Las Mochilas Locas

Tunez, Feriana y Tozeur

3 de noviembre – Feriana - Tozeur


Agradecemos habernos acostado temprano cuando a las 5 de la mañana, el cantantese coordina con el gallo del pueblo para darnos la serenata.


Hacen turnos. Cuando el cantante hace una pausa para coger aire, el gallo le hace los coros.


Así no hay quien duerma.


Pues nada, nos levantamos, vemos amanecer, recogemos el petate y salimos a buscarnos la vida.

Hoy si que pillamos taxi bien tempranito, seguro.


Como el hotel ya está pagado, únicamente dejamos la llave en el mostrador y salimos al fresco de la mañana, justo para recordar que seguimos sin dinares.


Ayer el hotel nos dejó pagar en euros, pero no nos cambió nada más.


Llegamos a la gare aún de noche (¡a ver, está a la vuelta de la esquina!) y nos dirigimos a la taquilla. Que no, que no nos cogen euros.


Esto es algo que seguimos sin comprender, ya que, con el redondeo, salen siempre ganando ellos.


Pues a ver qué hacemos. Los comercios están a medio abrir y el hombre del puesto de al lado nos quiere hacer un cambio abusivo, así que Jose se marcha a mendigar cambio y yo me quedo al tanto del taxi, que ya tiene dentro las mochilas.


La panadería casi no ha vendido, así que nada, que no tienen para cambiarnos. Se marcha a un bar un poco más allá donde tienen intención de cambiar, pero le hacen esperar bastante.


El conductor, empeñado en charlar conmigo en francés, empieza a impacientarse. Ya se ha completado el colectivo y Jose que no vuelve.


Por fin llega con dinares contantes y sonantes y podemos acoplarnos en el coche.


Poco nos dura.


El conductor se baja y otros hombres se acercan a mirar.


Pues nada, que hemos pinchado.

Entre unas cosas y otras no vamos a llegar a tiempo al tren. Por cierto, ¡vamos a ver si nos han contestado!


Mientras varios hombres se afanan con el gato, nosotros buscamos la respuesta del email que enviamos a la web del Lezard Rouge, como le llaman ellos.

¡Anda, qué bien, hay una respuesta!


Abrimos expectantes el mensaje y…. chapuzón. El tren está inhabilitado por reparaciones y no funcionará hasta 2020.


Pues nada, ya no tenemos tanta prisa.


Como vemos que entre los cinco no terminan de acertar con la rueda, salimos a buscar algo para desayunar, que ya hasta se ha hecho de día.

Por la calle principal no se ve nada abierto, el pueblo está muerto. Nos damos cuenta que al otro lado de la estación hay algún local con las puertas abiertas, así que nos vamos a probar suerte.

Encontramos uno que todavía está de lo más tristón. Nada de comer, pero al menos podemos comprar unos refrescos que nos cuestan 2,9 dinares. Caro en relación a otros sitios.

Volvemos a la estación donde los voluntarios siguen liados con el gato.

Cuando finalmente acaban, le pagamos los 11,1 dinares y subimos al taxi. A mi me toca al lado del conductor, mientras que a Jose le ponen atrás, con los hombres.

Apenas arrancamos, el taxi se vuelve a detener. Me temo lo peor.

Se ve que la rueda de repuesto iba sin aire. La llenan con todos dentro. No imagino cómo puede calcular la presión necesaria. A ojo de buen cubero, supongo.


Son las siete y cuarto cuando finalmente enfilamos la carretera.

A pesar de que la guía indica algunas cosas que visitar en Gafsa, ni nos lo planteamos. Hemos salido hartos de ese pueblo y lo único que queremos es pasarle de largo de una vez.


Se trata de una ciudad grande (60.000 habitantes) de origen númida y que tiene oasis, piscinas romanas y una kasba restaurada, entre otras cosas, pero ya fuera de la tirria que le hemos cogido, hemos perdido bastante tiempo y, ya que no hay tren, queremos llegar a los oasis de Chebika y Tamerza para poder recorrerlos en el día de hoy, si es posible.


La estación de Gafsa es un gran descamapado donde, lo primero que nos queda claro es que si queremos llegar a Chebika, hay que ir hasta Tozeur si o si.

Y lo segundo, que tampoco admiten el pago en euros.


