Las Mochilas Locas

Azores. Isla Terceira. Dia 1. Angra do Heroismo

No lo puedo resistir. 


Llega el invierno y con él, las increíbles ofertas que cada año lanzan las compañías de viajes. Me resulta casi imposible controlarme y no mirarlas.


Esta vez, al abrir el correo, me encuentro con una oferta para viajar en enero a Azores. Vuelo y alojamiento en hotel de 3 estrellas a las Azores por 99 €, una semana.  No puede ser, me digo. Esto tiene truco. Pues no, no había truco. Una semana en la isla de Terceira en un hotel que cuenta incluso con gimnasio y jacuzzi. Pues hay que ir. No pierdo un segundo llamando al resto de mochilas locas para ver quien se apunta. Tristemente, esta vez solo pudimos ir dos de nosotros.


Me pongo, como siempre, a ver el clima para elegir la mejor semana de las que se ofertan. Tras algún pequeño contratiempo con la agencia, me decido a contratar la semana del 17 al 24 de enero, y añado el desayuno-buffet por 30 € más.


¿Y qué hay que ver en las Azores? El segundo paso, comprarme una guía. Nunca viajamos con guías llenas de fotos y bastante pesadas e inútiles, así que me pongo a buscar la Guía Azul (mi favorita) o, en su defecto, la Lonely Planet.

La búsqueda resulta poco fructífera, ya que suelen incluir estas islas en las guías de Portugal, y de manera bastante breve. Así que después de leer unas cuantas opiniones, me decido a comprar la Guía Viva, de Anaya. Por llevar algo (sin una guía me siento desnudita, jeje), ya que dedica escasas páginas a “mi” isla, pero bueno, algo es algo.

Acerca de Terceira

Como el resto de islas que componen el archipiélago de las Azores, es de origen volcánico. Fue la tercera de las 9 islas en ser descubierta (y no se estrujaron mucho los sesos para elegir el nombre). El clima es húmedo y lluvioso, por lo que su vegetación es muy esplendorosa, y sus habitantes más bien escasos. Unas 54.000 personas pueblan la totalidad de la isla. Se dice que aquí, cada día, se suceden las 4 estaciones del año. Y doy fe de que es totalmente cierto.

¿Sus aficiones? Los toros. Se celebran unas 220 touradas a lo largo del año.

El 1 de enero de 1980, esta isla sufrió un terremoto con intensidad 7 que dañó bastante la capital, Angra do Heroismo. Sin embargo, ningún rastro visible queda de aquel terremoto, ya que ha sido restaurada, sus casas pintadas y todo tan arreglado que, pasados 4 años, fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

Se encuentra plagada de viejos cráteres de volcanes, lagunas y riscos. En cualquier parte de la isla encuentras maravillosos miradores y vistas espectaculares.

Una isla bastante desconocida pero que, a mi gusto, merece la pena visitar.


Primer día en Terceira

Llegó el día.


He buscado blogs de gente que viaje por libre para leer acerca de los transportes en el isla, pero resulta que los mochileros se han vuelto muy cómodos y todos alquilan un coche, algo que no entra en mis planes para recorrer una isla que tiene 29 kilómetros en su parte más larga. A malas, se puede hacer andando. Según la guía, hay un par de autobuses de lunes a viernes, así que me pongo a  calcular qué sitios podemos hacer andando para dejarlos para el fin de semana.


No hagáis caso. Hay montones de autobuses que recorren la isla con relativa frecuencia.


El hotel está en la misma plaza de Angra do Heroismo (la capital) y allí hay una caseta de turismo donde te facilitan el horario y las rutas a realizar. Eso si os gusta el senderismo, porque si no, mejor dejad la visita para el verano y tirad de playa, porque no hay otra cosa que hacer.

Afortunadamente volamos con Air Europa, que, no siendo la mejor aerolínea del planeta, supera bastante a Ryanair.


Aterrizamos en Terceira. Niebla y humedad. Montamos en un autobús que viene a recogernos y nos llevará hasta el hotel. Vaya comodidad, ¡no estamos acostumbrado a estas cosas!

Por el camino vamos viendo vacas. Y más vacas. Muuuchas vacas. Y todo muy verde. Parece un lugar precioso.

Al fin llegamos al hotel. Todo un lujo para nosotros que solemos alojarnos en lugares bastante inmundos. 

