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Azores. Isla Terceira Dia 2. Gruta das Agulhas, Ponta Das Cavalas, Fuerte de Bom Jesus, Sao Sebastiao y Mirador Serra do Cume

Segundo día en Terceira

Para el primer día, pensamos en hacer una ruta suave, para empezar, aunque resultó que nos dimos un palizón tremendo.


Habíamos visto un mirador muy espectacular en fotos y no nos lo queríamos perder. En realidad, no está incluido en ninguna de las rutas de senderismo, porque parece ser que la gente va en coche. Sin embargo, vemos que hay un autobús que nos lleva a Porto Judeu, donde vamos a bajarnos para ver una cueva de la que habla la guía, la Gruta das Agulhas.


Durante el trayecto vamos viendo las Islas de las Cabras, donde curiosamente, no hay cabras, sino ovejas.

Con o sin cabras, los islotes tienen una vista muy bonita a estas horas, con el sol intentando salir por detrás.

Islas de las cabras, vistas desde el autobús


Nos apeamos del autobús en Porto Judeu, ante el asombro del conductor, que incluso se baja a preguntarnos por si nos hemos confundido, ya que ese pueblo debe haber tenido como turistas a 4 o 5 personas en muchos años.

Aprovechando su amabilidad, saco la guía y le comento que queremos visitar esa gruta. Debimos de parecerle un par de tarados, pero nos indicó que bajáramos hacia las rocas y lo encontraríamos.

Caminamos por unas callejas hasta que al fin encontramos una indicación a la gruta.

Según explica la guía, se trata de un tubo de lava de 300 metros, si bien, lo que pudimos ver es un entrante a lo que pudo ser una gruta pero que en este momento no tiene acceso al interior.

Aún así, las rocas son cortantes y oscuras, y resulta un lugar con cierto misterio, en el que, afortunadamente, nos encontramos solos.



Decidimos seguir caminando por la costa, que nos está encantando. Las vistas del océano, las rocas, los prados y las infinitas vacas, y el tímido sol asomando, nos parece el paraíso.


Queremos llegar a la Punta das Contendas, y después de bordear un poco la costa, dirigirnos al interior en busca del mirador.


En la Ponta das Cavalas nos encontramos con un faro moderno, sin mayor interés.

Seguimos caminando por la carretera, porque aquí no hay ningún sendero, y nos encontramos con un monolito que hace referencia a una historia muy curiosa.


Parece que allá por 1581, todo el mundo quería quedarse con esta islita por su posición estratégica, y cuando desembarcaron las tropas, los lugareños contraatacaron con 500 vacas y bueyes, consiguiendo expulsar a los ejércitos y murierndo en el intento más de 200 personas. Originales si que fueron, desde luego.

Como os digo, aquí el tema de las vacas, se lo toman muy en serio.

Mírala qué maja. Como una marquesa.


Un poco más adelante, aparece el Ilheu da Mina, que son unos islotes a los que, con marea baja, quizá se pueda acceder andando, pero que en este momento se encuentran separados entre ellos.

Como nos está entrando hambre, decidimos comernos el bocata que nos hemos preparado a la hora del desayuno, porque tanto buffet para desayunar no nos entraba. Por cierto, después nos dimos cuenta de que tienen un espejo estratégicamente situado para vigilar que no te lleves comida, jeje.

Queremos acercarnos a las rocas para comer mirando al mar, así que nos salimos del sendero y nos metemos en un “prao”. Varias vacas nos echan un vistazo, pero comprobamos que están las pobres con una cadena enganchada al hocico, así que las saludamos y seguimos hacia las rocas. Hay un señor por allí moviendo unas pajas (parece ser que nos hemos colado en una finca privada), pero no nos hace el menos caso y seguimos caminando.

Al final de la cuesta, cuando al fin termina el campo de vacas, nos encontramos con los restos de un fuerte. Tiene unas escalerillas y restos de algunas torres de vigilancia. Nos acercamos todo lo que podemos al mar y nos quedamos con la boca abierta. El “Fuerte de Bom Jesús” no vale nada en si mismo, pero el espectáculo de las olas estallando delante de nosotros, no tiene precio.