Hay una pequeña carretera que parte de Metlaoui, pero, como ya os hemos comentado, en Túnez lo de los transportes no lo tienen muy conseguido.


Penosamente, los plásticos vuelan por todas partes. Me llama la atención un seto que parece un árbol de navidad, de tantas bolsas de colores que se le han quedado enganchadas en las ramas.

Pues nada, no terminamos de bajar de un taxi y nos montamos en el siguiente. Vaya mañana más tonta que estamos pasando.


De Gafsa a Tozeur hay 92 kilómetros, así que hora y media no nos la quita nadie.


Al menos nos ha tocado una furgoneta nuevecita y hemos podido sentarnos juntos. El que no se consuela, es porque no quiere.


El precio por los dos es de 12,7 dinares. Ya veis que el transporte, aunque escaso, es barato.

El taxi nos para en una calle llena de bullicio (inocente de mi, pienso que se debe al festival que queremos ver, con sus carreras de dromedarios y demás) y justo enfrente encontramos un hotel.

Desde luego, se encuentra bien ubicado, así que subimos a preguntar precios.


Para empezar, nos pide 35 eurazos y casi me caigo redonda. En nuestro presupuesto no entran esos lujos y, a pesar de que nos lo baja hasta 25 €, decidimos buscar algo más barato.


En mente llevamos ir al hotel Aicha, que viene en nuestra antigua guía y además de económico y bien considerado, está en esa misma calle.


La calle, eso si, se las trae.


Es larguísima y, como no, cuesta arriba.


Subimos y subimos, y cuando ya se termina el pueblo y Maps dice que hemos llegado, empezamos a sospechar que el hotel no existe. Nos ha parado en un hotel súper lujoso al que ni nos molestamos en pedir precio.


Entramos a una tienda de ropa muy moderna donde el dependiente, que jamás ha oído hablar de ese hotel, llama a otra persona que nos informa que ha cerrado definitivamente. Suponemos que se haya reconvertido en el super lujoso que hemos visto.


Pues media vuelta y otra vez a recorrer la calle.


Nuestra siguiente opción es el hotel Warda, también con buenas recomendaciones pero a tomar viento de donde estamos.


La guía trae un pequeño plano que nos ayuda a centrarnos un poco yGoogle Maps hace el resto.


Tras un rato callejeando, llegamos a una calle grande (Abou el-Kacem) que parece la zona turística.


Las calesas con turistas van y vienen y el gran Hotel Continental está enfrente. Cerrado también, por cierto. Una pena porque debió de ser un lugar precioso, junto al camino del palmeral.


Cuando cruzamos la pequeña puerta del Hotel Warda nos llevamos una gran sorpresa. ¡Se trata de un hotel precioso!

Tiene un gran patio central alrededor del cual están las habitaciones. No tenemos nada claro que sea tan económico como dicen, pero nos acercamos a la recepcionista y le consultamos.


Nos dice que una habitación doble cuesta 40 dinares.


Sin dudarlo, sacamos nuestros pasaportes para que nos registre.


Y ya que estamos, la preguntamos la manera de ir a los oasis.


Ésta, para mi, fue la parte más amarga del viaje. Nuestra primera visita a este hermoso país la hicimos en un viaje organizado, y nuestra intención era, esta vez, poder recorrer con tranquilidad los oasis, las cascadas, el cañón y el pueblo de Midés.


Esta zona se encuentra en la frontera argelina, y aquí se han rodado varias películas famosas, como “El paciente inglés”, pero a nosotros las películas nos dan bastante igual. Lo que queremos es bajar a caminar por dentro del cañón, recorrer el abandonado pueblo-cuartel de Midés y disfrutar de los oasis sin un guía que nos espere en el autobús o que nos meta prisa.


Desgraciadamente, eso no es posible si no llevas tu propio coche o alquilas uno.


Me dan ganas de llorar amargamente. Me resulta inconcebible pensar que no hay ningún bus o colectivo que se mueva entre estos lugares tan conocidos y espectaculares.


Es triste ver cuánto se ha resentido el turismo tunecino después de los atentados que hubo. Hoteles cerrados y apenas extranjeros son una evidencia de ello. No sabemos si la zona de playas siga con la misma afluencia, pero el interior, desde luego, se le ve muy venido a menos.