La organización no es su punto fuerte, ciertamente. Pasamos un par de horas hasta que finalmente nos conceden una habitación en el segundo piso. Menos mal, porque el único ascensor está saturado, así que cogemos nuestros trastos y subimos por la escalera.


Están en obras. Como había leído, la moqueta está bastante deteriorada y hay algunos albañiles arreglando paredes y demás. Por el camino, echamos un vistazo al comedor y buscamos alguna indicación del jacuzzi, que da la impresión de no existir.


La habitación tiene un aspecto algo anticuado, pero las camas son grandes y las vistas maravillosas. Tiene armario y bañera. Más que suficiente, ¿no?

A estas horas ya no se pueden hacer muchas cosas, así que decidimos visitar lo que nos de tiempo de la ciudad y cenar algo para acostarnos pronto y comenzar con alguna de las rutas que nos han indicado en turismo, mientras esperábamos habitación. Además nos han dado un pequeño mapa para orientarnos, aunque enseguida nos damos cuenta de que no es muy necesario, ya que Angra es bastante pequeño.


La plaza. A la izquierda, en amarillo, el hotel Angra Garde

Vista desde el balcón. Jardín Duque de Terceira.


Los 15 grados húmedos, nos incitan a llevar un jersey “por si acaso”, aunque pronto nos damos cuenta de no resulta muy necesario.


Bajamos hacia el puerto y, la verdad, es que el pueblo es precioso. Las calles son estrechas y las casas bajas y bonitas. Hay muchos comercios.


La iglesia está cerrada, así que bajamos un poco a la playa y decidimos subir al fuerte que se ve a la izquierda.

Dentro de la fortaleza han montado un hotelito que debe de ser un lujo en el verano. Frente al océano, lleno de césped, piscinas y hamacas. Un placer, desde luego.

Pero no hemos venido a eso, así que después de recorrer las murallas, pensamos en buscar un sitio para cenar.

Fuerte de San Sebastián


Como aún es temprano, vamos a subir rodeando la costa hasta un centro comercial que se ve en los mapas, y cenarnos una hamburguesa.

Por el camino vemos un complejo hotelero a la orilla del mar, con edificios bajos. Un sitio majo, parece. Sobre todo por las vistas porque, le digo a Pablo, el agua debe estar congelada hasta en verano. Eso se lo dejo para los del norte, que yo soy de bañarme en agua calentita.

Aquella cuesta se empieza a poner pesada. Según google maps hay que ir entrando hacia el interior, así que el aliciente de las vistas desaparece y vamos triscando por una carretera sin arcén y los coches nos pasan tan cerca que nos vuelan hasta la mochila.

Aburridos ya de tanta carretera, llegamos hasta una gasolinera, un burguer y cuatro cosas más, pero no nos inspira y encima sigue siendo demasiado pronto para cenar. Nos venimos arriba y decidimos que mejor bajamos a un restaurante del centro y comemos algo más típico.


Pero resulta que la carretera sigue cuesta arriba y hacia la dirección contraria. Pues vaya vuelta vamos a tener que dar. Habiendo por delante ese campo tan hermoso. Hale, hale. Atravesamos por aquí.

Saltamos un murete de piedra y echamos a andar. Como no, unas vacas nos miran fijamente. ¿Estarán atadas? A saber. 


Mira, por la derecha pasa la carretera, pero la puerta de la finca está cerrada. 

Pues saltamos la tapia.

¿La tapia? ¡Eso es la muralla china! De manera bastante patética conseguimos bajarla, justo para ver, al caer, que hay unas escaleritas estupendas que bajaban desde la carretera de arriba y que no habíamos visto al pasar. 

Menudo comienzo.


Enfilamos calle abajo y llegamos al hotel en pocos minutos. Preguntamos por el supuesto jacuzzi, ¡que si existe! Y no solo el jacuzzi, sino una piscina cubierta (con el agua bastante fresca, por cierto), así que agarramos nuestro bañador y bajamos a relajarnos.

Después del baño, salimos a cenar. No hay demasiada variedad, pero en una de las calles que bajan desde la plaza, encontramos un restaurante de precio medio y con un menú algo escaso, pero  acogedor y con una decoración muy especial, así que decidimos quedarnos y llenar un poco la panza.


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