Las Mochilas Locas

Tunez. El Kef, Sbeitla y Feriana

2 de noviembre – El Kef – Sbeitla – Feriana


Cuando nos levantamos, somos conscientes que lo del autobús de las 5 y media ya no va a ser viable, así que nos lo tomamos con más calma. Desayunamos los batidos que compramos ayer (absurdo, porque después nos enteramos de que teníamos incluido el desayuno) y nos asomamos a ver qué patio nos toca hoy al abrir la ventana.


Pues si, abajo hay un patio roñoso, pero para variar, tenemos de frente la Kasba. Se la ve preciosa y bien conservada.


Fue construida por un tal Mohammad Bey en 1679 y hasta hace pocos años acogió un cuartel militar.

Mientras nos preparamos, intentamos dilucidar qué conviene más, si visitar El Kef o tirar directamente hacia Sbeitla, que no parece muy fácil.


Como no encontrábamos los horarios y recordábamos que era hacia las 10 de la mañana, cogemos un taxi a la estación que nos cobra 3 dinares y cuando llegamos allí nos dicen que no sale hasta las 11 menos cuarto. 45 minutos en la estación aquella perdida de la mano de Dios me parecen una eternidad, y en los alrededores no hay ningún establecimiento donde nos den de desayunar, así que le propongo a Jose que vayamos a la estación de taxis a ver si salen antes.

Regresamos a la calle principal y, pacientes, esperamos en la esquina a un taxi que venga vacío.


Hay otro chico esperando, pero cuando le echo la mano a uno, muy amable, se molesta en acercarse y explicar al taxista adónde queremos ir y él se queda aguardando en la esquina.


Este taxi nos cobra 1,5 dinares. Cuando llegamos, nos aborda, como siempre, un gentío para ver cuál es nuestro destino.


El colectivo sólo nos llevaría hasta Kasserine, y allí habría que tomar otro transporte. No nos importa si sale ya mismo, pero el taxi aún está medio vacío y el conductor no calcula que salga hasta las 11.


Empiezo a enfadarme conmigo misma. Hubiéramos ganado más visitando el pueblo para hacer tiempo, mejor que paseando en taxi la misma calle arriba y abajo.


Volvemos a la calle principal para volver a la estación, no sea que también perdamos el autobús, tengamos que volver aquí y ya me corto las venas.


Me llega el típico tufillo a “bocata” y, ante la hartura que tenemos, le propongo a Jose pedir un par de ellos para el camino.


El hombre se lo toma con calma. Con mucha calma. Por señas le digo que se nos marcha el autobús y que, por sus muertos, se de prisa. Muy sonriente me dice que si, pero me ignora de manera absoluta.


Jose sale a buscar mientras tanto un taxi vacío. Las tortillas siguen en el horno y el taxi esperando. Ya lo único que me falta es ponerme de rodillas para que saque los rollos del horno y me los de, que pagados ya están. (Por cierto, exquisitos por 4,3 dinares).


Se los arranco de la mano y me juego el pellejo cruzando a toda pastilla la calle para disculparme con el taxista que tiene cara de pocos amigos.


Esta vez nos cobran 1,6 dinares, se ve que por la espera. Encima hay atasco. Bajamos la sempiterna calle y salimos volando a encontrar el autobús.


Por suerte, aún no ha salido. Cuando abre las puertas, la maraña de gente que está esperando se arremolina alrededor de la puerta y las mujeres, con esos aires que se traen la musulmanas, empiezan a empujarnos y a intentar colarse. Y mira, hoy no tengo yo el día para dejarlas, así que me hago fuerte con mi mochila resistiendo los empellones de la que tengo detrás. Como veo que al final me tira, hago un poco de fuerza hacia atrás, a lo que la señora contesta con gruñidos.


Y menos mal que no nos quedamos los últimos. El panorama del autobús es desolador. Hay vómitos, papeles, botellas volcadas y todo tipo de residuos en los primeros asientos. Sigo avanzando y los que tienen el asiento encajado en su lugar, tienen el reposabrazos arrancado. Todo un poema.


Me quedo dudando entre un sitio sin brazos pero con aire y otro que parece estar entero pero encajado. Y ahí me quedo esperando la opinión de Jose que parece haberse hecho amigo del piloto y no termina de entrar.