Nos cuesta arrancarnos de nuevo. Las vistas nos tienen hipnotizados. Además ha salido el sol y hace una temperatura buenísima, pero el mirador de la Serra do Cume nos espera. Recogemos los restos y enfilamos cuesta arriba por el prado.


Vamos bordeando la isla por una especie de sendero señalizado, donde hay que ir cerrando unas puertecillas fabricadas con palos y cuyo fin debe de ser que las vacas sigan cada una en el prado que les corresponde. Los acantilados que quedan a la derecha quitan el hipo. Esta ruta, como no la ofrecen en turismo, está absolutamente vacía. Y eso se refleja también en el “sendero”, que en algunos tramos, hay que echar mucha imaginación para encontrarle.


Adentrándonos ya hacia el interior, llegamos al pueblo de Sao Sebastiao, muertos de sed. Preguntamos a un lugareño por una fuente o un bar, y nos remite a una fuente donde, además de no salir agua, nos indica que no es potable. Pero eso si, es una fuente con historia. Con ese agua celebraron la primera misa de Terceira, o algo así creemos entender.

Subimos a lo alto del pueblo donde ¡aleluya!, encontramos un par de tascas con terraza donde pedimos unas cañas para reponer fuerzas. Los bares están al lado de la iglesia y de la parada del autobús. Tomamos nota por si tenemos que cogerle a la vuelta.

Cargamos un par de latas para el camino y echamos la mochila al hombro para proseguir el camino.


La subida resulta ser bastante más pesada de lo que aparentaba. Mientras nos dejamos el hígado subiendo las cuestas, pasan algunos coches con “mochileros” que se burlan de nosotros. Les ignoramos y seguimos subiendo aquella cuesta infinita.


Para cuando atisbamos el mirador, no nos quedan ni fuerzas para suspirar a la panda de bobos a los que les hacía tanta gracia vernos caminar. Pero ahí siguen, oye.


Nos recibe, como no, un toro o una vaca, o lo que sea, al pie de la torreta.

A estas alturas, que me embista el toro ha dejado de preocuparme. Acabamos de cruzarnos con una manada de vacas que al vernos se han encabritado (tampoco somos tan feos, joer) y nos han obligado a saltar al prao para evitar que nos pisotearan, así que el toro ese que nos mira es una menudencia. Pablo, hasta se viene arriba y se pone a saludarles.

“Hale majo”, le digo. Vamos a ver el mirador de una vez, que al final se nos hace de noche.


El mirador es una chulada. Pero (vaya por Dios) ha caído la niebla.

A pesar de que las vistas se han limitado mucho, nos encanta el sitio y pasamos un buen rato haciéndonos fotos. Yo creo que para no pensar en lo que nos esperaba, jeje.

Pues nada. Ya hemos visto el mirador.


Lo malo es que los autobuses terminan de circular pronto, y hay que ver qué nos conviene más, si retornar a Sao Sebastiao (eterno) o intentar llegar a Praia da Vitoria.

Rezamos porque algún simpático turista nos ofrezca acercarnos a la carretera, pero parece poco posible y empezamos a analizar las opciones. Ninguna buena, por cierto.


Lo de recular a Sao Sebastiao no nos apetece un carajo, la verdad. Pero la carretera a Praia da Vitoria da mucha vuelta y no tenemos claro si llegaremos a tiempo del último autobús.

¿Y qué hacemos? Nos preguntamos. Descartada la esperada amabilidad de los transeúntes que nos miran como a apestados, nos sentamos a mirar el mapa. Aunque parezca irreal, no hay ningún camino que cruce hastaPraia, que lo vemos ahí enfrente.


-Pues nada, me dice Pablo. Cruzamos por mitad del prado este y atravesamos hasta el pueblo.

-¿Tú crees?

-Si, hombre, si. No creo que haya problema.


Ya.


Pues nada. Saltamos las piedrecitas que hacen de valla y empezamos a bajar campo abajo. Aquí el concepto de prado pierde su razón de ser, porque, bajo las altas y empapadas hierbas, lo que menos hay es un apacible y llano prado.

Aquello está lleno de hoyos donde tenemos que andar con pies de plomo para no rompernos un tobillo. Después de bajar de esas maneras tan agradables un par de kilómetros y con los pies ya llenos de agua, nos encontramos en una encerrona. Estamos rodeados de alambres de espino. A la izquierda una torrentera muy profunda, y volver a desandar lo andado no resulta factible, si no queremos dormir debajo de un molino con los toros.