En la guía pone que desde este hotel organizan excursiones a la zona. No me queda otra opción que resignarme, así que preguntamos el precio a la recepcionista.


Tirando de libreta, hace una llamada y nos comenta que el hombre que nos llevaría a la excursión va a venir a las 12 para que lo podamos hablar directamente con él.


Falta más de una hora, nos da tiempo a acomodarnos y ver algo de Tozeur.


También le preguntamos por la supuesta feria que debería de haber en este pueblo, pero nos dicen que es en diciembre y no en Tozeur sino en los alrededores. Otro éxito sin precedentes. Las dos cosas que teníamos programadas se han venido abajo.


Lo malo es que, sin contar con esas dos fechas “obligatorias” hubiéramos organizado nuestra ruta de otra forma, comenzando por la parte este de Túnez, pero ya no hay remedio, así que vamos a aprovechar el tiempo lo mejor posible.

La habitación es correcta. Sencilla, pero limpia.


Dejados los trastos, salimos a dar un paseo y comer algo.


Muy cerca del hotel, una flecha indica el palmeral. Ya que estamos aquí, vamos a verlo. Atravesamos un arco y en pocos metros comenzamos a ver las palmeras.

El palmeral es inmenso. 1000 ha. llenas de palmeras.


Nos adentramos un poco por la pequeña carretera. Palmeras por aquí y por allá. ¿Y más adelante? Pues más palmeras. Muuuuchas palmeras.

Sinceramente, a los cinco minutos estamos ya aburridos de ver los mismos arbolitos sin ningún otro aliciente.


Por alguna parte debe de verse el agua que mantiene vivo este inmenso oasis que, según dicen, produce lo mejores dátiles del mundo, pero en el rato que estuvimos caminando no vimos rastro de ella, que tampoco me extraña, con aquella magnitud.

De vuelta a la calle principal vemos que circulan muchas calesas llevando de acá para allá a los turistas.


Es un espectáculo que me desagrada. Los animales cargan mucho y están lejos de parecer contentos. Somos más partidarios de utilizar nuestras piernas que de hacerlas cargar a un animal, así que rechazamos una media de calesa por minuto y levantamos el hocico a ver si nos llega algo de olor a comida por alguna parte.

También aquí abunda la seguridad vial


Se nos ocurre que avanzando hacia la zona de donde parten las calesas, que es donde paran los autocares de turistas, encontraremos algo.


Bastante más allá, al fin, percibimos el olorcillo. Esquivo, por cierto. Nos metemos por una calle, pero el olor se pierde. Reculamos y allí mismo lo encontramos. Está en la parte baja de otro de los hoteles que teníamos como opción.



Un par de muchachos hacen tortitas y pizzas con mucho arte.

Hay mesas dentro y el calor aprieta, así que nos sentamos pacientes a esperar que nos toque el turno.


En una tortita recién salida del horno, untan una salsa roja, otra verde y un quesito. Al principio, creíamos que la picante era la roja, pero más tarde nos enteramos que es la verde la que le da ese característico sabor.


A partir de ahí, les vas indicando lo que quieres que le añadan. Tortilla, salami, atún, lechuga, queso, aceitunas y demás.


Unos floridos manteles adornan las mesas y nos acoplamos en una esperando a que nos llegue el turno.

Le pagamos los 7 dinares que nos pide y, sin poder resistirnos, le hincamos el diente al bocata.

Gastamos otros 2 dinares en una botella de agua y volvemos al hotel a ver si ha llegado el manager de las excursiones.


No ha llegado, pero aprovechamos para sentarnos un rato en la terraza del hotel y recuperar fuerzas.


Con algo de retraso, llega y nos pregunta qué es lo que queremos hacer.


Pues obvio, lo que todo el mundo. La ruta de los oasis.


Nos pide 50 € que acepta en nuestra moneda. Pregunta cuando queremos salir y respondemos que ya mismo, en cuanto compremos una botella de agua (2 dinares).



Comenzamos ruta y apenas salimos de la ciudad, empezamos a ver dromedarios que campan a sus anchas por el terreno.


Mi inglés es peor que deficiente, pero me apaño para preguntarle si son libres.

La verdad es que la respuesta que me da, me deja más despistada que antes de preguntar.


