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Azores. Isla Terceira. Dia 3. Serreta, Ruta Serreta y Lago de Lagoinha

Tercer día en Terceira

Amanece y nos levantamos entumecidos, decididos a que el día de hoy sea un pelín menos agitado que el de ayer.


Rebusco entre las rutas y nos decidimos por la de Serreta, que parece corta y fácil.

El día no promete mucho, en cuanto al tiempo se refiere. De nuevo amanece con niebla baja y nubes oscuras.

Desayunamos fuerte y otra vez nos preparamos un pequeño bocata para el almuerzo.


Preguntamos por la parada del autobús que conduce a Serreta y allí nos sentamos a esperar a que llegue. Después de un rato, nos lanzábamos a cualquier autobús que paraba. Y nada.


Cuando empezábamos a perder las esperanzas de ver Serreta, nos fijamos en que debajo de la marquesina hay una maquinita electrónica con las líneas de autobús que paran allí. Tampoco creas que nos sirvió de mucho, porque había que escribir el principio y fin de línea, algo que deconocíamos. Pero eso si, pasamos un rato entretenido dilucidando si era una línea escolar (de lunes a viernes), diaria, de fin de semana o de qué.

Tan ensimismados estábamos, que casi se nos escapa el autobús.

El número es el 1 y recorre la isla por el lado opuesto al de ayer, hasta terminar en Biscoitos.


El autobús para en la estrecha carretera y el conductor nos avisa de que ya hemos llegado a Serreta

El pueblo se ve muy bonito, pero no tenemos la menor idea de cómo empezar la ruta de senderismo indicada, así que aprovechamos para visitar la Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros que está ahí enfrente, y de paso aprovechamos a hacer alguna que otra petición a la milagrosa virgen.

La ermita en si no tiene nada de especial, así que nos encomendamos a los santos y salimos en busca del camino.


Preguntamos a los vecinos que enseguida nos indican el camino hacia el inicio de la senda.


La ruta serreta realmente resulta preciosa y bien indicada, aunque comenzamos a darnos cuenta de que la conservación de los senderos deja mucho que desear.

La vegetación es exuberante, con especies endémicas, según leemos.

Nos adentramos en el inmenso bosque de cedros que conduce a la laguna.

La lluvia de estos días ha dejado su rastro en el supuesto sendero. Aquello comienza a rozar la escalada. Y estamos en la ruta más sencilla. Ya no se si es peor huir de las vacas o recorrer las “sencillas” rutas que recorren esta preciosa isla.

Finalmente alcanzamos el Lago de Lagoinha. Para no variar, hay niebla. Ni Nuestra Señora de los Milagros ni el resto de los santos nos han echado una mano con el clima.

Lo cierto es que pasamos un rato acercándonos hasta la orilla y rodeando la laguna, formada en la antigua caldera de un volcán de la Sierra de Santa Bárbara, y en ese rato las nubes se van poco a poco dispersando.

Continuando por el “apacible” sendero nos encontramos con otros atrevidos excursionistas que, a voces, tratan de localizarse unos a otros. Vamos, que no hay mucha pérdida allí, donde lo difícil es salirse de la ruta marcada.

Lo más curioso es que han subido hasta allí con una vestimenta más apropiada para ir a cenar a un restaurante que para triscar por estos parajes. Faldas, zapatos, camisas… No puedo dejar de admirarles. Yo voy con las botas llenas de barro y ellos pareciera que se acaban de teletransportar a la cima. Me empiezo a sentir torpe.


Terminando la subida, dejamos atrás las nubes y llegamos a un monolito con unas vistas que serían fantásticas si se dejaran ver tras la niebla, que es lo único que nos rodea.

A partir de este punto comienza el descenso. Un poco más abajo llegamos a los prados y ya si podemos ver el mar a través de algunos claros.

No tardamos en llegar al pueblo donde, como no, nos recibe una cerca llena de vacas que nos observan muy atentas. Pablo está despertando su instinto ganadero y se acerca a charlar con ellas, que le hacen el caso justo hasta que deciden que su comedero tiene mucho más interés que nosotros.

Llegados a la carretera vemos un cercado de piedra bastante particular y nos acercamos a mirar.

No se lo que es eso, pero está muy nuevo, así que ruinas no son. Los tableros rojos empiezan a hacerme sospechar que se trata de una especie de plaza de toros. En lo alto se ve un cartel y subimos a leerlo.

Efectivamente, se trata de una torera tradición. No trato de averiguar en qué consiste exactamente, porque no soy aficionada a los espectáculos con animales, pero la verdad es que la “plaza” es muy curiosa.


Ahora si que nos vamos a buscar la parada del autobús, que ya se empieza a notar el cansancio.

El autobús tarda en venir. Tan aburridos estamos que echamos a andar un par de paradas más adelante.


Anochece durante el trayecto. Las nubes que ocultan el sol dejan ver un paisaje precioso.

Estamos deseando llegar al hotel. Ya es de noche cuando el autobús hace su última parada en la plaza de Angra.

Hoy si nos animamos a bajar al jacuzzi. Es más tarde y seguramente la mayoría de la gente se habrá marchado ya.

Después de un rato burbujeante y más relajados nos subimos a la habitación, deseando que el día de mañana mejore un poco el tiempo, o al menos que se mantenga igual, porque las previsiones amenazan lluvia.


Echamos un vistazo a las hojas de las rutas, pero dejamos un par de ellas posibles, a la espera de cómo amanezca el día.


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