Pues que bien. A ver como salimos de ésta.


Mi optimismo empieza a perder fuerza, la verdad. Por suerte Pablo conserva el suyo, o lo aparenta, y decide que volver atrás no es una opción y que, de alguna manera, saldremos de esa trampa. Trampa que, por cierto, cada vez se cierra más.


La profunda torrentera nos cierra el paso por la izquierda. Por la derecha, los alambres de espinos, y de frente una zanja que me tapa la cabeza y que de ancho no me sobra una cuarta.


Pues la zanja.


Rezando todo lo que he olvidado ya, suplicaba a Dios que no se pusiera a llover y una corriente nos arrastrara contra una de las infinitas valladas de espinos oxidados, o peor aún, al canal del torrente.


Caminamos como pudimos por aquel corredor de la muerte unos doscientos metros.


Con los pies llenos de barro y zarzas clavadas hasta en el cogote, conseguimos salir de la zanja y nos encontramos, como no, con otra valla oxidada de espinas. ¿Pero tan escapistas son estas vacas? Porque miedo a que les roben algo no creo que sea la razón de esta obsesión por los alambres de pinchos!


Dejándonos medio pantalón en el intento, conseguimos saltarlas y respiramos. El pueblo se ve tan solo a un par de kilómetros aproximadamente. Por suerte, el suelo que vemos delante parece más llano que lo que hemos dejado atrás.


Con un suspiro de alivio, saltamos al prado y (qué poco dura la alegría en la casa del pobre, que se suele decir) con sobresalto vemos cuatro vacas que nos miran fijamente. Qué manía estoy cogiendo a las vacas.


No las mires, le digo a Pablo. Haz como que no las ves y sigue caminando. No nos harán nada.

Ya, ya….


-“¡Qué viene!” me dice.

-“No hombre, no. ¡Como va a venir!”


Pues mira, si. Si que venía. Ahí tienes a la vaca 4x4 corriendo a por nosotros. Lo que nos faltaba. Con el agotamiento que teníamos en el cuerpo, y aquel bicharraco que nos quería embestir a toda costa.


Creo que tenemos el récord en carrera libre por campo de minas.


Al trote, veo un saliente al prado contiguo. Agarro a Pablo del brazo y tiro de él (ni fuerzas para gritar me quedan).


En ese campo no parece que haya vacas, por fin. Paramos la carrera un momento para respirar y miramos para atrás tan contentos por haber esquivado a la gran vaca. Pues tampoco. La vaca también se conoce ese camino y sigue trotando a por nosotros. Ooootra vez aceleramos la carrera hasta que, sin aliento, llegamos a una cerca de madera. La vaca ya no nos persigue, pero la salida está embarrada de pis y heces de estos animalitos.


Bueno, qué os voy a decir.


Colocamos como pudimos algunos pedruscos para poder saltar la cerca lo más dignamente posible y finalmente, fuera de peligro, llegamos a una carreterucha. Intentamos limpiar un poco las botas y, sin aliento, aceleramos el paso a ver si conseguimos llegar al autobús.

Llegamos a un pueblo con una parada de autobuses, pero no es ninguno de los que nos llevan a Angra, así que seguimos a la carrera hasta que por fin aterrizamos en Praia y, afortunadamente, cerca de la parada. El último autobús llega al cabo de unos instantes. Pagamos el billete y nos arrojamos en el asiento.


Empiezo a dudar que sobrevivamos a este inocente viaje.

Pero bueno. Hemos caminado una gran parte de la isla. Es preciosa y creo que lo que venga en adelante, obligatoriamente ha de ser mejor. Digo yo.


Muertos de sueño y cansados, llegamos a Angra. Como tenemos las ganas justas de pensar, pero si algo de hambre, decidimos repetir en el restaurante de ayer antes de irnos a dormir.

Hoy, ni jacuzzi ni ná.

Ni que decir tiene que la cama nos resultó las más confortable del universo.


Me llevo la guía y las rutas a la mesilla, pero me desvanezco con ellas en las manos…


Mañana será otro día.


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