Las Mochilas Locas

Azores. Isla Terceira Dia 7. Rocha do Chambre y Sao Sebastiao

Séptimo día en Terceira


Y llegó el último día de nuestra escapada a las Azores.


Parece que el día está tan triste como nosotros. Amanece lloroso y gris.


Está visto que no nos va a resultar posible hacer la excursión para ver a los cetáceos. Habrá que volver a intentarlo en verano.


De las rutas que nos facilitaron en Turismo, solo nos queda una por hacer, Rocha do Chambre.


A pesar de que tiene buena pinta, la hemos dejado hasta el final, entre otras cosas, porque está en el centro de la isla y no hay transporte público.


Se trata de hacer casi 9 kms (5 de subida y 4 de bajada) para llegar a una gran roca con unas vistas estupendas.

No tenemos intención de alquilar más veces el coche, así que vamos a buscar un taxi que nos lleve a un sitio cercano.


No empezamos bien. Apenas montar en el taxi comienza el diluvio, y creo que no nos hemos entendido bien con el taxista (que no tenía ni idea de dónde estaba esa roca) y nos ha dejado colgados en un cruce, en medio de la nada, sin la menor idea de hacia donde tenemos que tirar.


Buscando en los mapas deducimos más o menos qué carretera coger. Sin embargo, la entrada del camino en si mismo, no aparece. Nos toca avanzar y retroceder. Anda, que la ruta es fácil y que hace un día agradable….

El camino es bonito, pero la chaparrada que nos está cayendo encima hace que apenas saquemos la cámara de fotos para que no se moje. De hecho, la protegemos con dos mochilas, una dentro de otra, y como podemos vamos sacando el móvil para dejar alguna constancia de nuestro paseo.

Los pequeños senderos comienzan a volverse auténticos ríos. Los empinados ascensos parecen cascadas. No hay lugar para apoyar los pies que no esté encharcado. Intentamos salvar el río-camino metiéndonos por el prado, pero ahí ya la tierra tampoco puede absorber más agua y vamos chapoteando entre los matojos verdes.


El sendero se está convirtiendo en una tortura. Incluso, nos planteamos dar la vuelta, pero ya llevamos un buen trecho andado, y en el cruce donde nos ha dejado el taxi, tampoco vamos a encontrar transporte, así que reunimos las energías que nos quedan y continuamos la expedición.

Nuestras fantásticas (y carísimas) botas comienzan a perder su compostura y tenemos los pies húmedos, cuando en un recoveco del camino vemos lo que en un principio creímos (y deseamos) que era la famosa Rocha do Chambre.


Impresionante, de veras. Solo que ésa no era la tal Rocha.

Desde este escondido mirador, la vista abarca todo el valle. Eso si la niebla no nos impidiera ver cualquier cosa, claro.


El camino continúa entre una niebla cada vez más densa hasta que culminamos la cima. Chapoteando entre los, ya no charcos, sino lagos, nos orientamos hacia donde, teóricamente, está dicha roca.


Nada. Ni rastro.

Parece que nos han abducido los extraterrestres. O a nosotros, o a la roca. O a todos. Vamos envueltos en una nube blanca donde casi no nos vemos ni los pies. Empezamos a sopesar la terrible posibilidad de que nos hayamos perdido. No lo quiero ni pensar.


Encontramos alguna indicación y, frustrados, comenzamos el descenso.


Si en lo alto estaba encharcado, os podéis imaginar como vamos cuesta abajo. Estamos calados. Los chorretes de agua nos caen por el flequillo. No sabemos si hay más agua afuera o adentro del chubasquero. Indescriptible.

Ojo, los pantalones no eran brillantes, no. Es agua.


Lo peor llega casi al final del camino. Cuando nos encontramos con el llano y la lluvia empieza a suavizar.

El agua ha ido cogiendo sus caminos y de pronto, nos encontramos en una encerrona. Hay agua por todas partes. Pero cuando digo agua, me refiero a ríos, que ya quisiera el de mi pueblo lucir tan vistoso como esto.


Vamos dando saltos , echando ramas y pisando piedras para intentar salvarlos, pero para colofón nos aguarda uno que no es saltable. No, no.


Intentamos echar ramas, piedras y lo que sea, pero estamos encerrados y no hay mucho de donde tirar. Realmente, ya debería habernos dado lo mismo pasar andando por medio. Total, ya no nos queda ningún pedazo de cuerpo seco, pero oye, el instinto que hace que no queramos meter los pies en la riada.


Tan entretenida estoy colocando ramas cuando aparece Pablo con una especie de plato de ducha a modo de salvación.


Aquello tenía pinta de resbalar muchísimo, pero agradezco el gesto y lo lanzo sobre las ramas. Un poco torcido si que se queda, la verdad. Pero bueno. Me lanzo al vuelo, apoyo un pie, hago un triple salto mortal y aterrizo con el cuerpo en la corriente y la cara y las manos en un montón de zarzas. Pablo se acuerda de que llevo la cámara en la mochila y tira de ella antes de que se empape, todo un detalle.


Y ahí me quedo yo. Tirada en el agua y sin poder levantarme de la risa. Con un brazo apuntando para arriba y la otra mano llena de pinchos. Qué estampa.


Lo primero fue regañarle por no haberme grabado la proeza. Y lo siguiente, intentar levantarme. Porque mi acrobático salto me costó una rotura de ligamentos del hombro. Eso si, con gusto.


Pues ya total, yo no tengo más que mojarme y a él ya todo le da igual así que cruzamos el rio metiendo los pies hasta los tobillos.


Salimos del bosque y por fin para de llover. Estamos destemplados y vamos dejando rastro a nuestras espaldas, como los caracoles.


Pero no termina todo aquí, ojalá. Ahora tenemos que caminar hasta Biscoitos y coger un transporte hasta Angra. Según vamos.


Le digo a Pablo que allí existirá alguna tienda para podernos comprar algo de ropa, porque así no nos va a dejar montar en ningún lado. Pues no existía, no.

Llevábamos 26 km y 5 horas andando cuando vemos un pequeño supermercado. Entra Pablo, que chorrea menos y saca un tentempié. De ropa, nada.


Nos quedamos un poco sentados bajo el tímido sol que empieza a asomar, y después caminamos el medio km que nos separa de la parada de autobús.


Seguimos empapados, pero ya no se nota tanto. El autobús que podemos coger da bastante vuelta. Llega hasta Praia Vitoria y allí tenemos que coger otro que nos lleva a Angra por el lado este de la isla.


Cuando al fin llega, nos desplomamos en los asientos y vamos mirando por la ventana.


Lo primero que nos encontramos es una de nuestras amigas, que tanto tiempo hacía que no veíamos y que circula por medio de la carretera.

También vemos las extrañas chimeneas que utilizan en esta isla.

Llegamos a Praia. Una multitud de chavales han salido del instituto y esperan el autobús para regresar a sus casas.

En nuestro segundo trayecto pasamos por una localidad que reconocemos: Sao Sebastiao.

Más adelante reconocemos los islotes de las cabras, lo que nos alegra mucho porque significa que estamos llegando a Angra. Está empezando a anochecer y no vemos el momento de llegar al hotel, cambiarnos de ropa y cenar algo.

Ese día no dimos una buena cena (con un cuchillo que no colaboraba nada, ciertamente):

De ahí al hotel. Mañana se terminan nuestras agitadas vacaciones. A pesar de todo, nos da mucha pena marcharnos. Desde luego, nuestra intención es volver.


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