camuflado algún tesoro y no me he enterado.


Lo cierto es que nos resulta algo abarrotado. Además nos informa de que la casa originaria es el piso de abajo. Todo lo demás es nuevo, hecho por él y su cuñado.


Me da envidia esa facilidad para ampliar la vivienda, con lo que nos ha costado a nosotros. Coges un pico y te vas adentrando en la montaña hasta prepararte un palacio del tamaño que te apetezca.

Resulta algo aburrido ver objetos y objetos amontonados, y cuando vemos un yugo colgado en la pared, pensamos en hacernos una foto como si nosotros fuéramos los bueyes.


Jose coloca la cámara y sale corriendo, yo empiezo a chocarme con las vasijas, me quito, me pongo y terminamos haciendo el ridículo. Al final nos sale este churro de foto. Como los tontos, igual.

El tercer piso tiene salida a una terraza con vistas al pueblo. Lamentablemente, todo el mundo ha ampliado la casa hacia fuera y han puesto fachadas modernas, por lo que ha perdido mucho. Si no te fijas bien, apenas se distingue que esos renovados chalets escondan la entrada a cuevas.

En este punto es cuando me doy cuenta de que aquí somos un poco torpes para explotar nuestro patrimonio. De no haber hecho esta aberración, tendríamos una Capadocia española, aunque entiendo que los habitantes hayan buscado más su comodidad que el encanto del paisaje.

No nos queda mucho que hacer allí. Los objetos acumulados son dispares y nada tienen que ver con la vida de los fundadores de las cuevas. La maquinaria del reloj de una iglesia, radios y tocadiscos antiguos, etc. Vamos, que esto es una especie de trastero gigante.


Una foto de antaño si que nos gusta mucho y no podemos evitar compararla con lo que vemos hoy por allí.

Purullena en 1960

Purullena hoy. En el pueblo no queda rastro visible de las cuevas


Purullena no tiene más que ofrecer y nos vamos a Guadix.


Nada más entrar nos damos cuenta de que es una ciudad preciosa. Pero preciosa. Llena de encanto, monumental y acogedora.

Nada más aparcar se nos acerca un hombre que nos ofrece un paseo en tren turístico, pero preferimos dar un paseo por el momento y verlo de cerca.

La catedral es magnífica. Construida en 1492 aprovechando una antigua mezquita que, a su vez, se construyó sobre una iglesia hispano-visigoda.

A nuestra espalda, un arco nos conduce a una plaza preciosa donde se encuentra la oficina de turismo.

Se trata de la Plaza de Las Palomas.


Construida entre los S. XVI y XVII, la Plaza de las Palomas o de la Constitución, es uno de esos puntos de encuentro de siempre de los accitanos. Tiene un diseño de plaza castellana, rodeada de arcos porticados.

En la zona norte de la Plaza, la más antigua, se han encontrado restos de una muralla medieval, de viviendas romanas, y hornos alfareros de época íbera. Allí mismo se encuentra la Oficina de Turismo.

Nos atiende una chica encantadora que nos proporciona planos, explicaciones y horarios, no sólo de Guadix, sino de toda la zona.


Mientras esperábamos, hemos visto imágenes impresionantes del desierto de Gorafe. El Centro de Interpretación tiene un par de visitas al día y, si no nos apretamos, no nos va a dar tiempo a llegar.


Damos otra vuelta por Guadix y, con la firme idea de volver después a terminar de conocerlo, salimos hacia Gorafe.


Por el camino voy leyendo el folleto que hemos cogido en Guadix. Gorafe tiene mucho más que el desierto. Están los dólmenes, los petroglifos, el Acueducto del Toril… Me parece a mi que no nos va a dar para ver todo.

Empezamos con los dólmenes.


Se trata de la mayor concentración de Europa. Sólo en esta zona hay más de 240 de ellos. Vamos haciendo paradas en los distintos entrantes de la carretera. El mejor conservado es el dólmen 134:

Lo que más nos fastidia es el abandono. De nuevo, nos damos cuenta de lo poco que apreciamos nuestro patrimonio. En cualquier otro país se ocuparían de hacerlo conocido, habría un recinto de pago, personas al cargo y se exportaría a todo el mundo como la joya que es.


Y aquí nos tienes a nosotros, que siendo españoles, nunca habíamos oído hablar de ello. Un poco vergonzoso, ¿nos os parece?

Como era de esperar, los únicos visitantes que nos encontramos, son extranjeros.

La mayor parte de los dólmenes no conservan el techo. En los más importantes hay una placa explicativa:

Algo desazonados, continuamos ruta. Llegamos al pueblo y paramos en la tasca a ver si pueden informarnos un poco y de paso, reponer fuerzas.


Gracias a las explicaciones de la tabernera, enfilamos el camino que ha de llevarnos a las deseadas vistas del desierto.


En el camino vemos alguna de las casas-cueva, más auténticas que las de Purullana.

La mujer se ha explicado perfectamente, la casa rosa abandonada, la antena… Lo único que ha obviado decirnos es que el camino no es muy apto para un coche normal.