A ver. Le entiendo que tienen dueño pero están sueltos por elsecarral y hacen lo que quieren.

- “Entonces, ¿Vuelven a casa por las noches? “

- “No, no vuelven” (pues no lo entiendo, la verdad)

- “¿Y como sabe cada amo dónde andan sus camellos?” (además, digo yo que se dedicarán a tener esposa e hijos mientras andan por ahí desperdigados)


Y chicos, él (que lo veía todo muy claro) me soltó una explicación en perfecto inglés de la cual no entendí ni jota. Sigo sin saber cómo cada dueño sabe cuales son sus camellos y cómo los encuentra si los necesita para algo. Toda una incógnita.

En un momento dado, un grupo de ellos comienza a cruzar la carretera. El conductor frena el coche para que podamos observarles.


Una parte de la familia pasa al otro lado, pero los adolescentes del grupo se quedan entretenidos mordiendo unos setos y haciéndose los locos.

La madre da la vuelta para ir a buscarlos y, muy educada, se para en la orilla de la carretera.

Los niños que no vuelven, la madre que no cruza y nuestro coche parado en medio de la carretera a ver como se desarrollan los acontecimientos.


Finalmente se anima, cruza y se aparca bajo la señal de prohibición. Los niños siguen a lo suyo, pero al final terminan por acercarse.

Esperamos a que se decidan todos a pasar al otro lado y continuamos la ruta por este desierto sin arena.

Algunos kilómetros después, se atisba el oasis de Chebika. Parece increíble.

Una vez llegados a la entrada del oasis, el conductor nos deja a cargo de un guía tuerto que habla español y que lleva aprendido de carrerilla lo que tiene que contar.

Chebika fue un antiguo asentamiento romano (Ad Speculum) para controlar la ruta de Gabes (anitigua Tapaca), donde posteriormente se instalaron los bereberes.


El pueblo hubo de ser abandonado en 1969, cuando un mes de intensas lluvias arrasaron las viviendas de adobe, además de arrastrar grandes bloques de roca que destrozaron la población.


Por ese motivo se creó el nuevo pueblo de Chebika abajo, en el llano. Sin ningún interés, por cierto.

Recorremos el pequeño pueblo en ruinas desde el cual las vistas sobre el cañón y el oasis son espectaculares. El tuerto corretea y nos indica en qué lugares hay que tomar las fotos. Qué agobio.

En la medida de lo posible, intentamos ir a nuestro ritmo, pero no nos lo pone fácil. Me prometo a mi misma que volveré por mi cuenta.

El pueblo es muy bonito, pero la imagen del oasis quita el hipo.

Es un entorno misterioso, precioso. Digno, desde luego, de verlo sin prisas, sin explicaciones, sin nada.

En medio de la garganta podemos ver una pequeña laguna. Nos vamos acercando, obedientes a las fotos que nos indica el tuerto.

Poco hay que contar de este lugar. Hay que verlo y disfrutarlo. Os dejo algunas fotos pero, como ocurre siempre, desmerecen mucho aquella inmensidad.

En las fotos de la cascada, el guía da por terminada la visita y acelera el paso, mientras que nosotros seguimos rezagándonos.


Al lado del oasis, un chico vende recuerdos bereberes. Me da un poco de pena, hay poco turismo y el pobre debe de tener pocos beneficios.


Una vez llegamos al bar/tienda, nos indica dónde están los aseos y de paso me comenta que, aunque sus servicios están incluidos en la excursión, si queremos podemos dar algo para el guía.


La verdad es que a mi no me apetece darle nada. Ya lo hemos pagado y nos ha llevado a toda carrera por el oasis. Le contesto que el dinero lo lleva Jose (y es verdad) y cuando vuelve, se lo comento.


Más afable que yo, decide darle 20 dinares (un tesoro, teniendo en cuenta que andamos muy escasos y sus servicios han sido más bien birriosos), y aún así, lo mira molesto. Vamos, que creo que ya lo hemos pagado y es una propina, para mi gusto, bastante generosa.


Volvemos al todoterreno y continuamos ruta hacia Midés.


De nuevo me llevo otra desilusión. El conductor ni se molesta en acercarse al pueblo. Nos lleva al cañón y nos da unos minutos para que hagamos fotos. Ni siquiera tenemos opción de bajar a pasear por dentro, con la ilusión que yo tenía. Me dan ganas de llorar.