La vieja de los empujones le sobrepasa y decido quedarme en el encajonado, que parece medio firme (ya me tocó comprobar después que tampoco lo era. En cada frenazo teníamos parque de atracciones, con el asiento volando).


El bus va abarrotado y, con mi suerte, se me sienta delante una mujer llena de niños. El sol da directamente en mi ventanilla, así que echo la cortina. La madre de delante, tira. Yo también. Y me pregunto el por qué no tira de la cortinilla de delante que es la que le corresponde para taparlo. Pero nada.


Al final hubo que tomar dos determinaciones. Una, el esparadrapo. Mira que llega a ser útil llevar un rollo en el bolso.

Como no parece suficiente y la señora nos mira mal, Jose (muchísimo más paciente que yo), le indica que se tape con la otra cortinilla. Parece que cae en la cuenta y pasamos el resto del viaje sin más tirones.

Cincuentamil paradas después (¿qué se puede pedir por 13 TND?), miramos por la ventana y vemos ahí mismo el capitolio del yacimiento de Sbeitla.


Nos bajamos en cuanto podemos y reculamos hacia las ruinas.

Mientras estamos haciendo la foto, se nos acerca un hombre que nos muestra monedas romanas para vender. Si tenéis intención de comprarlas, esperad a estar adentro, que os las van a ofrecer a un precio bastante menor.


Le preguntamos al hombre por dónde está la entrada y tiramos calle arriba según nos indica.


Entonces se acerca un quad con un hombre que nos saluda y nos pregunta lo típico, que si somos franceses. Como yo no entiendo nada, le sonrío y pienso que ya nos ha tocado el tonto del pueblo. Pues mira, no. Resulta que era un policía de los que, según nos dijo, se dedican a cuidar del turismo.


¡Y tanto que nos cuida!


Nos acompaña a la entrada y hasta para el tráfico par que crucemos a la taquilla. Al cobrador le dice que nos guarde las mochilas, nos explica algo de las ruinas y nos indica dónde está el museo, incluido en la visita.

Una vez pagados los 8 dinares por barba, vuelve a acompañarnos para detener el tráfico y que crucemos a gusto. A mi tanta amabilidad me abruma.


Pues nada, entramos como reyes al yacimiento y, la verdad, quedamos algo decepcionados. Aunque tiene edificios impresionantes, ha sido expoliado sin límite.


Entre las ruinas se encuentran hasta restos de iglesias católicas, pero reducidas a su mínima expresión. (Al final de nuestro viaje, en Karaouine, vimos dónde estaban todas las columnas que faltan aquí).

Los edificios que se conservan son impresionantes, ciertamente. Lo que ocurre es que Dougga es una auténtica ciudad romana, entera, y Sbeitla se reduce a unas ruinas majestuosas.

Aunque menos impresionantes (según gustos) que las de Dougga, son algo que yo no me perdería si viajáis por esa zona. Merecen, sin duda, la pena.

Nos abordan vendedores de monedas, supuestos guías y niñatos a los que les debemos de parecer muy graciosos y que, de paso, quieren vendernos algo.


La visita se hace incómoda por el guía cojo, empeñado en acompañarnos (con lo que nos a nosotros gusta ir solitos) y al que no hay manera de dar esquinazo.


Si soy sincera, a pesar de lo espectacular de los edificios, lo disfruté mucho menos que en Dougga por la cansinez de los habitantes, básicamente.

Al terminar, recogemos nuestro equipaje y nos encaminamos a la estación, con idea de llegar a Gafsa.


Como en los viajes se pierde la noción del tiempo, hemos olvidado que hoy es sábado, y los bancos están cerrados. Y mañana también. Y no hemos previsto los fondos que tenemos cambiados. Creo que nos hemos acostumbrado demasiado a la facilidad de Marruecos y, por otra parte, pensábamos que sería normal que se aceptaran euros, sobre todo porque en el redondeo salen ellos ganando, pero qué va, aquí la gente es muy reticente para eso.


Así que echamos a andar en busca de la estación y de un banco (ignorantes aún de que es festivo) y a los primeros guardias en quad que encontramos, les preguntamos por ambas cosas.


Primero nos indican el banco, al cual vamos como benditos hasta que caemos en aquello de que es sábado. Así que cambiamos de idea y nos vamos hacia la estación, según sus indicaciones, a ver si podemos pagar en euros o con los pocos dinares que nos quedan.

