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Azores. Isla Terceira Día 6. Biscoitos, Quatro Ribeiras y Ponta do Misterio

Sexto día en Terceira


Hoy queremos ir a ver las Bahías de Agualva. Se trata de la zona costera del norte de la isla donde la lava de algunas erupciones volcánicas ha dejado paso a escarpadas rocas negras llenas de grutas y entrantes y azotadas por un embravecido océano.


Tan maravilloso emplazamiento se encuentra exactamente en el lado opuesto de isla.


Nuestra primera ocupación es averiguar la forma de llegar allí. Por suerte, hoy si funciona el transporte público. Lo más lógico sería coger el número 5 que atraviesa la isla. Si embargo, nos avisan de que no hace paradas, va directo al destino.


Pues nos quedan dos opciones. O bien hacer transbordo para llegar a Quatro Ribeiras, o ir hasta Biscoitos e ir caminando hasta allí.


La ruta es corta (3,8 kms) y andar esperando autobuses no nos apetece (el 3 tiene muy pocos servicios, como podéis ver en el plano que incluí al inicio del blog), así que nos lanzamos a ir a Biscoitose ir viendo los pueblos del camino hasta Agualva. Hay que tener en cuenta que el último autobús sale a las 17,30 h. Si se nos escapa, estamos perdidos.

Biscoitos, zona de vinos, cuenta además con unas piscinas naturales, aprovechando las formaciones de lava. Pensamos que debe ser muy bonito, y queremos aprovechar para visitarlo.


Llegamos a Biscoitos a las 11 y media, y lo primero que vemos nos deja desconcertados.

La verdad es que en los primeros momentos no acertamos a averiguar qué significaban todos aquellos agujeros con sus corralitos y una rama en el centro de algunos de ellos. Parece cosa de extraterrestres.

Unos metros más allá, nos asomamos a una valla y encontramos la respuesta:

¡Se trata de cepas!


Procedo de tierra de vinos y nunca he visto que necesiten hacerlas estas “casitas” a las viñas. Aquí les llaman corraletasy el motivo de estar tan escondidas supongo que sea protegerles del cercano mar y de sus temporales.


Comenzamos a caminar hacia la costa y enseguida vemos las rocas volcánicas que conforman la costa noreste de la isla.

Resulta fácil comprender el nombre de Biscoitos, ya que éstos eran panes duros como piedras, hechos de agua y harina y cocidos dos veces para una larga duración.


Ni la furia de las olas ha conseguido suavizar estas puntiagudas formaciones.

Enseguida encontramos una indicación a las piscinas naturales.

Se trata de una pequeña zona protegida por un hilera de rocas, que calma la bravura con que arremeten las olas en esta costa. Suponemos que es difícil encontrar otro sitio donde darse un baño y, la verdad que tiene que ser duro vivir frente al mar y no poder darte un chapuzón.

Los paisajes resultan impresionantes, parece que estamos en otro planeta.


El agua, a pesar de la barrera protectora, ha conseguido arrancar algunas de las estructuras que han ido poniendo para llegar a la zona de baño. Que, por cierto, la rampa resbala una barbaridad, así que, si os animáis a bacon mucha precaución, que yo con botas y todo casi beso el suelo. Y un baño improvisado a estas horas me venia fatal ☻ .

El recinto también cuenta con un bar, servicios públicos y vestuarios.


Nos da pereza irnos de este sitio tan bonito y nos dedicamos a deambular entre las rocas. Un cartel pintado en las piedras me llama la atención. No se lo que significará en portugués, pero en español resulta bastante sugerente…

No tenemos más remedio que seguir avanzando, o no llegaremos nunca a la Ponta do Misterio, que es nuestra meta para hoy.


Es difícil transmitir con fotos y palabras la belleza de este lugar. Los paisajes, maravillosos e irreales se van sucediendo a medida que avanzamos por la vía peatonal que va bordeando la costa.

Un poco más adelante nos esperan unas antiguas trincheras militares de la Segunda Guerra Mundial, camufladas entre las negras rocas.

Llegado un punto, la ruta peatonal se termina y debemos continuar por la carretera. Nos despedimos momentáneamente de la costa antes de adentrarnos en Quatro Ribeiras.

Según dice la tradición, ésta fue la primera zona en ser poblada, allá por 1460. Algunas calas y entrantes protegían del vientos a las embarcaciones. Encontramos unas escaleras que bajan hasta la mar, escondidas entre la roca y una pequeña “playa” de guijarros.

Quatro Ribeiras es un pequeño pueblo, similar a los otros que hemos visto, con algunas casas pintadas de colores y poco más. No tiene el colorido de otros pueblos que hemos visto, y apenas logramos ver a uno o dos de los habitantes.

La iglesia si está pintada de azul y se encuentra abierta. Aprovechamos para entrar y ver el peculiar retablo con un Cristo que flota entre las nubes. No me extraña, porque con las terribles cuestas que estamos subiendo, nosotros también nos vamos encontrando cada vez más cerca de Dios.

La iglesia, dedicada a Santa Beatriz, está cercana a la única otra casa coloreada que nos encontramos.

Lo que más me atrae de este pueblo, ya ves, es el tema de los contadores de la luz. O del agua, o de lo que sean. Algunos han decidido decorarles con figuritas:

Que, me pregunto yo, si este homenaje al eterno sea un ruego para que baje la factura de la luz. No se, pero raro es.


Otros han preferido una decoración más naturista:

Y luego están los que ahorran en portero y le encargan de la seguridad al gato:

Dejamos atrás este original pueblo y continuamos, cuesta que va y cuesta que viene, a ver si llegamos de una vez al inicio de la ruta de senderismo. Que vamos, lo que se dice senderismo ya llevamos unas cuantas horas haciendo.


Después de otra buena caminata, alcanzamos al fin la Ponta do Misterio. Bajamos por una senda y nos dedicamos a recorrer la zona, con sus increíbles acantilados y sus negras rocas azotadas por el agua.

Realmente, ésta es una zona muy espectacular. Quizá, y para mi gusto, la más bella de la isla, en cuanto a naturaleza se refiere.

Embelesados como estamos, hemos olvidado mirar el reloj. Se nos ha echado el tiempo encima y no vamos a llegar al autobús. En Quatro Ribeiras no hay taxis y nos da que, por mucho que corramos, no llegamos a Biscoitos antes de las 17,30 h.


El corazón se me saltaba del pecho mientras trotábamos carretera arriba y abajo. En Biscoitos tampoco hay taxis, nos dicen.

Nos vemos durmiendo al oreo o recorriéndonos la isla a pie.


Un poco desesperada (pero yo siempre muy positiva), empiezo a enseñar el pulgar a todo vehículo que pasara por la carretera. Pocos, por cierto.


Pablo me sugiere que deje de perder el tiempo y siga avanzando porque nadie va a parar, cuando, ¡aleluya! se produce el milagro.


Nada de un carro o un tractor, que va. Un chico majísimo en un coche igual de majísimo que nos lleva hasta Biscoitos.


No me sale ni la voz, de lo acelerada que voy, y no dejo de darle las gracias en el rato que dura el recorrido que, a toda pastilla como va este hombre, dura poco.


Muy cordial y esforzándose en hablar español, nos deja en Biscoitosdonde, después de dudar un poco, conseguimos localizar la parada.

Derrengados, nos sentamos en el suelo a recuperar el aliento.


A pesar de todo, ha sido un día precioso y, al estar en la costa, nos hemos librado de la lluvia.


Mañana es el último día. Un poco tristes de que se terminen las vacaciones, terminamos la jornada.


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