El cañón, por supuesto, es espectacular, pero por dentro hay tramos que apenas tienen 1 metro de ancho, a veces las riadas traen fósiles y… solamente encontrarme en ese fondo hubiera sido algo fantástico.

Ya veis qué inmensidad. No me sorprende que haya sido escenario de diversas películas. Impresionan esos caprichos de la naturaleza. Lo que yo me pregunto es cómo los americanos, tan suyos, han encontrado estos parajes tan escondidos.


En un puesto compramos unos dientes fosilizados de antiguos animales marinos y, algo tristes, volvemos al todoterreno.


La última de las visitas es Tamerza, ya en el camino de vuelta.


Tamerza, así como Chebika, es un pueblo arrasado por un temporal en 1969, por lo que su interés se basa en las vistas panorámicas y una “gran cascada” que, en este momento distaba mucho de ser grande.

Los antiguos habitantes de Tamerza, se han trasladado 1 km más allá y han montado una nueva ciudad (Nueva Tamerza). La antigua casi pasa desapercibida, si no sabes lo que estás buscando.

Cuando paramos en el oasis (el de la “gran cascada”), encontramos una situación bastante lánguida.


Hay un montón de puestos de recuerdos, foulards, pulseras y demás… sin ningún cliente. Me da pena por esa pobre gente, que si te insisten tanto, supongo que es porque su sustento depende de los turistas, que no hay.


De hecho, en Chebika había una familia con niños cocinando entre las paredes que rodean al oasis. Parecía que vivieran allí mismo, entre las rocas.


Me gustaría ayudarles a todos, pero nuestro presupuesto es mínimo y, aunque Jose se interesa en unas pulseras que graban con tu nombre, lo que nos pide me parece una exageración (20 € por pulsera), así que seguimos bajando hacia la cascada.


Mientras intento conseguir alguna foto decente de ese pequeño salto de agua, otro “pulserero” nos aborda.


Que no, que si, que nos los baja a 30 dinares las dos, grabadas y todo. Son monas, de plata, y el chico es muy agradable (ya sabéis, no compréis arriba que es mucho más caro).

Le apuntamos los nombres en un papel (por cierto, se quedó mi boli) y mientras damos una vuelta por allí, nos las graba.


Le decimos que tenemos que pagarle en euros y, ya ves, a éstos no les importa. Con lo perras que las hemos pasado para coger el autobús,


Cuando ya nos vamos, porque el tiempo que nos han dado se va terminando, nos ofrece hacernos un tatuaje. A mi, los tatuajes en las manos me pierden, pero tengo muy mala experiencia con los de henna. No me duran nada. Así que volvemos al lío de que no y de que si. Me asegura por Allah que me dura 3 semanas (como siempre, no ha durado ni una), pero me dejo convencer, sufriendo por lo justos que vamos de tiempo (qué tostón no tener nuestro propio coche).


Resumiendo, el chico se ponelas pilas y, a toda pastilla me hace un tattoo monísimo por 10 dinares.

Volvemos a Tozeur y, ya que tenemos claro que no hay fiesta de dromedarios, ni de oasis, ni de nada, aprovechamos para preguntar al conductor dónde podemos ir a tomar una cerveza. Nos da las indicaciones, que no quedan lejos del hotel. Nos despedimos y cogemos el camino que nos ha dicho.


Un poco más adelante encontramos un edificio rosa en obras que tiene toda la pinta de ser lo que buscamos.

Cuando entramos, como siempre, se hace el silencio y todos nos miran. A diferencia de otros bares, en éste hay mujeres. ¡Y qué mujeres! Se refrotan con todos los clientes. Vamos, que aquello tiene pinta de ser un puticlub en toda regla.


Tampoco creas que nos importa mucho. Nos sentamos en un rinconcillo y nos zumbamos un par de cervezas por las que solo nos cobran 8 dinares, y encima nos ponen un bol de palomitas.

Tan a gusto estamos que nos tomamos otras dos mientras miramos el panorama, que es bastante divertido.


Cuando al fin decidimos marcharnos, tres señores que están sentados cerca de la puerta, se ponen a charlar con nosotros y a darnos indicaciones acerca de los lugares que queremos visitar mañana. Majísimos.