De pronto vemos que los guardias del quad nos alcanzan para indicarnos que el banco está más allá. Les explicamos que está cerrado y entonces, muy afligidos ellos, nos indican el camino de la estación.


Gracias de nuevo y adelante. Pero de pronto nos sorprenden adelantándonos y parando para esperarnos. Y así todo el camino durante un par de kilómetros.

Ahí les tienes, esperándonos en cada esquina


Nuestra intención es llegar a Metlaoui, que es el punto desde donde parte El Lagarto Rojo, un tren antiguo restaurado que recorre las gargantas del Sejla.

Hemos organizado todo el viaje de manera que podamos coincidir aquí un domingo, que es uno de los días que hace el recorrido, y de llegar a Tozeur entre el día 3 y el 6 que es el Festival de los Oasis.


Como llegar a Metlaoui del tirón parece misión imposible, nos conformamos con llegar a Gafsa, que parece una ciudad grande y más cercana, aunque con poco interés

Los policías que nos han escoltado hasta la estación, se bajan del quad para hablar con los conductores de las louages y ayudarnos para conseguir el viaje a Gafsa, aunque uno de ellos está empeñado en que nos quedemos a dormir en Sbeitla.


Es demasiado temprano para terminar el día allí y lo que nos interesaba de la ciudad ya está visto.


El hombre habla con unos y con otros, pero tampoco parece posible llegar a Gafsa hoy desde allí.


Nos informan de que debemos ir a Kasserine y desde allí tomar otro taxi a Gafsa aunque, por la hora, no saben si lo conseguiremos. Ojo, que no son ni las 5 de la tarde.


El policía viene a explicárnoslo en inglés y de nuevo nos insiste en que pernoctemos en Sbeitla, ya que quizás no sea fácil dormir en Kasserine en el caso de que no salgan taxis a Gafsa.


El agente nos aconseja que, si no hay taxis, volvamos aquí y hasta nos da el nombre del hotel económico al que podemos ir. Bueno, decir que era encantador sería quedarse muy corto.


Nos acompaña a comprar los tickets y vigila todo el proceso. Me siento un poco avergonzada. Nos mira toda la estación, hasta las paredes yo creo. Los billetes nos cuestan 5,1 dinares por los dos.

Infinitamente agradecidos, nos liamos la manta a la cabeza y nos vamos a Kasserine. Raro será que no encontremos un solo sitio para dormir.


El coche arranca enseguida y no tardamos en llegar a nuestro destino, donde seguimos en nuestro empeño por alcanzar Gafsa. Qué manía estoy cogiendo al pueblo ese.


Desde aquí tampoco salen taxis ya a Gafsa. Desolados, nos acercamos a la desierta estación de autobuses donde, por supuesto, ocurre lo mismo.


Tiramos de mapa y vamos preguntando por los pueblos del camino. Nuestra única opción es ir a Feriana, que apenas dista 30 kilómetros, pero algo es algo.


En este caso, cada uno de los billetes cuesta 2,9 dinares, y tardamos un rato en arrancar.


Por fin se termina de llenar, nos acoplamos en los últimos asientos y vamos mirando las posibilidades que tenemos por delante.


El tren sale mañana a las 10 y no sabemos si vamos a conseguir llegar a tiempo. Se nos ocurre escribir para reservar la visita, no sea que lo consigamos y encima esté completo.


Los escasos 30 kms pasan rápidos y estamos impacientes por alcanzar lagare y conseguir coche hasta el pueblo gafe.


De repente, el taxi se para cuando otro quad con policías le echa el alto. Le pregunta si ahí van dos españoles. El piloto contesta que si, y nosotros vamos preparando nuestros pasaportes. Pero no. No quiere nuestros pasaportes. Desmonta a la mitad de los viajeros para sacarnos del fondo y le dice al taxista que se marche.


Lo primero que hago es acojonarme, y lo segundo recordar que nuestras mochilas van en el maletero. Le decimos que no arranque y las cogemos mientras renegamos que si nos retrasan, ni de coña pillamos el deseado taxi a Gafsa.


Y entonces, no contentos con habernos bajado del taxi sin motivo, se acercan un par de hombres que salen de una pick up y nos dicen que les sigamos a toda prisa.


A mi aquello no me huele nada bien y, aunque dudo que quieran secuestrarme, no me hace ninguna gracia montarme en un coche con dos desconocidos que no se adónde quieren llevarme.


