Las Mochilas Locas

Granada 21/8/2019

Nos levantamos medio muertos y, después del desayuno en el hotel, buscamos el autobús que nos lleve a Ganada, que no tenemos espíritu para pasar el día buscando dónde aparcar.


La recepcionista de hoy, que es mucho más amable, nos indica que no va a dejarnos en una estación de autobuses sino que, aunque es el fin de línea, debemos estar atentos a “los comedores de la Universidad”.


Llegamos enseguida, estiramos músculos y echamos a andar.


Lo primero que nos encontramos es el Monasterio de San Jerónimo. Grande y majestuoso, nos invita a pasear por sus jardines, pero no nos apetece visitar el interior, porque tenemos más ganas de pasear por el Albaicín y si nos da tiempo venimos luego. Parece interesante.

Más adelante encontramos San Juan de Dios, que está en obras.


El bedel nos permite echar un vistazo desde la puerta y hacemos un par de fotos.

Hay una parte más allá que sigue atendiendo enfermos, mucho más moderna.


Según informa la placa, la iglesia data de 1916. Se nos queda también pendiente para otro día que esté abierta y traigamos un espíritu más artístico, que hoy no me veo muy receptiva.

Rumbo a la catedral vamos viendo preciosas casas con blasones, iglesias y facultades más que bonitas y por fin llegamos a la catedral.

El problema de la catedral de Granada es que está tan incrustada entre los edificios que resulta complicado observarla bien, y ni que decir de hacer una foto decente.


Continuamos caminando hacia los barrios del Albaicín y del Sacromonte. No vamos a ir a la Alhambra, la hemos visitado varias veces y, aunque no nos importaría repetir, queremos conocer lugares nuevos.

Aquí, posando con el patrón de los traductores


Enfilamos la orilla del Darro, que por cierto baja bastante escaso, y nos acercamos a una iglesia que nos llama la atención. La iglesia de San Pedro y San Pablo. Alguna ya podría darle prioridad a San Pablo, digo yo, que Pedro va siempre por delante, hasta en Los Picapiedra.

Con una alta torre en la misma orilla del río y a los pies de la Alhambra, se nos ocurre que en lo alto las vistas tienen que ser espectaculares, y la torre es visitable.


Tan solo cuesta 1 € y creemos que merecerá la pena subir.

En realidad, al final de la empinada escalera, quedamos algo decepcionados. Las vistas son grandiosas, desde luego, pero la red que protege el campanario las estropea bastante.

Esta zona de Granada es muy bonita. A un lado la cautivadora Alhambra. Al otro, un laberinto de estrechas y empinadas callejuelas. Es un placer pasear por aquí.

Tras la inevitable parada en el camino para reponer fuerzas, cogemos aire y elegimos una de las calles que nos lleven hasta la parte más alta de la ciudad.


Sin aliento, alcanzamos el mirador de San Nicolás, donde hacemos una pausa para deleitarnos mirando la grandeza del conjunto amurallado.

Un lugar que nos hizo mucha gracia fue el callejón llamado “Cobertizo de Santa Inés”. No sólo por lo ajustado que resulta el paso (que además está superpoblado de tiestos), sino porque, al parecer a los vecinos les debe resultar tan incómodo cruzar la calleja que han montado un pasadizo en el primer piso para pasar de un bloque al de enfrente.

Ya por el barrio del Albaicín, el calor va apretando y fuimos a dar a una plaza con mucha animación. Un escaso mercadillo y muchas terrazas con dispositivos de esos que te fumigan agua pulverizada mientras difrutas del aperitivo. Probamos en una, pero no nos atienden y después de un rato nos cambiamos a otra que estaba metida en un recoveco. Allí no tienen muy bien graduado el tema del “spray” y más que refrescarnos, nos ponemos como una sopa, pero igualmente se agradece y, una vez protegidos los móviles y la cámara bajo el mantel, dimos cuenta en un suspiro de un platillo de almejas que nos pusieron como tapa.

Por supuesto fueron unos extranjeros los que se quejaron de la humedad y la opinión del resto dio igual. Cortaron el riego y los demás nos quedamos con las ganas.


En nuestra intención de visitar alguna casa-cueva del Sacromonte, y para no cambiar la costumbre, nos perdimos.


Seguimos las indicaciones que nos iban dando pero nos dimos contra la muralla y, por más que buscábamos un hueco para cruzarla no fue posible, Así que nos tocó retroceder.

Lo malo de estas casas trogloditas es que la mayor parte de las que son visitables se han convertido en tablaos flamencos y restaurantes típicos, y a esta hora están cerrados.


Hemos leído que hay una que es museo y la buscamos. Lo malo es que es casi mediodía y quizás haya cerrado.

Desde fuera se aprecia cómo las casas particulares se adentran en la montaña, manteniendo la fachada afuera.


Una de ellas, habitada por una familia (que por el acento, del centro de Granada no son, desde luego; parecen rumanos o algo similar) con un cartel en la puerta de que es su propia casa pero la dejan visitar y así ganan unas perrillas. Eso último no lo pone en el cartel, es cosa mía.


Pensamos que será más auténtica que el museo y entramos a verla.

Lo del traje de faralaes colgado en el dormitorio es lo que más nos gusta 

Fuera de la casa hace ya demasiado calor como para seguir paseando y empezamos el regreso. Esta tarde tenemos uno de los masajes para parejas que incluía la oferta y, además, la cena que no pudimos hacer ayer por nuestra aventura.


Con las inmensas tapas que ponen aquí, no tenemos ni hambre, así que decidimos que con un par de cañas y sus tapas correspondientes vamos bien servidos.


Y tanto. En uno de los bares, directamente nos pusieron un bocadillo de lomo. Aquí son un poco exagerados con este tema. Ni tan poco como en Burgos, que no ponen una triste patata frita gratis, ni esto, que voy a volver con ocho kilos más.

Con la tripa llena y unos cuantos rodeos más tarde, llegamos al comedor de la Universidad, a esperar al autobús sentados en las escaleras.


Ha sido un acierto venir en transporte público. Hemos podido patearnos la ciudad sin tener que andar pendientes del coche. Los servicios son frecuentes y es económico.

A las siete tenemos el masaje. Es en la propia habitación. Aprovechamos para darnos una ducha y esperar.


Puntual, la masajista llama a la puerta. Es una mujer fuerte y nos tememos que más que un relax, nos pegue una paliza de esas que te crujen hasta los músculos más escondidos, pero no. Todo lo contrario.


Nos da exactamente lo que necesitamos. Música suave, aceite, unas manos increíbles. El primero en disfrutarlo es Jose (por si acaso), y casi tengo que llamar a una grúa para desincrustarle de la camilla. A mi me pasó lo mismo. Me dieron ganas de suplicarla que siguiera, pero después de nosotros tenía otra pareja y hubo que regresar a la realidad.


Con más pereza que hambre, nos arreglamos y bajamos al restaurante.


Estamos absolutamente solos. Bueno, nosotros y la camarera cubana que habla como diez.

La comida tiene buena pinta, pero está mala. Mala pero mala del verbo horroroso. Además, desde el ventanuco que da a la cocina, la camarera nos vigila, imaginamos que ansiosa porque nos larguemos y marcharse a su casa.


Jose dice que le gusto. No hace más que elogiarme y tocarme el pelo. Pues no estoy en mi mejor momento, la verdad. A mi me entra la duda de que se esté riendo de mi, porque vamos, de piropos no tengo aspecto.


Paseíto y a dormir, que aún no hemos tenido tiempo de recuperar fuerzas.


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