Hombre, depende de lo que os guste, pero si buscáis lo auténtico, este sitio lo es. Curioso y agradable.

Cuando salimos, aún es demasiado temprano para irnos al hotel, así que nos vamos a dar una vuelta por Tozeur.

Enfilamos hacia la medina. Preciosa, por cierto.


Nos sorprende tanto, que empezamos a callejear sin rumbo, entusiasmados con sus casas de ladrillo y sus solitarios rincones.

Es una medina muy original, y desde luego, poco frecuentada.


Una señora se para a mirarnos y nos dice algo. Al final entendemos que nos quiere enseñar su casa. La seguimos y entramos en un patio enorme, maravilloso… si no hubiera de por medio unos somieres viejos y otros trastos que lo afean bastante.

Nos mete en una estancia que dice que es el dormitorio, pero se trata de un lugar oscuro a medio derruir. Una pena, de verdad.

Con el flash, conseguimos ver algo, porque a pelo lo veíamos todo negro. Debió de ser un sitio grandioso.


Cuando salimos, nos damos cuenta de que apenas llevamos dinares sueltos. Se los damos y seguimos perdiéndonos por ese otro mundo, tan distinto al de afuera.

Partimos, finalmente, del laberinto y pasamos por el hotel, en el otro extremo de Tozeur.


Una vez allí, caemos en la cuenta de que, a pesar de ser de noche y haber pateado bastantes kilómetros, sigue siendo demasiado temprano para irse a dormir.


Bajamos a la calle y nos acercamos al mismo sitio en que hemos comido, pero la verdad es que no me apetece repetir y volvemos, ooootra vez, hacia el centro de Tozeur.


Esta vez pasamos por la zona nueva, la más moderna. Está muy iluminada, con bancos, restaurantes y tiendas. Es muy bonito.

Nos asomamos a un restaurante que ofrece camello en cazuela, o en jarro, algo así. Miramos la carta con el plato estrella, pero, qué queréis que os diga, yo imagino la cara del camello que nos miraba esta mañana, y no me veo comiéndome a un pariente suyo (yo soy así de sentida), así que nos marchamos y seguimos buscando.


No nos apetece demasiado meternos en un restaurante, porque mucha hambre tampoco tenemos, pero los puestos de la calle son más versiones de las tortitas de todos los días. Estoy que no se ni lo que quiero.

Al pasar por uno de ellos, veo un plato que me llama la atención, y que me apetecería cenar.


En la foto se ven unos huevos fritos rodeados de algo. Lo malo es que hay unos hombres sentados delante de la foto y no lo vemos bien.


Entramos al bar y lo pedimos.


Nos mira extrañado y nos dice que no, que eso no lo tiene.


Pues lo demás no me apetece, así que nos despedimos y salimos.


Nos llama y viene detrás de nosotros para preguntarnos de qué plato estamos hablando. Lo mira muy interesado y nos invita a sentarnos. Que si , que nos lo hace.


Al rato viene con el plato. Bueno, cualquier parecido con la foto es mera coincidencia, la verdad.

Ha frito 4 huevos, unos quesitos alrededor y por encima ha echado algo como carne mechada.


Bueno, pues tampoco tiene mala pinta. Lo que no tenemos claro es cómo comernos los huevos, pero poco a poco, el chico nos va trayendo cubiertos, servilletas y, al rato, aparece un chavalillo en bici con una barra de pan. Dura como un demonio, eso si.


Para rematar, cuando ya estamos rebañando el plato, nos trae una jarra de agua fresquita con dos copas.


Le digo a Jose que nos va a cobrar un dineral, por el plato “a la carta” que acabamos de rebañarnos. Él opina lo mismo, así que coge varios billetes y se acerca a pagar.


Para su sorpresa, le pide 6 dinares (¡¡2 euros!!), pero como no llevamos 1 dinar suelto, le tiende un billete y el chico le dice que no, que le cobra únicamente los 5 dinares que tiene en una moneda. Increíble.


Hemos cenado como marqueses y estamos ya medio muertos. Volvemos a recorrernos medio Tozeur, compramos una botella de agua por 2 dinares y nos subimos a dormir, que ya va siendo hora.


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