Sospecho que a la comisaría, pero no entiendo el por qué, así que hurgo en mi memoria y les digo en mi churrigueresco ingles “What happen???” Y como solo se decir eso, se lo repito varias veces. Y ellos empeñados en que nos subamos al coche roñoso. Y nosotros que no. Hasta que uno de ellos dice que si nosotros queremos ir a Gafsa.


Ahí se nos aclara el horizonte.


El policía encantador debe de haber llamado para preocuparse por nosotros. Suponemos que se haya comunicado con Kasserine y le hayan dicho que hemos ido rumbo a Feriana, porque si no, no me lo explico.


Más tranquilos, nos montamos en el coche donde, por fin, se molestan en presentarse los dos hombres.


Se trata de, ni más ni menos, que el comisario de Feriana y su chófer que suponemos será otro poli.


De paisanos y con esa birria de coche, nadie se lo podría imaginar.


Total, que ignorantes absolutos de lo que van a hacer con nosotros, nos dejamos llevar y aterrizamos en la parada de taxis, justo detrás del que nos traía.


La gente nos mira sorprendida, y de nuevo comienza el espectáculo de Sbeitla. Los policías se bajan, bloqueando la salida, para hacer las gestiones necesarias.


Acongojados, vuelven al coche para confirmarnos que no salen ya más louages en esa dirección.


Un poco hartos de que nos cuiden tanto, les pedimos que nos indiquen un hotel económico. Muy económico.


Entusiasmados de poder ser útiles, arrancan el coche justo para rodear la tapia de la estación y volver a parar. Que digo yo que podríamos haber ido a pie, porque son veinte metros.


Escoltados de nuevo, entramos en un edificio azul que parece ser un hotel y que tiene mucho mejor aspecto de lo que nosotros queremos pagar.

El que está aparcado detrás de la palmera es que coche del comisario que nos “secuestró”


Cual borreguillos, les seguimos dentro del hotel, ya pensando en cómo decirles que no se molesten más, que ya buscaremos algo adecuado a nuestro bolsillo.


Se adelantan a hablar en árabe con el recepcionista que, muy sonriente (anda, cualquiera se pone chulo con el propio comisario delante) nos pregunta cuánto queremos pagar.


La respuesta es obvia: “poco”, le respondemos.

Risas por aquí y por allá, el comisario acodado en el mostrador con el walkie en la mano y los tres hombres desviviéndose por que nos encontráramos a gusto.


Cuando nos dice que nos cobra 30 dinares, Jose no da crédito y lo vuelve a preguntar para asegurarse. Parecemos dos tontos.

El hombre nos informa de que no tenemos derecho a aire acondicionado (no tenemos ningún interés en tenerlo, hace una noche buenísima), pero si que hay WIFI. Nos tiende un mando para la tele, pero ni siquiera le cogemos, ¿para qué? (atentos en el vídeo a mi perfecta fusión de culturas. En una misma frase hablo en tres idiomas a la vez)

Feriana ni siquiera aparece en nuestras guías, sin embargo se trata de un pueblo con bastante vida, y el hotel merece la pena. Se llama Hotel Le Maghreb, os lo recomiendo.

Es cálido, agradable y limpio. Incluso, cuando le preguntamos por algún bar donde dispensen cerveza, se ofrece a proporcionárnoslas él. Que se las encarga a su primo y las traerá mientras nosotros salimos a cenar.

Aún no sabemos si los 30 TND fueron “precio amigo” o es el oficial, pero el hotel nos encanta y nos parece un regalo. Y con terraza.

Los techos son altísimos, sobre todo en el baño, que parece que hubiera tenido una cúpula o algo redondo antes de transformarlo en cuarto de aseo.


Cruzamos la calle y nos dejamos llevar por el olfato.


El restaurante está bastante lleno, pero resulta increíble ver la maña que se dan preparando las tortillas y las patatas fritas que, por cierto, están para chuparse los dedos.

Los recogemos y damos un paseo antes de subir a la habitación a cenar. Los bocadillos nos cuestan escasamente 7 dinares y son así de esplendorosos:

Nos instalamos en la mesita de la habitación y cenamos como marqueses, con idea de salir a dar otro paseo, pero nos vence la pereza y preferimos ponernos el pijama y relajarnos un rato.


La verdad es que no tardamos en quedarnos roques. No nos viene nada mal, que así madrugamos. Está visto que en este país la vida comienza y termina a horas tempranas.

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