El asfalto desparece nada más salir, la senda se estrecha, los cantos patinan bajo las ruedas y la pendiente es tan empinada que el morro del coche no nos deja ver el camino.


Acojonados, no vemos la posibilidad de dar marcha atrás. No hay espacio para dar la vuelta al coche, pero patinazo tras patinazo, empezamos a dudar que lleguemos arriba. El riesgo de despeñarnos parece inminente, y como baje otro vehículo por el mismo camino, vamos listos.


Encontramos un apartadero y echamos a andar, dejando a nuestro pobre que se tranquilice del susto.

Nos sentimos un poco tontos cuando, mientras nos dejamos el hígado subiendo la cuesta, nos adelanta un Panda a toda pastilla, envolviéndonos en una nube de polvo y riéndose de nosotros a mandíbula batiente.


- Oye, que ésto está lejísimos

- ¿Volvemos a por el coche?

- Venga


Y vuelta para atrás.


Respiramos hondo y terminamos el ascenso, justo para llegar al cruce con el camino de los primeros dólmenes que hemos visitado. Hoy estamos espesos, es evidente. Ese camino, aunque pedregoso, es llano y más espacioso. Tenedlo en cuenta si decidís pasaros por aquí. No aconsejo la subida desde el pueblo si no llevas un todoterreno o conoces bien la zona, como el del Panda.


Y llegamos a la casa rosa abandonada. Pero, vaya por Dios, se puede rodear por la derecha o por la izquierda. Lo malo es que lleva a sitios opuestos y no sabemos cual es el bueno.

Que la alquilan, dice. Qué moral


Pues allí, en todo lo alto y perdido de la mano de Dios, nos encontramos con este hotel tan aparente y, como no, vacío.

En vista de que no hay recepción, tocamos la puerta de todos los bungalows, a ver si un alma cándida nos puede ayudar o, en su defecto, vendernos una cerveza. Pero nada, oye. Ni un alma. Tienen su piscina, sus placas solares… pero como no arreglen el camino, lo que no van a tener es clientes.

El paisaje es imponente. No llegamos a ver la famosa vista que adorna todos los carteles que promocionan esta zona, pero aún así, no tiene desperdicio.


Desde nuestra altura vemos cientos de sendas, solo que nos parece más apropiado volver en otra época, con menos calor y más cuidado, que si nos pasa aquí lo mismo que en Despeñaperros, no nos encuentra ni el tato, que para empezar, ni siquiera hay cobertura móvil.


Siguiente punto: El Toril.


Mirad, la zona es preciosa, pero bien indicada no está.


Vuelta que va, vuelta que viene y preguntas a todo humano presente, sumados a varios retrocesos en carreteras equivocadas, nos enteramos de que El Toril no está en Gorafe y que el fantástico dólmen de las fotos, el de los petroglifos, tampoco.


Por desgracia, no conseguimos ver los petroglifos, pero si el Acueducto del Toril, que resulta que se encuentra en Alicún de las Torres, al lado del balneario.


El llamado acueducto (también llamado Acequia del Toril) es una pared natural formada por caliza porosa, gracias a que las aguas que discurren por la acequia, a una temperatura superior a los 35 grados, están cargadas de sales solubles, que se han ido precipitando poco a poco, al enfriarse las aguas sobrantes del Balneario, hasta crear una base rocosa que ha ido creciendo hasta convertir el recorrido en un acueducto natural. Según estudios del Instituto Geominero de España, los travertinos de la Acequia del Toril tienen dataciones que van entre los 205.000 años, los más antiguos, y 35.000 años, los más modernos.


Se trata de un monumento natural único en Europa.

Este espíritu trepador que Dios me ha dado, me impide observarlo únicamente desde abajo, así que encuentro el acceso de otros curiosos y me subo a ver qué me encuentro.


Pues me encuentro, ni más ni menos, que con las piscinas del hotel-balneario.

Resulta un paseo muy bonito. A la derecha tenemos una alta pared de rocas, y a la izquierda este increíble muro natural.

Me fascinan las estructuras que se han ido formando de las sales del agua, hasta llegar a levantar esta gran pared. Vista de cerca encontráis cosas como éstas:

Encontramos un cartel informativo muy interesante, con una pequeña explicación. Se trata de plantas que se han fosilizado debido a las sales de las aguas termales, llegando a crear esta acequia natural. Una chulada.

Nos acercamos al balneario y nos tomamos un par de Alhambras en un ambiente un tanto extraño, rodeados de albornoces y octagenarios. Y sin una triste tapa.

Aunque solo podemos ver el bar de la recepción, la verdad es que el balneario tiene una pinta estupenda, con mucha madera y amplios comedores. Por si acaso, nos hacemos con un folleto.

Con el marketing no se han matado, desde luego. Unos folios mal impresos y listo. Pero bueno, al fin y al cabo, informa de lo necesario.


De ahí, salimos corriendo al hotel, que tenemos masaje y cena, para despedirnos de Santa Fe, que mañana levantamos el campamento y nos vamos hacia la sierra.


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